Francia lampedusiana

El resultado de las elecciones legislativas anticipadas del pasado domingo en Francia tienen una lectura bastante compleja a pesar de una conclusión evidente: "todo debe cambiar para que nada cambie", principio enunciado por el príncipe Salina, el protagonista de la fabulosa novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, 'El gatopardo'.

La derrota del partido de extrema derecha Reagrupamiento Nacional constituye evidentemente la primera sorpresa, y sorpresa mayúscula. El 30 de junio, los candidatos del RN (Rassemblement National) encabezaban el escrutinio en 400 circunscripciones. Solo salen elegidos unos 143... Muchas victorias cantadas se han convertido en amargas derrotas. Bastaba con ver la cara de los militantes y de los responsables del RN en la velada electoral para medir la enorme frustración y la incomprensión. Electoralmente, eso se explica, más que por una participación alta - ya lo fue en la primera vuelta -, por el funcionamiento del 'frente republicano'. Los electores de izquierda, del centro y de una derecha moderada siguen rechazando con fuerza al RN.

Francia lampedusiana
Sean Mackaoui

Dos ejemplos muy significativos permiten ilustrar este mecanismo: en Normandía (Calvados) la ex primera ministra Elisabeth Borne, que fue la artífice de la muy impopular reforma de las pensiones, consigue la reelección. Es decir, los electores de izquierda la han votado masivamente para frenar a su competidor de ultraderecha. En el Macizo Central (Loire), Laurent Wauquiez, líder muy derechista de los Republicanos, consigue un 60% en su feudo electoral cuando en la primera vuelta solo conseguía un pobre 37%. Ahí también los electores de izquierda han cumplido a pesar del esfuerzo que les suponía.

Pero debemos mirar los resultados con lupa. En numerosas circunscripciones, los candidatos de Reagrupamiento Nacional pierden por un estrechísimo margen (entre 1 o 2 puntos porcentuales, es decir, entre 200 y 1.000 votos sobre totales entre 40.000 y 60.000). Es decir, que un movimiento de apenas 40.000 votos habría podido cambiar la fisonomía de la Asamblea elegida el domingo.

¿Qué quiero decir con este dato? Que la marea RN sigue subiendo y que, a pesar de su derrota, el RN es hoy el primer partido en Francia. Por número de votos y por número de diputados (son 53 diputados más que en 2022). Podría resultar interesante elaborar lo que habrían sido los resultados con los otros sistemas electorales europeos. Con el sistema británico, habríamos tenido el 30 de junio una 'lanslide' extremista. Con el sistema español, una mayoría relativa del RN...

Y si miramos los resultados oficiales publicados por el Ministerio del Interior, los candidatos de Le Pen consiguieron el 7 de julio 8,7 millones de votos (un 32% de los votantes), los del Nuevo Frente Popular 7 millones (el 25,7%) y los de Macron 6,3 millones (23,1%).

En efecto, los otros dos grupos - el Nuevo Frente Popular (+47 escaños) y Juntos (macronistas, (-95)- son coaliciones. En el Nuevo Frente Popular (182 escaños) dominan los insumisos de Mélenchon (78, pero con algunos díscolos como Ruffin, Corbière y Simonnet) y los socialistas (69 en vez de 31). Los ecologistas (28) y los comunistas (12 en vez de 22) completan el grupo. Juntos es la coalición entre Renacimiento (el partido de Macron; 99 diputados en vez de 172), el Movimiento Demócrata de Bayrou (33 en vez de 48) y Horizonte, del ex primer ministro Édouard Philippe (26 en vez de 30).

Es decir que los resultados del domingo engañan mirados desde las perspectivas de los sondeos: el RN parece ser el gran derrotado (y lo es en cuanto a expectativas) cuando es la coalición presidencial la que lo es verdaderamente. La izquierda francesa, a pesar de sus divisiones y de sus enfrentamientos, puede sacar pecho porque, gracias a una carambola electoral, sale reforzada y puede pretender gobernar, aunque las condiciones no se dan.

El desfase entre la realidad de los resultados y su percepción -y, creo que al fin y al cabo la política no es más que el aprovechamiento de estos desfases- va a contribuir a aumentar el malestar francés. Estas elecciones no han servido para nada sino para reflejar las fracturas francesas y la profunda fragmentación del país.

