Francia mira al futuro

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa  (LA VANGUARDIA, 08/05/07):

Hacía días que los institutos de opinión habían anunciado el resultado de las elecciones francesas, pero hay que decir que su nitidez constituye la primera lección de los comicios presidenciales en Francia. Y significa, en primer lugar, que Nicolas Sarkozy ha sabido dirigir una excelente campaña, aglutinar sus huestes y captar votos incluso más allá tanto a su derecha – entre el electorado de Jean-Marie Le Pen- como a su izquierda – entre los partidarios de François Bayrou-. Significa también, y de forma simétrica, la realidad del fracaso desabrido y áspero de Ségolène Royal, que ha sostenido relaciones delicadas con su propio partido permanentemente, sin saber conquistar nuevos segmentos de la población ni iniciar de verdad una política de acercamiento al centro.

Aparte de las personalidades en liza y de sus campañas respectivas, este resultado ilustra claramente la bipolarización política de Francia. La recomposición de una oposición izquierda/ derecha, que debería ser el horizonte de la recomposición política en curso, dista de haberse logrado, tan patente es aún la fisura entre los dos lados. Nicolas Sarkozy ha sabido crear un partido de derecha moderna, popular, capaz de trascender sus divergencias y contradicciones internas, en tanto que Ségolène Royal ha consagrado más bien su tiempo y energías a desintegrar su partido, que a su vez le ha testimoniado frecuentemente su desconfianza o le ha dado prueba de su reticencia; empezando, por cierto, por François Hollande, a un tiempo compañero de la candidata socialista y primer secretario del Partido Socialista, que en varias ocasiones ha defendido posturas contrarias a ella, incluso en la última fase de la campaña electoral, cuando Ségolène Royal dijo que no descartaba nombrar a François Bayrou primer ministro, a lo que Hollande respondió diciendo que en todo caso sería necesariamente socialista.

La derrota del Partido Socialista augura secuelas negativas para el rumbo de la izquierda. Nicolas Sarkozy, elevado por su victoria a la responsabilidad presidencial, debería en principio ganar holgadamente las próximas elecciones legislativas, en tanto que el Partido Socialista, cuyo liderazgo ha sido catastrófico desde hace cinco años, corre un notable peligro de entrar en una fase de desgarramientos internos.

¿Cómo puede conseguir salir del apuro? Cabe examinar diversos escenarios posibles. El primero consiste en una pseudorrenovación bajo la batuta de François Hollande – por más que esté desacreditado- o bien bajo otra dirección; ¡cabría incluso pensar en un tándem sorprendente, formado por Laurent Fabius y Dominique Strauss-Kahn! El segundo remite a un estallido que daría paso básicamente a dos realidades: un sector social-liberal o socialdemócrata abierto al mercado, a Europa y a la globalización y otro sector más estatista, redistribuidor, del tipo vieja guardia, soberanista, poco europeísta, claramente contrario al mercado y a la globalización. El escenario más optimista, a continuación, sería el caracterizado por aquel en cuyo seno la izquierda francesa accedería por fin a desembarazarse de sus conceptos y nociones arcaicas para modernizarse inspirándose en un modelo de tipo socialdemócrata aun cuando brillan por su ausencia sindicatos poderosos (a fin de que tal modelo se adecue a su concepto): en Francia sólo está sindicada un 8% de la población asalariada (y sobre todo en el sector público, hablando en términos generales). La izquierda francesa afronta un doble problema, ideológico y de organización: en efecto, habrá de adoptar necesariamente decisiones fundamentales, también en el ámbito doctrinal, y por supuesto dando con la respuesta idónea a cuestiones concernientes a sus figuras y a sus líderes.

La bipolaridad francesa es, pues, una realidad desigual y desequilibrada. Y tal constituye una de las razones del triunfo de Nicolas Sarkozy, catapultado por una derecha que hizo mudanza cuando fue menester mientras la izquierda quedó rezagada.

Sin embargo, más allá del análisis de las fuerzas políticas, el factor más importante en juego remite a la situación de la sociedad francesa actual. El triunfo de Nicolas Sarkozy, en efecto, es el de un hombre cuyo discurso ha sintonizado con las aspiraciones mayoritarias de los franceses. Se trata de un triunfo sociológico e incluso sociográfico porque ha sabido situarse en el mismo núcleo de estas aspiraciones. Ha sabido captar y expresar las inquietudes de una población que se siente amenazada por la globalización y la construcción europea, que se dice a sí misma que las jóvenes generaciones corren el riesgo de vivir peor que las anteriores, que se halla sedienta de autoridad y, hablando en términos más amplios, de valores tradicionales: la familia, el trabajo, el orden, la seguridad, la identidad nacional. Ségolène Royal también comprendió estas expectativas pero la voluntad de asumirlas le conducía a correr tras la derecha, decepcionando así al menos a una parte del electorado de izquierda. Se hallaba sumida en la contradicción precisamente donde Nicolas Sarkozy podía moverse a sus anchas. Francia, en su conjunto, se ha desplazado hacia la derecha y la victoria de Nicolas Sarkozy se corresponde idóneamente con tal desplazamiento.

