Franco en la Academia (de la Historia)

¿Fue Franco un dictador? A juzgar por lo que nos acaba de transmitir la Real Academia de la Historia, nos equivocamos si así lo entendemos. No fue más que un señor autoritario.

He leído tres veces la entrada sobre el Caudillo que figura en el volumen número 20 del Diccionario Biográfico Español, magno proyecto de la RAH iniciado bajo José María Aznar, financiado mayormente con fondos públicos (una nimiedad de 6,4 millones de euros), y que acaba de ser presentado con la participación del rey Juan Carlos. La entrada se debe a Luis Suárez Fernández, catedrático de Historia de la Universidad Autónoma de Madrid hasta 1989, vinculado durante décadas a la Fundación Francisco Franco, miembro del Opus Dei, presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos y, bajo el régimen anterior, director general de Universidades. ¿Se podía esperar de una persona así, a priori, un juicio relativamente objetivo sobre el Generalísimo? Es evidente que no.

La PALABRA dictador no aparece en el texto de Suárez. Franco, nos asegura, «montó un régimen autoritario, pero no totalitario, ya que las fuerzas políticas que le apoyaban, Falange, Tradicionalismo y Derecha, quedaron unificadas en un Movimiento y sometidas al Estado». El razonamiento es absurdo, infantil, patético, bizantino, perverso

-añadan ustedes los calificativos que quieran-, y el non sequitur introducido por el «ya que», tan flagrante que produce vergüenza ajena. La oración, bueno, todo el texto, va a hacer… historia.

Las nueve columnas y media dedicadas por Suárez al antiguo jefe de Estado contienen otras muchas perlas por el estilo. Nos dice, por ejemplo, que Franco derrotó «a un enemigo que en principio contaba con fuerzas superiores», lo cual en absoluto es cierto; que dentro del Movimiento había «un sector importante que trataba de conducir el nuevo régimen hacia el totalitarismo» y que «la admiración despertada por los primeros éxitos alemanes era muy considerable» (¡Franco rodeado de totalitarios y pronazis a quienes procura meter en cintura!); que el gallego depositó su confianza después en Carrero Blanco porque, según Suárez, «el camino era hacia una Monarquía social y representativa, sin partidos políticos, en que la familia, el municipio y el sindicato fuesen los canales para la selección de los procuradores en Cortes»…

¿No es para sentirse enfermo?

Luis Suárez encomia en su hagiografía el que considera profundo catolicismo de Franco (acrecentado cuando ingresa, en 1911, en la Adoración Nocturna) y su «frío valor» en el campo de batalla. Lo que no menciona para nada, ni recurriendo al eufemismo, es la implacable represión, con decenas de miles de ejecuciones, impuesta por el mismo a los perdedores de la guerra que él y otros habían provocado. El panegírico constituye un imperdonable insulto para las víctimas y sus familias.

Añadiré que el texto está mal escrito, mal puntuado y mal corregido, con momentos en que el autor apenas disfraza su desdén. Como cuando dice que en Teruel los nacionales partieron en dos «la zona que a sí misma se llamaba roja», o califica de «especie de Manifiesto» el lanzado por los monárquicos en el Múnich de 1962.

Si esto es muy grave, ¿qué decir de la reacción del director de la RAH, Gonzalo Anes, ante el alud de críticas que ahora le cae encima? ¿Piensan ustedes que va a dimitir? ¡En absoluto! Él no tiene la culpa de nada, la RAH no tiene la culpa de nada, hay que culpar a las comisiones encargadas de elegir a los autores, y luego a los autores mismos. Preguntado por qué Luis Suárez, y no otro, ha escrito la biografía de Franco, Anes ha contestado que el catedrático se ofreció a hacerlo. Es decir, que no se trataba de un encargo. También ha dicho que él no leyó el texto antes de su publicación y que, al ser de Suárez, confiaba en su objetividad. Preguntado a continuación si consideraba objetivo definir a Franco como dictador, manifestó: «Franco fue un dictador, no creo que haya nadie que no lo reconozca hoy día». Pero sí hay: Luis Suárez Fernández, en quien Anes confiaba tanto que no se le ocurrió echar una ojeada, por si acaso, a su entrada.

Suárez, por su lado, acaba de contradecir lo alegado por Anes. «No pedí hacer el artículo -ha dicho-, fue un encargo. La comisión de la RAH lo revisó. Si hubieran estado en desacuerdo, no lo habrían publicado».

Así que, según parece, uno de ellos, para colmo, es un mentiroso.

Me ha llamado la atención lo que nos dice Suárez acerca de la destitución por el Caudillo del general y luego ministro Juan Yagüe, «para evitar que se impusieran en el Movimiento los partidarios de Alemania». ¿Alguien le ha explicado al príncipe de Asturias que la Fundación que preside, de irradiación internacional, está ubicada en una calle de Oviedo que todavía ostenta el nombre del carnicero de Badajoz, a quien destituyera el mismísimo Franco por demasiado partidario de Hitler? ¡Y luego nos quieren convencer de que España no es diferente!

Ian Gibson, escritor.

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