Francina para el reloj

Alguien que pudo conversar un rato a principios de semana con Pedro Sánchez, observándole y mirándole a los ojos, acabó con una impresión inequívoca: «Dirá lo que quiera, pero yo le vi preocupado, tiene ahora menos claro los apoyos». La sucesión de los días no ha hecho más que acreditar esa percepción. Fue algo evidente para los periodistas que pudieron sonsacarle alguna palabra en los corrillos posteriores al saludo a los Reyes y la Princesa de Asturias en el Palacio Real. El 12 de Octubre se ha convertido en el trago anual más amargo para el presidente del Gobierno; se siente incómodo y un cuerpo extraño en el aniversario de la Hispanidad, por la conjunción escénica de los distintos poderes del Estado, allí agrupados, representando la unidad nacional, la inmanencia de España y la realidad de una comunión histórica de principios, afectos e intereses. Y también por la presión ambiental de un público hostil y que le grita «que te vote Txapote», algo sin duda bronco y malsonante que estropea el brillo de la celebración, pero de una precisión pareja al momento que vivimos, puesto que el insultado presidente justo acaba de reunirse con Bildu para pedirle los votos a su investidura y los herederos políticos de ETA y de Txapote ya han dicho que le van a votar. Este año la comitiva de La Moncloa ha hecho virguerías para evitar encontrarse con los hostigadores, después de convertir la tribuna del desfile en una burbuja espacial a prueba de abucheos, aislándola de los espectadores varios cientos de metros.

Francina para el reloj
ALICIA CABOBLANCO

Si la Fiesta Nacional representa una humillación y un acontecimiento adverso para el jefe de Gobierno es porque ha decidido que su proyecto político se sustenta en aquellas minorías decididas a romper con esa simbología y lo que se materializa a través de ella. Pero para humillaciones las que están exigiéndole sus socios potenciales. Sánchez ha tenido que rebajarse a llamar por teléfono y demandar su apoyo a un inhabilitado como Junqueras, al que la Justicia ha suspendido sus derechos políticos por los delitos cometidos durante el 'procés'. Ha tenido que ceder a hacerse una foto con una mujer condenada por enaltecimiento del terrorismo desde el periódico que hacía los señalamientos a los objetivos de ETA. Quizá tenga que tener una conversación telefónica con Puigdemont o con Otegi; esas son las humillaciones a las que Sánchez se ve sometido sólo por una razón: para satisfacer su ambición personal, su hambre de poder. Cuando se escriba la historia, esa que tanto preocupa al actual líder socialista, quedará de él la crónica de una ambición desmedida, el arribismo de un personaje aventurero y stendhaliano que puso a una de las naciones más viejas del mundo contra las cuerdas.

Bien puede acabar cumpliendo su voluntad, ya lo ha conseguido otras veces. Pero al concluir la ronda de negociaciones, el candidato del PSOE sigue sin tener votos suficientes para su investidura. Los tiempos se alargan y ni domina el curso de la negociación ni le vale el método aplicado hasta ahora, porque la situación se le ha puesto peor. Esto ya no va de satisfacer a unos separatistas como en la pasada legislatura, porque los separatistas se han multiplicado y andan enfrentados entre ellos, compitiendo por liderar el secesionismo, de tal manera que lo que cede a Junts se convierte en un agravio para ERC y viceversa. Cada vez que les entrega algo, su montón del 'debe' crece en lugar de bajar. Y algo parecido, aunque de menor intensidad, acabará ocurriendo entre Bildu y PNV. En definitiva, no controla el resultado final porque no controla el proceso negociador al depender de los castillos en el aire que está ofreciendo por separado a Junts, ERC, Bildu y PNV, y del juego de calibrados entre ellos. Y el caso específico de Puigdemont aporta un plus de irracionalidad que hace más inexplorable la salida. Sánchez, más allá de todas las cesiones, termina en manos de un señor que ya ha mostrado en el pasado su discrecionalidad cognitiva. Conviene recordar que en las fechas críticas del 1-O, el expresidente de la Generalitat pasó aceleradamente de las elecciones anticipadas a cambiar de opinión por el tuit de Rufián sobre las «155 monedas de plata», decretar más tarde la independencia y suspenderla ocho segundos después.

El presidente del Gobierno se ha encontrado por primera vez con alguien que incluso le supera en el desvarío tacticista. Ambos semejan a esos muchachos de 'Rebelde sin causa' que conducen a toda velocidad hacia el acantilado mientras se miran de reojo y confían en que será el otro el que se acobarde primero y salte antes del coche. ¿Se va a arriesgar el líder socialista a cerrar un acuerdo con Puigdemont, convocar su investidura y que durante la propia sesión el fugado de Waterloo pueda cambiar de opinión y permitir que se estrelle? No podemos descartar que asistamos a una competición de suicidas, con el problema añadido de que ninguno de los dos viaja solo.

De ahí se evidencia todavía más el papelón injustificable de la presidenta del Congreso, de la que hasta ahora sólo conocíamos su expediente tabernario, a la manera en la que Tezanos atacaba al ayusismo de la pandemia por mantener abierta la hostelería. La presidenta madrileña siempre cumplió con la ley, pero no así su colega en Baleares, cazada de madrugada en un bar de copas infringiendo las prohibiciones de su propio Gobierno. Francina Armengol es la prueba de la insensatez de nombrar a una novata como presidenta del Congreso, hasta el punto de no conocer el reglamento, necesitar del letrado mayor como apuntador y permitir ilegalidades como el uso de las lenguas cooficiales antes de su entrada en vigor.

Todo eso, con ser importante, no conlleva la gravedad de su obediencia ciega a los intereses sanchistas. Armengol ha parado el reloj de las Cortes por meros cálculos partidistas. El Congreso sigue cerrado a cal y canto, casi tres meses después de las elecciones, con los 350 diputados dispersos en sus provincias de origen. Por pura lógica constitucional, Armengol está obligada a poner en valor el procedimiento parlamentario y activar el funcionamiento más o menos normal de la institución. O decide una fecha inmediata para la investidura o da vía libre a la constitución de las comisiones, las sesiones de control y la convocatoria de plenos. Y todo lo que no sea eso representa un secuestro en toda regla del poder legislativo mientras la política nacional queda supeditada a la carrera de dos suicidas.

Julián Quirós, director de ABC

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