Macron va a intentar hacer "un Sánchez". Al fin y al cabo, como la apuesta de Pedro Sánchez del 29 de mayo de 2023, Macron ha conseguido frenar una victoria cantada y con estas condiciones parlamentarias intentará hacer una coalición de perdedores... con la misma excusa del "dique de contención" a la ultraderecha.Lo hará no desde el discurso izquierdista del presidente español sino desde su posición central en el hemiciclo. Aunque sale bastante debilitado por los resultados de sus aliados, Macron sigue siendo el árbitro institucional. Está protegido por la Constitución. Tardará en hacerlo. De los muchos errores de Macron, sus dudas a la hora de formar gobierno le van a ralentizar. El Gobierno Attal va a quedar en funciones durante el verano, primero para asegurar el éxito de los Juegos Olímpicos, segundo para dar tiempo a negociaciones más o menos secretas. Creo que nos estamos "catalanizando": es decir, que todo va a ser concilios secretos, compromisos explorados, soluciones imaginadas, con mucho estrés.

¿Funcionará? Probablemente... Porque la política, como la naturaleza, tiene horror al vacío. Pero ¿eso resolverá los problemas franceses? En absoluto.

Políticamente, la carrera presidencial de 2027 ha empezado. Las negociaciones para formar gobierno estarán contaminadas por los juegos y las esperanzas de todos los que pretenden ser candidatos a la presidencia de la República, empezando por el futuro ex primer ministro Gabriel Attal. Nadie en los partidos va a tener en cuenta el interés inmediato de los franceses y todos se van a posicionar personal y políticamente. Los franceses lo perciben y esta actitud favorecerá el rechazo cada vez más evidente de los electores a la clase política. De este rechazo, el partido Reagrupamiento Nacional de Le Pen puede ser el más favorecido. Su derrota le perjudicará a corto plazo pero le puede beneficiar. Sigue siendo un partido "impoluto" (nunca ha gobernado). Puede presentarse como un partido "víctima" del sistema, y aglutinar así las furias y los enfados franceses.

Durante la campaña electoral, y en las dos veladas electorales, solo hemos oído hablar de maniobras y de combinaciones de aparatos políticos. Los problemas económicos y sociales, las cuestiones geopolíticas, las grandes tensiones culturales únicamente han servido para eslóganes.

En realidad, los franceses acaban de votar emocionalmente. Pero desde el enfado, la insatisfacción, el temor -cada uno con su ecuación -, es decir, las pasiones tristes según Spinoza...

¿Estaría Francia sin pulso, para parafrasear a Silvela en 1898? Creo que no... pero lo que sí es claro es que la clase política francesa está sin brújula moral e intelectual.

De ahí que estemos atrapados en un ambiente lampedusiano. Lo importante es prometer que todo va a cambiar para que nada cambie. La izquierda pretende abrogar la reforma de las pensiones del año pasado aunque sabe perfectamente que es inviable desde el punto de vista financiero y comunitario. Todos los responsables políticos franceses saben la situación preocupante de nuestra hacienda pública. En el presupuesto del Estado, ¡los ingresos apenas representan el 70% de los gastos! La deuda pública alcanza el 110% (3.000 millones de euros) del PIB. Lo que sigue protegiendo a Francia de una crisis a la griega es el enorme colchón de ahorro de los franceses. Pero este colchón nos protege porque es una presa posible de una subida de impuestos o de un plan de ajuste que podrían definir la troika europea y el FMI.

Si gobierna la izquierda en Francia, por su radicalización, se expone a repetir los errores de 1981, cuando un flamante Mitterrand hizo una política social súper generosa pero que puso al país al borde de la quiebra. Si vuelve a gobernar Macron, estaremos en un inmovilismo que se salvará a base de decretos, pero ni habrá reformas de gran alcance ni sobre todo capacidad de proyecto. Se ha descartado la aventura que hubiera sido un gobierno de extrema derecha, con todo el daño de reputación que hubiera sido para la República francesa, y eso es, por lo menos a corto plazo, un primer resultado.

Pero los desafíos de una sociedad francesa muy ansiosa, deprimida, irritada contra las autoridades y que no se gusta a sí misma -creo que eso es lo más grave- siguen sin respuesta real. Por eso, Francia es el enfermo de Europa. Y eso no es bueno.

Benoît Pellistrandi es historiador e hispanista francés, autor de 'El laberinto catalán' (Arzalia, 2019).

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