Franco y Sánchez

Qué sueño tan raro. El personaje al pie de mi cama era Franco y era Sánchez. Es ese tipo de absurdos que en los sueños no se cuestionan. La estatura, de entrada, era la de Franco, pero a veces se alargaba. De pronto presentaba el aspecto de uno de los dos, pero aun así seguía siendo también el otro. No sucedía nada en especial, el sujeto doble se ofrecía a prepararme el desayuno y a mí me parecía lo más normal del mundo, no dejaba de ser una interpretación onírica del afán de servicio que debe acompañar a los gobernantes. Cuando me preparaba el café, el visitante cobró el perfil de las pesetas.

He despertado desconcertado, y si recuerdo lo soñado es porque de inmediato he tratado de buscarle sentido. Posiblemente los sueños carezcan de él, salvo en modalidades muy básicas, como comerse un pastel o estar con Ámber Heard, obvias respuestas a los apetitos. Pero el hombre lleva toda su existencia interpretando el mundo que hay en la cara oculta de la vigilia. Freud llegó bastante lejos, quizá demasiado. No he podido dejar de darle vueltas. Como punto de partida he tomado esta premisa: es un sueño político. Formulada parece ridícula. Es absurdo. A fin de censurarme en el sentido freudiano y arrojar fuera del yo consciente el disparate, he reparado en algo inquietante: probablemente a estas alturas ya esté prohibido por alguna ley soñar con Franco, salvo que el dictador aparezca cometiendo crímenes atroces y uno pueda contarlo luego como aportación a la memoria histórica o democrática. No dejaría de ser un recuerdo, ¿verdad? El recuerdo de un sueño, de acuerdo, pero un recuerdo al fin. ¿Acaso no son recuerdos falsos, minuciosamente elaborados, los que llevan repitiéndose desde hace medio siglo tantos antifranquistas que, en realidad, o bien fueron indiferentes a la dictadura, o bien fueron franquistas? ¿No recuerda el Barça la patraña de haber sido antifranquista? ¿No llegan a ser los recuerdos falsos, fruto de la necesidad de convivir con uno mismo, indistinguibles de la realidad? ¿No es la realidad, con Derrida, solo discurso?

A riesgo de infringir alguna ley, no puedo evitar buscar las razones de la conexión inconsciente. Preveo ya lo que le diré al juez: «Señoría, yo no soy dueño de mis sueños, y mi naturaleza humana me atormenta buscándole sentido a lo que quizá no lo tenga». Dejo estas notas a vuelapluma por si en alguna revisión futura de papeles hallara algo de valor para un relato.

Puede que los actos de Sánchez al construir una autocracia con él de protagonista lo hayan encajado en el archivo subconsciente de los dictadores, y de ahí la fusión óntica. Franco dirigió desde la capital el aplastamiento del golpe de Estado socialista del 34, que prendió básicamente en Asturias. Sánchez está urdiendo un autogolpe, modalidad del golpe de Estado, y es socialista. El uno era valiente en grado sumo según el líder socialista Indalecio Prieto. El otro es temerario en extremo. No son atributos similares, pero el segundo es una aberración del primero. El uno hablaba de menos, el otro habla de más. El uno se libraba de los ministros como si les hiciera un favor; a un destituido que se dirigió directamente a él pidiéndole explicaciones, a ver si el Caudillo rectificaba su decisión, le dijo: «Arburúa, desengáñese, vienen a por nosotros». El otro se sacó de encima a Ábalos sin comunicárselo. El uno hizo levantar el Valle de los Caídos con la inestimable colaboración del escultor socialista Juan de Ávalos, con uve; el otro desea derribar la obra de su conmilitón. El uno ganó la Guerra Civil, el otro quiere ganar la Guerra Civil ochenta y cuatro años después de terminada. El uno, jefe del Estado, decía que no se metía en política; el otro, jefe del Gobierno, presenta una tendencia a colocar rollos ajenos a la política, como se demostró en sus largas y extemporáneas intervenciones televisivas durante la pandemia. Rasgo que nos recuerda inevitablemente a la verborrea incontenible de Chávez y Maduro, una especie de constante de la extrema izquierda desde las peroratas inconexas de Fidel Castro, que mantenía una buena relación con Franco, dicen que por la galleguidad. El uno escribió libros como 'Raza' o 'Masonería' con seudónimo; o quería que se los atribuyeran a él y los firmó como Jaime de Andrade y Jakim Boor, respectivamente. El otro firmó una tesis doctoral que no había escrito porque, inconsciente de las barbaridades que contenía, quería que se la atribuyeran a él para ser doctor.

El uno condujo la marcha de España a partir del año sesenta sin conducirla en realidad, deseaba un país apolítico y sin partidos. El otro conduce la marcha del país tomando parte en todos los asuntos imaginables, desea un país politizado hasta la crispación y trata a los partidos de la derecha como si no fueran legítimos. De hecho, le reconoce al brazo incorrupto de la ETA más legitimidad que a Vox.

El uno creó el Movimiento y disolvió ahí a las formaciones políticas afines, dejando apenas un recuerdo folclórico y levemente simbólico de sus distintos orígenes. El otro ha creado una especie de Movimiento, el sanchismo, donde empieza a ser difícil diferenciar los posicionamientos de los neomarxistas laclavianos, los comunistas recalcitrantes, los sediciosos secesionistas, el brazo incorrupto de la ETA y el PSOE. El sanchismo es un nuevo Movimiento de facto. El alineamiento o adscripción al mismo va acompañado de los necesarios gestos de reconocimiento tribal por parte de jueces, catedráticos, escritores, fiscales, diplomáticos, periodistas, y artistas del audiovisual. Y medios de comunicación enteros. Qué sueño insólito.

Juan Carlos Girauta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *