¿Fracturará Qatar el Consejo del Golfo?

Pocos días después de la reciente visita del presidente de EEUU Donald Trump a Arabia Saudita, se produjo la ruptura de relaciones diplomáticas y órdenes de expulsión de ciudadanos qataríes por parte de siete países, unos del Consejo de Cooperación del Golfo, otros del Magreb africano, como: Bahreím, Emiratos Árabes Unidos, Yemen, Egipto, Libia y por supuesto Arabia Saudita, la principal contrincante de Qatar.

Las tensiones entre los diferentes países no son solamente actuales sino que tienen unos antecedentes claros desde hace décadas. En una de las zonas de mayor importancia geoestratégica desde hace siglos y en tiempos controlada por el poder británico, en el año 1971 el emirato obtuvo la independencia de él ingresando en la Liga Árabe.

Este emirato de mayoría suní, vio deterioradas sus relaciones con Arabia Saudita desde ese mismo año de la independencia y ello se dio, entre otras razones, por asuntos de definición fronteriza. Tras un efímero acuerdo firmado en el año 2001, las relaciones entre ambos países han continuado en la línea antes apuntada.

Una de las razones principales ha sido la capacidad de escapatoria del control saudí sobre los asuntos qataríes por parte del emir de Doha. Arabia Saudí y más concretamente la familia Saud que es la que le da nombre al país, ha sido la introductora del wahabismo, la rama más dura de todas las corrientes interpretativas del Islam. A ello se añade el hecho de haber sido acusada Arabia Saudita y sus países satélites del Golfo de financiar a grupos terroristas islámicos internacionales, entre ellos el Estado Islámico.

Qatar por su parte, y desde el punto de vista de la cuasi independencia del emirato de los designios saudíes y del Consejo, supo llevar a cabo una política exterior peculiar y propia, al acoger y proteger a los Hermanos Musulmanes. Estos últimos fueron altamente proscritos en el país de origen Egipto por el golpista Abdelfatah Al Sisi. De igual modo el emirato qatarí ha sido acusado de apoyar movimientos de insurgencia en Arabia Saudita y en Bahreim, así como apoyar a los hutíes del Yemen, a Hamás y Hezbolá. De hecho, en el año 2014 se produjo una sonada crisis entre el emirato qatarí, Arabia Saudita, EAU y Bahreim, al acusarle estos últimos de apoyar a un grupo terrorista como los Hermanos Musulmanes. Esta terminó con el llamado “Acuerdo de Riyad”, regresando los diplomáticos y teniendo muy en cuenta que Qatar es un enclave estratégico de primer orden para los EEUU, a fin de controlar la el estrecho de Ormuz y el Golfo Pérsico; de hecho en Doha se encuentra la mayor base aérea de Oriente Medio, la de Al Udeid en Doha.

Lo anterior se produjo abiertamente tras conocerse las presuntas declaraciones del emir qatarí en el portal de noticias QNA del pasado 23 de mayo, donde en una ceremonia de reclutas de la Guardia Nacional declararía que países del Consejo del Golfo habían difamado a Qatar acusándola de financiar el terrorismo islamista, cuando los culpables eran aquellos que habían escogido las versiones más estrictas del Islam, refiriéndose solapadamente a Arabia Saudita.

Tan solo media hora después de aparecer estas supuestas afirmaciones, el emir ordenó publicar una declaración en la que se desmentía todo lo dicho y en la que se decía que se trataba de un ataque de piratas informáticos. Arabia Saudita contraatacó cerrando todas las emisiones de la cadena Al Jazeera, y desde el Consejo del Golfo se pidió al emir, el jeque Tamim bin Hamad Aal Thani, que hiciera público un comunicado personal que desmintiera oficialmente todos lo demás.

Esta última crisis iniciada el 23 de mayo de 2017 junto a la anteriormente citada de 2104, además de otras desavenencias anteriores, han puesto en jaque la unidad del Consejo de Cooperación. De hecho, y sabiendo de la preponderancia que la familia Saud pretende ostentar no sólo sobre el Golfo sino sobre el mundo árabe, el futuro se torna lleno de incertidumbre.

