Francia en crisis

Por Tahar Ben Jelloun, escritor. Premio Goncourt 1987. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 31/05/06):

«A Francia, hay que quererla o dejarla». Esta consigna, copiada de los estadounidenses, ha sido lanzada por Nicolas Sarkozy en su precampaña para las elecciones presidenciales del 2007. La idea no le pertenece; la ha tomado del discurso del Frente Nacional. Sin embargo, no es el único en reclamar a los extranjeros que elijan entre el amor o el chárter. Otro político de extrema derecha, Philippe de Villiers, pretende ser el autor de la frase. También él ha empezado ya su propaganda en torno al «peligro que amenaza a Francia: la islamización».

El caso es que siempre son los inmigrantes los atacados, los señalados con el dedo y los arrojados como carnaza a personas de marcadas tendencias xenófobas. Si los inmigrantes no existieran, esos tres políticos los habrían inventado para poder hacer una campaña electoral basada en la explotación del miedo y la ignorancia.

El azar ha querido que en el reciente festival de Cannes se haya proyectado una película sobre los soldados magrebíes y africanos durante la Segunda Guerra Mundial, y que sus actores hayan resultado premiados. Entre 1939 y 1943, Francia, potencia colonial, movilizó a 363.000 hombres llamados indígenas para luchar contra las tropas alemanas e italianas en la Provenza, los Vosgos e Italia. Combatieron en nombre y por la libertad de Francia, la libertad de la Francia ocupada. Muchos murieron en los campos de batalla. Sin embargo, quedaron sepultados por un gran velo de olvido. Como si no hubieran existido nunca. Gracias a esta película hemos aprendido que el racismo francés, ese que considera a los extranjeros como seres inferiores aun cuando den su vida por Francia, es un reflejo casi natural. Así nos lo cuenta el director Rachid Bouchareb, que se documentó de modo exhaustivo para su película: «Existía una paga metropolitana y la del soldado indígena, que era la mitad. Eran ciudadanos de segunda categoría. Algunos hombres iban con sandalias, sin prendas de abrigo en pleno invierno. Siempre estuvieron en primera línea, al lado de sus jefes franceses pieds noirs tan valientes como ellos». No sólo se les pagaba la mitad que a los demás soldados franceses, sino que Francia congeló a partir de 1960 las pensiones de los supervivientes.

La misma Francia que hoy descubre esas verdades al tiempo que aplaude la nueva ley de inmigración presentada por Sarkozy. Y que a continuación se asombra de que los nietos de esos indígenas se manifiesten en las barriadas para que su país, Francia, los reconozca y se ocupe de su futuro. Sin embargo, Francia es sorda, se niega a leer su historia reciente y sacar consecuencias. Se hunde en la amnesia y cree poder salir de la crisis que la sacude desde hace años.

Francia conoce momentos difíciles. No sabe dar las respuestas adecuadas a las preguntas y los problemas que le plantea su población.

Ejemplo: voto negativo de graves consecuencias contra la Constitución europea el 29 de mayo del 2005, revueltas en las barriadas en octubre y noviembre del 2005, manifestaciones contra el proyecto de contrato de primer empleo presentado por Dominique Villepin y luego retirado por éste tras dos meses de huelgas y agitación en las universidades, caso Clearstream, etcétera.

Tiene uno la impresión de que el país no está dirigido, que la nave se desplaza a la deriva, que hay una falta de competencia en el ejercicio del poder; los ciudadanos rechazan toda reforma porque temen perder sus conquistas sociales y en ocasiones ciertos privilegios.

No es posible flexibilidad alguna. Se habla de un penoso fin de reinado y todas las miradas se dirigen hacia mayo del 2007, la fecha de la elección presidencial, como si el futuro presidente fuera a tener en las manos una varita mágica.

¿Dispone Francia de las energías necesarias para cambiar, para adaptarse a los cambios mundiales? Cada vez con más frecuencia los jóvenes talentos abandonan el país porque se les queda pequeño. Prefieren trabajar e invertir en Gran Bretaña o en Estados Unidos.

Algunos hablan de declive y ven que el lugar de Francia en el mundo es cada vez menos importante (casi en todas partes el inglés ocupa el lugar de la lengua francesa). Al mismo tiempo, los institutos culturales franceses esparcidos por el mundo han visto reducido su presupuesto en un 20 por ciento.

Para que las mentalidades cambien hay que sostener un mensaje auténtico, sin demagogia. Ahora bien, los políticos están más preocupados por su imagen, su ego, que por el interés superior del país. Mientras tanto, Jean-Marie Le Pen espera su hora. Los resultados de ciertos sondeos lo ven otra vez en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Una viñeta de Wiaz en el Nouvel Observateur lo muestra leyendo en la prensa el relato de los diferentes escándalos de la época chiraquiana. Dice a su hija: «Marine, anula la campaña publicitaria del Frente Nacional». Por desgracia, su partido es el que sale ganando en esta grave crisis que socava a Francia.