Francia y la vivienda digna

Por Antonio Martínez Lopez, especialista en exclusión social y sociología del trabajo social (EL CORREO DIGITAL, 16/01/07):

Justo cuando todos nos habíamos acostumbrado ya a la canción eterna de que los pisos nunca dejarán de subir y que nada puede hacerse en política de vivienda porque el sector inmobiliario lo tiene todo atado y bien atado, aparece una sorpresa sociológica: en Francia se va a aprobar mañana, en Consejo de Ministros, un proyecto de ley por el cual el derecho a la vivienda se convierte en un derecho jurídico equiparable a la educación o la sanidad. Todo ciudadano residente legalmente en el territorio francés tendrá derecho a exigir al Estado una vivienda digna. Si no se les ofrece en plazo razonable podrán llevar a las autoridades políticas responsables ante los tribunales de justicia.

Sería como recoger el derecho a una vivienda digna incluido en nuestra Constitución y elevarlo al rango de los derechos fundamentales. ¿Simple reforma, revolución jurídica, estrategia electoral de un Gobierno y de un presidente de la República que afrontan el final de sus mandatos acosados por innumerables críticas de haber sumido a la clase media en una crisis económica y de participación política sin precedentes en Francia? Estas preguntas deben parecer muy legítimas al lector curioso por los acontecimientos que voy a relatar.

La lucha en Francia por el acceso de las capas sociales precarias a una vivienda digna no es flor de un día. Ya en el duro invierno de 1954 (imaginemos las condiciones de vida en aquella posguerra mundial) el famoso Abée Pierre lanzó una importantísima campaña a favor del derecho de las personas sin hogar a ser alojadas y atendidas dignamente con cargo al trabajo social y a la acción pública. De ahí surgió la entidad no gubernamental Emauss, hoy una de las principales gestoras de los albergues de acogida en todo el país.

Muchas de las reivindicaciones de entonces quedaron en el aire, especialmente la cuestión de los derechos vinculados a la vivienda. Casi todo el mundo, incluidos los políticos, reconoce hoy en Francia que el trato a las personas vulnerables y socialmente excluidas es inaceptable. Si esta conciencia estaba, a buen seguro, larvada, el movimiento social que arranca con la acción de ‘Hijos de don Quijote’ está en el origen de la mecha de ese nuevo discurso hacia lo social. Y parece que por primera vez en la historia reciente del desarrollo político y económico francés, la clase política en su conjunto, desde sus diferentes interpretaciones, se ha rendido a una evidencia: el sistema social ha fracasado en su responsabilidad hacia los más débiles, punto número uno. Pero, y todavía más grave, la clase media parece estar perdiendo su fe en el progreso económico y en el futuro, punto número dos.

Hay dos factores claves para entender por qué se ha llegado a esta situación. Uno es la continua degradación de las condiciones de trabajo en pos de una archirrepetida necesidad de competitividad, que ha hecho perder mucho poder adquisitivo a los asalariados. Y, en paralelo al proceso de incertidumbre laboral, se ha producido otro demoledor para las posibilidades de reproducción de las clases medias: el precio de la vivienda se ha disparado en los últimos años. Los dos fenómenos que describo se han producido igualmente en España, y además con una intensidad bastante mayor que en Francia.

En otoño aparecieron dos sondeos en el país vecino. En uno, más del 70% de los franceses se mostraba muy favorable a que el Gobierno tomase medidas correctoras sobre la permanente escalada de los precios de la vivienda. En otro, aún más sobrecogedor, casi uno de cada dos ciudadanos confesaba sentir miedo de poder encontrarse algún día sin hogar. Es mi opinión, y también la de Jean Baptiste Eyraud (presidente de la Asociación Derecho a la Vivienda, DAL), que una acción bien retratada por los medios de comunicación podía tener eco social. Así ha sucedido.