Cuando comenzó la guerra de Siria, entre una de las razones que se aducían estaba la pugna por controlar las redes de gaseoductos y oleoductos en la región. Qatar, desde los primeros años de su existencia y debido a que en los años 40 se descubrieron grandes yacimientos de petróleo y gas, se encuentra a la cabeza mundial de PIB per cápita y de exportación de gas licuado.

En el golfo Pérsico, frente a las costas de Irán, Qatar comparte un yacimiento extraordinario de gas, el South Paks, y desde allí había dos proyectos: el qatarí de abrir un gaseoducto a través de Arabia Saudita hasta Israel y Líbano; y el Iraní a través del Iraq chií hacia la Siria alauita pro chií.

Lo anterior era una de las razones por las cuales se había iniciado la guerra de Siria, ya que resultaba necesario para los EEUU y sus aliados controlar las pretensiones de Irán de crear una tenaza hacia Siria por un lado y hacia el mar Rojo por Yemen, apoyando a los hutíes. EEUU propuso la construcción de ese gaseoducto en el año 2009, que pasaría por Jordania, Siria y Turquía a fin de suministrar a Europa y perjudicar a las exportaciones de Rusia.

El hecho de que Qatar se aproxime a Irán, apoyando a Hamás y Hezbolá, creando asimismo relaciones con Israel en la solución del sempiterno conflicto de Palestina, perturba muchas estrategias de los principales actores involucrados.

EEUU controla el Golfo desde Doha en proximidad a Irán, el país del “eje del mal” del presidente Bush, al cual también pretende controlar tanto en materia armamentística, política como económica. De hecho Irán se ve favorecida por el apoyo de Qatar y el de Rusia, y ésta de igual modo se aproxima a Qatar.

Es decir, se trata de pretender conservar la acción del Consejo del Golfo como actor conservador del statu quo impuesto hace años por Arabia Saudita y EEUU. Para ello, la visita hace unas semanas del presidente Trump fue crucial. Frente a ello, se encuentra la actitud del otro “bloque”, compuesto por Rusia, China e Irán que han encontrado en Qatar la pieza clave que desmonte el castillo de naipes.

Cuando el presidente Trump visitó a Arabia Saudita, llevaba en la maleta unos acuerdos armamentísticos con un valor de 100.000 millones de dólares, y además otros 40.000 millones de dólares en proyectos de infraestructuras. Del mismo modo, en la agenda estaba la consecución de importantes acuerdos sobre financiación en la zona y sobre política terrorista, a consecuencia de esto último, se actuó contra Qatar.

Con los precios del petróleo bajando, Arabia Saudita, hace ya un tiempo que está buscando diversificar sus inversiones para no perder peso económico. Hace unos meses, el Consejo de la Shura del país contempló establecer una comisión en el Ministerio del Interior con el objeto de estudiar la deportación de cerca de cinco millones de migrantes ilegales, con orígenes principalmente en África y Asia. Si esto llegara a ocurrir, Arabia saudita perdería casi un 20% de su población. En un país, al igual que los otros del Consejo del Golfo, que se ha destacado por no acoger a ningún refugiado de la guerra de Siria.

La familia Saud, otrora muy poderosa, teme perder tal condición, y el control tanto del Consejo de Cooperación como del mundo árabe. Irán y la órbita chií son sus adversarios. En este escenario, EEUU necesita por un lado contentar a Arabia Saudita y por otro seguir con sus buenas relaciones con Qatar, cuya base militar en Doha es importantísima y según declaraciones del Ejército de los EEUU “el compromiso duradero con la seguridad regional de Qatar” es un hecho muy elogiado por la Administración norteamericana.

Pero Qatar, con una de las mayores riquezas del mundo y con importantísimas inversiones internacionales, ha decidido desde hace tiempo ocupar un lugar de protagonismo propio tanto en el mundo árabe como en el contexto internacional, lejos de proteccionismos saudíes. ¿Se romperá en un futuro el Consejo de Cooperación del Golfo? ¿Asistiremos al declive de Arabia Saudita? y en consecuencia ¿ganará poder el mundo chií?

Jorge Garris Mozota, Teniente Coronel de Ingenieros. Doctor en Historia y Analista Geopolítico.

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