Franco murió en el Sahara

Marroquíes durante la marcha verde con el Corán en la mano | Corbis
Marroquíes durante la marcha verde con el Corán en la mano | Corbis

El año que murió Franco España abandonó el Sahara. Ambos hechos están estrechamente relacionados. La débil salud del dictador apremió al rey de Marruecos. En mayo de 1975, Hassan II escribió a Franco para sugerirle el abandono de la región y evitar que cayese en manos de bandas armadas. El asunto estaba en la ONU, que aceptaba la propuesta española de celebración de un referéndum de autodeterminación, demanda del Frente Polisario. Marruecos comenzó a desplegar tropas en octubre de 1974.

Tras la resolución del Tribunal de la Haya autorizando el referéndum, Hassan II anunció el despliegue de la Marcha Verde. La última orden de Franco fue: si Marruecos invade el Sahara, habrá guerra. Nadie la quería. Con Franco ingresado, el príncipe Juan Carlos viajó apresuradamente a Aaiún para tranquilizar y amainar a las tropas españolas. No abrirían fuego. Al día siguiente, 3 de noviembre de 1975, Franco entró en coma por una hemorragia gastrointestinal. El día 6 comenzó la caravana humana marroquí. Un día después, Franco fue trasladado a La Paz. Se le practicarán varias intervenciones y ya no saldrá del hospital. No supo jamás del comienzo de la Operación Golondrina. El Ejército español inició el repliegue el día 10, lo culminó un mes después. Arias firmó los acuerdos tripartitos en Madrid, que incluían indemnizaciones y derechos de pesca. Marruecos ganó el pulso y la izquierda tomó el relevo de la causa saharaui.

Cuando Félix era teniente

Raúl del Pozo

En octubre de 1975, con un Gobierno moribundo como el propio Franco, se oyó el tambor de las algaidas. Hassan II se puso personalmente al frente de una gran marcha. El día 17 Franco presidió el Consejo de Ministros y ordenó a Arias que enviara a Solís a entrevistarse con el rey, para ganar tiempo. El príncipe Juan Carlos, que visitaba todos los días al general, comprobó que se estaba muriendo y aceleró la liturgia de la sucesión. El día 23 Arias y el marqués de Villaverde le pidieron a Juan Carlos que asumiera los poderes. «No -contestó-. No podéis serviros de mí como del comodín de una baraja». Luego habló con Franco: «Mi general, ni usted ni yo tenemos prisa». La enfermedad se agravó; Juan Carlos llamó a Arias para que preparara el decreto del nombramiento de jefe de Estado. Juan Carlos se reunió con el Ejército para responder a la crisis del Sahara . Félix Sanz Roldán, general de cuatro estrellas que fue jefe del Estado Mayor de la Defensa y ahora director del CNI, recuerda con claridad lo que ocurrió. «El entonces Sahara español fue mi primer destino como teniente y en la provincia española -así lo era- comencé mi carrera. Junto a las dunas, y en muchas ocasiones, dije a mis soldados que estaban obligados a defender aquella tierra porque era tan española como Cuenca y creo que habrían aceptado ese deber». Pero después y mientras el general Franco agonizaba se dieron cuenta los soldados que nadie quería a España allí; ni Marruecos, ni el Polisario, ni la ONU. «España -recuerda Félix- se encontró ante la tesitura de abrir un conflicto bélico o dedicarse a la gran tarea de crear una España nueva y en paz, en aquellos momentos tan críticos». Fue razonable el repliegue. «Los soldados españoles fueron disciplinados; con el corazón encogido regresaron del Sahara y aún hoy tienen la sensación de que algo nuestro se quedó allí para siempre». Hasan II ordenó cortar las alambradas y dijo: «Si encuentras a un español abrázalo, bésalo». Respaldados por los Estados Unidos con el retrato del rey las columnas bajaban por Tarfaya y los 25.000 soldados marroquíes se desdibujaron en el desierto.

La atroz agonía del dictador

Luis María Anson

Hassan II se aprovechó de Franco moribundo para ocupar el Sahara español. Tras la guerra incivil, la dictadura lanzó una consigna rotunda: «Por el Imperio hacia Dios». Franco reclamaba el Marruecos francés, Túnez y Argelia, incluso algunas reivindicaciones insólitas. Terminó perdiendo los restos finales del Imperio: Tánger, el Marruecos español, Ifni, el Sahara, Guinea, Fernando Poo, Corisco, Annobón, Elobey grande y Elobey chico. El dictador redactó el 18 de octubre, de puño y letra, su testamento político. Sería injusto no reconocer en ese texto profundidad y emoción. Tuvo luego una agonía atroz. «Dios mío, cuánto cuesta morir», llegó a decir. Y tal vez fueron sus últimas palabras. El entorno duro de Franco quería mantenerle vivo, al menos hasta el 26 de noviembre en que expiraba el mandato en las Cortes de Rodríguez de Valcárcel. El gironismo y Villaverde tenían preparada una maniobra política de largo alcance contra Don Juan Carlos. A Don Juan, que estaba en París en casa del marqués de Marianao, en el bulevar Malesherbes, le acosaban para que abdicara. Se negó en rotundo. Había disuelto en 1969 el Consejo Privado y el Secretariado Político. Creó después un Gabinete de Información formado por Gaitanes y quien firma este artículo. Nos convocó en París. Allí mandaba, como siempre, Pedro Sainz Rodríguez. En casa de Jesús Obregón, hijo, redactamos el último manifiesto de Don Juan, en el que el Jefe de la Casa Real Española subrayaba los objetivos que debía asumir su hijo Juan Carlos: «…el establecimiento de una profunda justicia social, que elimine la corrupción; la consolidación de una verdadera democracia pluralista; nuestra plena integración en la Comunidad Europea, y el pacífico acceso del pueblo español a la soberanía nacional para que tengan auténtica representatividad las instituciones políticas hasta hoy emanadas de la voluntad del general Franco». Pedro Sainz y yo le entregamos el texto el domingo 23 por la mañana, muy temprano. Don Juan, todavía en el dormitorio, lo meditó largo rato. No hizo una sola corrección. Solo modificó la fecha y puso 21 de noviembre. No quería hacer declaración alguna, posterior a la proclamación de su hijo.

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