El pasado 3 de diciembre, Augustin Legrand (artista del mundo del teatro, poco conocido hasta la fecha), apoyado por sus hermanos y desde una asociación recién creada, salta a la palestra pública con una apelación a la conciencia de todos: si tienen ustedes casa, vengan a dormir una noche con los que no la tienen, ¿y pónganse en su pellejo! Más de 200 tiendas de campaña ocupadas en su mayoría por personas sin hogar, con el apoyo de gentes de clase media, se instalan en una zona céntrica y visible de París: el Canal Saint Martin, cerca de Place de la Republique. Son rojas en su mayoría, dañan la vista de una sociedad opulenta que tampoco parece encontrarse bien en su pellejo. Los acontecimientos se suceden de manera vertiginosa, inesperada para el propio Augustin Legrand, que no dejaba de ser un recién llegado a la lucha contra la exclusión. En pleno invierno navideño y en un clima de precampaña electoral, las declaraciones cargadas de buenas intenciones se suceden, casi se atropellan unas a otras, desde casi todos los ángulos del espectro político. Si, como Legrand mismo me dijo, de una forma un tanto pretenciosa, su objetivo era conseguir despertar la conciencia colectiva sobre el problema «más grave que afecta actualmente a la Humanidad», hay que reconocerle un éxito sin paliativos.

Complementando inteligentemente su falta de experiencia con el aporte de colectivos y entidades con una trayectoria histórica en la lucha por la vivienda y los derechos sociales y económicos de los más desfavorecidos (DAL y Emauss, sobre todo), se redacta la famosa ‘Chartre du Canal Saint Martin’, que se hace pública en Nochebuena. La Carta insiste en lo insostenible de que un país fundado sobre los ejes de igualdad, fraternidad y democracia pueda permitir impasible que decenas de miles de personas (las estimaciones más moderadas hablan de entre 100.000 y 150.000 personas desprovistas de todo medio de alojamiento en Francia) sean abandonadas a su suerte en una sociedad volcada en la acumulación de beneficios. Se propone, además, un exhaustivo abanico de medida concretas, que permitirían un giro de 180 grados en la política hacia los excluidos y los precarios. Entre las exigencias está una reivindicación histórica: crear un derecho jurídico universal a la vivienda.

Todos los dirigentes políticos de calado firman la Carta del Canal de Saint Martin. Asistimos a un escenario político inédito: unos y otros se enzarzan en una competición poco habitual, la subasta pública por ver quién da más, quién promete más a los que poco o nada tienen. En su discurso de Navidad el presidente de la República anuncia que ha encargado al Gobierno una ley reconociendo el «derecho universal de todo ciudadano a la vivienda» que se pondrá en marcha en muy breve plazo.

Augustin Legrand ha agitado la compleja coctelera electoral francesa. Desde su acción, creo que muy personalizada, el actor daba por conseguidos todos los objetivos el 8 de enero, después de que Jean Louis Borloo, ministro del Empleo y Cohesión Social, anunciara tanto medidas urgentes (27.100 nuevas plazas de alojamiento en todo el país y el adecentamiento de las condiciones de vida en las ya existentes), así como la garantía de que se va a poner en marcha una ley seria. Pero otros campamentos en ciudades de provincias se negaron a levantar la protesta hasta percibir resultados concretos. Lo mismo acabó sucediendo en el propio Canal Saint Martin: Augustin ha partido hacia una gira profesional en África, pero uno de sus hermanos ha tomado el relevo, ante la incapacidad de ‘desmontar’ la tímida esperanza colectiva. Además las asociaciones históricas siguen con el movimiento, aupadas por el impulso que suponen las declaraciones navideñas de Chirac.

He hablado con numerosas personas sin hogar desde el principio del movimiento. ¿No creen que esta vez la cosa puede ir en serio? Al principio, todos tenían la misma respuesta: el escepticismo cruel de los que llevan el frío de las escarchas urbanas pegado en sus almas. Sin embargo, ahora mismo, tanto en la capital francesa como en muchos otros lugares del país estas personas sin hogar, madres solteras con hijos, parados procedentes de recortes de plantilla y un largo etcétera, se aferran a la oportunidad que se les ha presentado, unos desde el escepticismo de siempre, otros con la confianza puesta en que año nuevo va a ser vida nueva, esta vez sí.

Yo, que en esta historia soy, como dicen los franceses, un ‘burgués bohemio’, mantengo la esperanza. El discurso político me ha seducido en cierta forma, por la autocrítica implícita que comporta, tan poco acostumbrados como estamos en nuestro país a este tipo de recetas. La clase política ha percibido la profundidad de la herida, y tal vez se va haciendo conveniente pasar de las tiritas a cuidados de más calado. Pero quizás yo pienso eso porque no llevo el frío de las escarchas pegado en el alma, tan sólo la vergüenza propia y ajena de no poder hacer nada por quienes se merecerían, al menos, que se hiciera algo.