François Hollande y Alemania

François Hollande, elegido presidente de la República por mínima diferencia, es graduado de la Escuela Nacional de Administración, promoción Voltaire, 1980. La ENA es quizá la graduación más alta que puede obtenerse en Francia. Hollande, 57 años, no ha tenido puestos en la administración, salvo el de asesor económico del presidente François Mitterrand. Está, como Nicolas Sarkozy, extraordinariamente dotado de entendimiento, memoria y voluntad.

España tiene deudas considerables con el presidente saliente. En la lucha contra ETA, ni un solo día bajó la guardia en diez años, cinco como ministro del Interior y cinco como jefe de Estado. Gracias a Sarkozy, España se ha convertido en invitado permanente del G-20. No recordar esos apoyos sería impropio de un país respetable.

Hollande ha mostrado más interés por Alemania, los británicos o los nórdicos. Pero Italia y España tienen demasiado peso para Francia, no solo por sus cien millones de habitantes.

Alemania celebrará elecciones generales en septiembre de 2013. Una gran coalición entre democracia cristiana y socialdemocracia es posible, aunque suene como una solución de hace medio siglo, cuando Willy Brandt llegaba al poder. Hoy el peso de Los Verdes es alto y la aparición de los Piratas, desconcertante. Sea como sea, quien se haya asomado hoy a los pueblos de Francia o a sus pequeñas ciudades, habrá encontrado a gentes parecidas a las de 1960: luchadoras, emprendedoras, innovadoras, conscientes de lo que Francia se juega.

Pasada la campaña electoral, habrá que fijar deprisa el objetivo y el rumbo. Por eso es relevante el artículo de Gerard Schroeder, escrito 48 horas antes de esta elección. El anterior canciller alemán, poco aficionado a escribir artículos, pedía un avance de la Unión hacia el mismo destino. ¿Mismo destino? Aclaremos, Schroeder no escribía contra Merkel: la austeridad y la transparencia contable han de ser respetadas por encima de todo. Ayer mismo el gobierno alemán recordó que la alianza franco-alemana era el primer pilar de la Unión Europea. Que Schroeder sea el antecesor de Merkel da a su artículo un valor especial. Él fue el autor, en sus tres últimos años, de las grandes reformas hoy vigentes en Alemania, finanzas, empleo, sanidad. Reformas que heredó Merkel en 2005. Schroeder pide hoy un gran acelerón de Alemania y Francia hacia una mayor integración de Europa. Pide que la Comisión Europea se convierta en el gobierno electo de la UE: elegido por el Parlamento Europeo. Dos propuestas más: el Consejo Europeo debe ser una cámara alta a imitación del Bundesrat. El parlamento, con mayores poderes, debe ser elegido por partidos paneuropeos: democracia cristiana europea, socialdemocracia europea, ecologistas de Europa. Lo contrario de la Liga Norte italiana o el frente flamenco belga. Si esto no se hace, Schroeder cree que Europa caerá en una progresiva pérdida de legitimidad.

La Europa que avanza hacia su integración es el diseño tenazmente sostenido por Konrad Adenauer, Ludwig Erhard, Kurt-Georg Kiesinger, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl y por los dos últimos cancilleres. Precisamente porque escribimos sobre Francia nos referimos a Alemania. Hollande quiere anclar a Francia al norte, en el Rin. En junio se reunirá en Bruselas un consejo extraordinario en el que el nuevo presidente francés deberá conseguir de los alemanes un pacto de responsabilidad, gobernanza y crecimiento, con modificaciones en el estatuto del Banco Central Europeo y del Banco Europeo de Inversiones. Lo que cuenta no es la etiqueta cristiana o socialista del avance, sino la decisión de los dos estados: promover la unidad y la disciplina fiscal. Habrá de obtenerse de Merkel y de su ministro de Finanzas, Wolfgang Schauble, algún acuerdo sobre eurobonos. Si no se consigue será un mal presagio.

La relación franco-alemana tiene vínculos fuertes en la defensa común. Alemania y Francia tienen 8.138 soldados en Afganistán: 4.388 Alemania, 3.750 Francia. Estados Unidos, primer aliado de la OTAN, ha fijado una fecha de retirada. Antes, la defensa del país pasará escalonadamente al ejército y a la policía afganos. La Alianza Atlántica seguirá financiando el adiestramiento del ejército local.

Estados Unidos ha anunciado que una parte de sus hombres, militares y civiles, permanecerá en Afganistán hasta 2024. Posiblemente será más. Como otros aliados, Francia y Alemania habrán de aportar no solo dinero sino inteligencia y formación para la policía y el ejército afganos. Ante esta perspectiva, no es leal a la Alianza que Francia anuncie su propósito de abandonar el país en diciembre. Es un punto candente que Hollande habrá de resolver al llegar al Elíseo. Un país incapaz de controlar el terrorismo dentro de sus fronteras añade peligro a los países circundantes o remotos. Hollande tiene un buen asesor en materia de defensa, Jean-Yves Le Drian, capaz de reconducir la situación. Las decisiones militares son problemáticas. En ellas hay que contar con un componente distinto: no se trata de hacer carreteras o molinos eólicos. Se trata de vidas humanas.

Nos quedamos sin espacio. Hubiéramos querido escribir también sobre educación, competitividad, inmigración. Pero habrá tiempo. El programa de Hollande sostiene que Francia regresará al equilibrio presupuestario antes de la elección de 2017. Como ocurre en la mayor parte de Europa, los datos económicos de Francia no son buenos. Su deuda pública ha llegado al 85,8 por ciento del PIB. Alemania, 81,2. España, 68,5. El déficit francés es del 5,2 por ciento. Alemania, apenas el 1. España, 8,5. La tasa de paro francesa es del 10 por ciento.

En su informe sobre perspectivas de la economía mundial, el FMI advierte que «los riesgos a la baja siguen dominando». En Europa será necesario «reforzar las políticas para consolidar la débil recuperación y contener los riesgos». A corto plazo esto exigiría «una menor austeridad fiscal en respuesta a las desaceleración de la actividad». Es decir, levantar un tanto el pie del freno.

Hollande coincide con estas recetas. El FMI apuesta por el mantenimiento de las medidas de apoyo no convencionales por parte del BCE, esas que tanto irritan a algunos alemanes, y que Mario Draghi ha aplicado para ayudar a España e Italia. Hollande propone ir más allá y modificar el papel del BCE para incluir en sus obligaciones no solo la vigilancia de la inflación, sino el crecimiento y el empleo. Propone renegociar el pacto fiscal acordado en diciembre de 2011 con rango de tratado, cuyo eje es la consolidación fiscal, y centrarlo también en el crecimiento. Levantar el pie del freno y pisar mínimamente el acelerador. Hay que evitar los ajustes excesivos, sostiene el nuevo presidente. Fijar plazos menos exigentes y dar oxígeno a los países que apenas pueden respirar.

En diciembre, Merkel prometió que el momento del acelerador llegaría, pero primero había que controlar déficit y deuda. Primero ajustes, reformas; luego estímulos. La llegada de Hollande al Elíseo y las malas perspectivas económicas influirán en el calendario alemán.

El nuevo presidente es pragmático, trabajador, unificador. No quiere un país dividido. Tiene una idea de Francia. No somos un país entre otros cien. Somos Francia.

Darío Valcárcel.

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