Francia, Hollande y la austeridad

Las elecciones en Francia han despertado esperanzas de cambio, en Francia, en España y en el conjunto de la UE. Y no es para menos. La visión de un François Hollande que se opone al rigor alemán, y demanda el lanzamiento de una política de crecimiento, emerge, aparentemente, como un elemento radicalmente nuevo. Los resultados del pasado domingo merecen una doble consideración. La primera, referida a algunas de las causas que parecen estar tras la victoria de Hollande y, en especial, el formidable ascenso de Marine Le Pen. La segunda, respecto de la posibilidad de cambios efectivos en las políticas de la UE y la eurozona.

Comenzando con algunas de las razones de los registros electorales, se argumenta que estos expresan el hartazgo de parte de la población francesa por la política de austeridad impulsada por el tándem Sarkozy-Merkel. No dudo que algo de eso hay pero, para situar correctamente esta afirmación, déjenme ubicar los resultados de la austeridad francesa. En primer lugar, el déficit público de Francia entre el 2008 y el 2011 se ha situado en el 6% del PIB de media. Y las previsiones de la Comisión Europea para el 2012 y el 2013 lo sitúan en el 5,1%. Con ello, la deuda pública habrá pasado del 64% del PIB en el 2007 al 85% en el 2011 y alcanzará casi el 92% en el 2013. No mucho rigor, como pueden ver. Además, tras la fuerte caída de la actividad en el 2009 (-2,7%), el 2010 y el 2011 han contemplado crecimientos en el entorno del 1,5% y, aunque las expectativas para el 2012 son de un avance del PIB reducido (del +0,6%), para el 2013 se espera recuperar aumentos cercanos al 1,5%. Finalmente, la tasa de paro, entre el 2007 y el 2012, habrá aumentado escasamente un punto y medio, desde el 8,4% al 10%. Y para el 2013 se espera una cifra parecida.

Por tanto, ¿austeridad? Ya la quisiéramos nosotros. Entonces, ¿de qué se está hablando? El importante voto del Frente Nacional, y los resultados de la coalición a la izquierda del PS, reflejan la fuerte oposición a un proceso, el de la globalización y el de la creciente federalización de la UE, al que tradicionalmente se ha opuesto una parte considerable de los franceses. Pero no hay nada nuevo en ello. Lo nuevo son los inquietantes rasgos de la economía francesa, como la pérdida de la triple A de su deuda pública o un sistema financiero con evidentes problemas. Pero sería un error considerar que aquella oposición representa la misma corriente de opinión que en nuestro país se expresa en la demanda de una política de crecimiento en la UE.

Y con ello entramos en la segunda cuestión. ¿Hasta qué punto es posible que la victoria de Hollande modifique sustancialmente la política de la Unión? Tengo mis dudas. Y ello porque es un error confundir el acrónimo Merkozy con atribuir a Sarkozy la misma visión del ajuste de Merkel. Hace ya unos tres años que Christine Lagarde, entonces ministra de Economía de Francia, apretaba para que Alemania aumentara su crecimiento interno, debilitara su capacidad competitiva y, de esta forma, permitir un mayor equilibrio entre Francia y Alemania. Y no hace ni un año que Sarkozy abogaba por la introducción de los eurobonos, presionaba al BCE para que comprara deuda pública de forma mucho más agresiva o demandaba que el proceso de recapitalización bancaria en Europa se financiara con recursos comunitarios. Ninguna de estas propuestas fue aceptada en su momento por Alemania. Y no parece que las peticiones de Hollande, que no pueden ser distintas a estas, vayan a modificar la situación.

Y ello porque todas las propuestas de cambio en la política de la Unión se basan, en lo más profundo, en demandas económicas a Alemania. Bien mutualizando (es decir, avalando) una parte de la deuda pública de los países del Sur por encima de los 500.000 millones de euros que ha puesto ya Alemania hasta ahora; bien deteriorando directamente sus finanzas públicas para incentivar el crecimiento de su demanda interna y, con ello, ayudar al crecimiento del resto de Europa; bien reduciendo sus márgenes de competitividad para permitir la expansión de otras economías del área.

A la luz de las propuestas francesas de los últimos tres años, y de las posibles de Hollande, uno se interroga acerca de su virtualidad. Permítanme una confesión. Aunque haya muchos lectores que les pueda sorprender, yo también soy partidario de políticas más expansivas, que permitieran reabsorber los déficits públicos de manera menos penosa. Pero, a diferencia de otros colegas, no confundo deseos con realidades. Quizá es cierto que Hollande quiere un cambio de rumbo en la política de la Unión, aunque tengo mis dudas sobre el alcance de sus pretensiones. Y, en este deseo, seguro que estaríamos muchos. Pero este no es el camino de Merkel, ni tampoco lo será de una eventual coalición, a partir del 2013, entre demócrata-cristianos y socialdemócratas. Por debajo de las expresiones políticas de los partidos alemanes bulle una población alemana que en sus tres cuartas partes demanda regresar al marco. No lo olvidemos.

Josep Oliver Alonso Catedrático de Economía Aplicada (UAB).

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