Fragata Navarra, más que una misión

No es fácil escribir en alta mar cuando nuestra F-85, fragata Navarra, desplegada en la operación Eunavfor MED Sophia, acaba de realizar un zafarrancho Solas (Safety of Life at Sea). Es decir, un salvamento marítimo de víctimas de las mafias en su huida de África a Europa. Porque las cifras, frías en la confortable distancia, estremecen contadas en la mirada de cada migrante. Hoy, abandonados a su suerte en las glaucas aguas del mar de Libia, casi seiscientos seres humanos han sido rescatados por la fragata Navarra. Y, como en cualquier destino y operación militar, España debe estar orgullosa de los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas Armadas.

Como sabrá el lector, nuestras Fuerzas Armadas participan en la operación multinacional Sophia, aprobada por el Consejo de la Unión Europea para interrumpir las redes de tráfico ilegal y trata de personas en el Mediterráneo central y, al mismo tiempo, evitar más pérdidas de vidas humanas en la mar. Operación en la que España coopera con otras naciones de la Unión y agencias gubernamentales como Mare Sicuro, Frontex, Triton, Europol o Eurojust. De su éxito depende terminar con la inmigración ilegal, a la vez que salvar de la muerte a miles de familias, la mayoría subsaharianas, que huyen de sus países (Eritrea, Nigeria, Etiopía, Somalia, Ghana…) por el hambre, los conflictos armados y la persecución religiosa de grupos terroristas islámicos como Boko-Haram o Al-Shabaá.

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La dotación de la fragata Navarra tiene la mejor cualificación militar y personal para responder con eficacia y rapidez a las exigencias de la operación Sophia. Y esta madrugada, en un amanecer marino de calma, humedad y bochorno, contemplamos en el horizonte los pequeños puntos que, al acercarnos a toda máquina, son semihundidas barcas de niños, mujeres y hombres a merced de las olas. Como comenta un veterano marinero, sus rostros enseñan lo que vale la vida lejos de la sociedad occidental. Después de atravesar medio continente africano, los migrantes no esperaban ser esclavizados por las mafias (chacales), que les roban todo por un puesto en un ataúd flotante a la deriva. Porque al llegar a los destartalados campamentos costeros los hacinan por grupos y, después de padecer crueles sevicias físicas y psicológicas, cuando el Mediterráneo está en calma y el pronóstico del tiempo es favorable, los supervivientes son lanzados desde las costas de Libia hasta unas diecisiete millas mar adentro. Después, tras comunicar por radio la posición, los abandonan sin agua, alimentos ni chalecos salvavidas. Y, con descaro, esperan a que sean rescatados para recobrar (si pueden) sus embarcaciones, pequeñas lanchas neumáticas sin motor, casi hundidas por el peso de decenas de migrantes, o barcazas de madera con motor en las que hasta cuatrocientas personas se amontonan con el agua mezclada con combustible hasta las rodillas.

Los marinos conocemos zarpazos de la mar, desastres de guerra o catástrofes naturales como el tsunami de Indonesia o el terremoto de Haití, pero nos seguimos emocionando al ver silenciosos bebés deshidratados en brazos de madres de triste mirada, hombres, mujeres y niños inmóviles y agotados, familias rotas en distintas balsas sin saber si se reencontrarán, seres humanos despojados de todo menos de su dignidad de hijos del Señor de la Calma y de la Tempestad, a Quien cada ocaso rezamos los marinos. Y este atardecer la fragata Navarra habrá rescatado a 530, entre ellos 90 niños y 108 mujeres, cuatro embarazadas.

La megafonía avisa zafarrancho, y a las órdenes claras y precisas del comandante, transmitidas por el segundo, la dotación comienza el salvamento de los supervivientes de esta ruleta rusa jugada por los traficantes con seres humanos como munición. Las lanchas de desembarco se arrían por babor con sus patrones y nasar (nadadores de rescate), el helicóptero despega, cada cual ocupa su puesto vestido con mono blanco, mascarillas y gafas sanitarias, está listo el hospital de campaña, los infantes de Marina se sitúan para vigilar el orden entre los distintos grupos de inmigrantes, y los reposteros y cocineros se esmeran para alimentar a 737 personas: 530 náufragos y 207 militares. Marineros y mandos nos desdoblamos en el Solas a la vez que en las tareas de máquinas, enfermería, cocina, lavandería, vigilancia, maniobra, oficinas, radio, vuelo, centro de información y combate y puente.

Una vez a bordo, superado lo más difícil hasta su desembarco en puerto italiano, los migrantes son identificados, acompañamos a enfermos y embarazadas a la cámara de torpedos habilitada como enfermería, se asea y reparte ropa de abrigo, bebida y alimentos, primero a niños y mujeres, luego a los varones, y se asignan los acondicionados sitios en el hangar de helicópteros y la cubierta de vuelo. Reposan tranquilos los rescatados de la operación Sophia, y en la dotación, salvo los compañeros que permanecen de guardia, intentamos descansar en los sollados y camarotes, tristes por la tragedia, mas en paz por el deber militar y humanitario cumplido. Y, al cerrar los cansados ojos, con el rumor de los motores y de las olas, sentimos latir en nuestro pecho el orgullo de ser marinos de la Armada de España.

Alberto Gatón Lasheras, capellán de la Fragata Navarra.

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