Hacia la derecha, pues, pero no hacia la extrema derecha. Algunos, en la izquierda, y más aún a la izquierda de la izquierda han querido movilizarse apoyándose en el “todo menos Sarkozy” y promoviendo la imagen de un personaje dispuesto a los peores extravíos fascistas, al nepotismo, al racismo, etcétera. Bien es verdad que a diferencia de Jacques Chirac, su predecesor, Nicolas Sarkozy ha hecho propuestas de connotaciones inquietantes en un guiño al electorado del Frente Nacional, e incluso en el pasado se ha entregado a maniobras susceptibles de atentar contra la independencia de la prensa o de provocar cierta inquietud relativa a su concepción de la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Pero de ahí a convertirlo en un déspota, un tirano o, en una palabra, el detentador de un poder autoritario media un paso inmenso que sería injusto a todas luces dar. En algunos momentos de su campaña se ha expresado con acentos reaccionarios, como cuando acusó al Mayo del 68 de los peores males de los que subsiguientemente, según él, se ha visto aquejada Francia. Manifestaciones de las que se mofaron Alain Geismar y Daniel Cohn-Bendit (los dos líderes principales del movimiento de mayo de 1968).

En cualquier caso, es preferible confiar en que Nicolas Sarkozy sea el presidente de las reformas que Francia necesita y que él ha prometido. El presidente, también, de la reanudación de la tarea de la integración política de Europa. Sus reformas seguirán un modelo más bien liberal y la purga que ha anunciado causará probablemente estragos en el tejido social. Pero nada demuestra que vaya a ser tan brutal como la registrada en el Reino Unido de Margaret Thatcher, que se enfrentó a los sindicatos, en tanto que no es tal necesariamente la perspectiva anunciada por Nicolas Sarkozy (por más que haya mencionado la voluntad de imponer un servicio mínimo en caso de huelga del transporte público). Y si el nuevo presidente parece más sensible a las expectativas del mundo del dinero, la empresa y el capital, que a las dificultades de los sectores populares, si ha aludido con mayor ardor a los pobres por desidia, pasividad o negligencia – que es menester poner a trabajar-, que a los parados y a la población que vive en la precariedad, o a los delincuentes que hay que meter en cintura, más que a los jóvenes sin futuro… si ha insistido más sobre los esfuerzos que deben hacer los inmigrantes para integrarse, que sobre los recursos que arbitrará para que efectivamente puedan hacerlo, también es menester añadir que está menos atado a las fuerzas del capitalismo financiero o mediático que Silvio Berlusconi, y su elección a la presidencia no preludia en absoluto sus prácticas de corrupción generalizada.

El factor que explica tal vez mejor el desenganche final de Ségolène Royal en los sondeos de los últimos días es el rechazo a los discursos extremos que acusaban al candidato de la derecha de los peores horrores: los franceses han votado por él porque desdeñan esas acusaciones excesivas que han merecido más bien quienes las proferían. Muchos franceses – aun sin ser de derechas- han juzgado que Sarkozy es competente y posee la dimensión moral necesaria para ocupar la función presidencial.

Pero esta larga campaña electoral no ha terminado todavía: los partidos se aprestan a la batalla futura, la de las elecciones legislativas del mes próximo. Lo más seguro – se ha dicho- es una victoria masiva de la UMP y una derrota abrumadora del Partido Socialista. La incógnita asoma del lado de François Bayrou y del partido cuya creación acaba de anunciar, el Movimiento Demócrata, cuyo espacio se ha encogido por efecto de la adhesión de la mayoría de los diputados salientes de la UDF (actual partido de Bayrou) a Nicolas Sarkozy. Sin embargo, la crisis de la izquierda corre el peligro de ser tan considerable, que Bayrou podría atraer perfectamente a su causa a una parte nada despreciable de su electorado.

Francia no habrá terminado aún con los placeres electorales, porque el año que viene votará en las municipales. Pero una cosa está clara: acaba de volverse una página. Se ha superado, por el momento, la crisis de la representación política, y el país debería poder proyectarse hacia el futuro con menos aprensión que en estos años precedentes.