Frente a la tentación magnética del olvido

Bomberos observan los restos de la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza tras el atentado del 11 de diciembre de 1987, en el que murieron 11 personas. Antonio Espejo
Bomberos observan los restos de la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza tras el atentado del 11 de diciembre de 1987, en el que murieron 11 personas. Antonio Espejo

Se cumplen 10 años desde el anuncio por parte de ETA del cese definitivo de su actividad. Nada más y nada menos que 10 años. La fecha cae sobre el calendario de un país que ya es distinto. No solo Euskadi, sino el conjunto de España es ya una sociedad distinta. Estos días nos llevan de la mano, una vez más, a un recorrido a través de la memoria. El tiempo y el cambio vivido por nuestro país no modifican el contenido de una memoria compuesta de sangre, habitada por más de 800 vidas truncadas, por miles de heridos, por decenas de miles de personas afectadas de forma directa o indirecta por el terrorismo. Da igual el tiempo que pase. No tiene la capacidad de cambiar la verdad desnuda de los hechos.

Fueron 50 años de recorrido de una organización que nació en el contexto general de los años sesenta caracterizado por el surgimiento de movimientos terroristas similares —Francia, Italia, Alemania, Irlanda— unido al contexto particular de España, la dictadura franquista. Que a diferencia de otros países, y con la excepción hecha del IRA, arraigó social y culturalmente en un sector amplio de la sociedad vasca. Que atravesó el tiempo de la dictadura hasta instalarse en democracia durante más de 30 años. Que mató todo lo que pudo. Que lo hizo sobre todo en democracia, dentro y fuera del País Vasco, a hombres, mujeres y niños, a todo tipo de personas, con todo tipo de responsabilidades, de procedencias, de edades, de ideologías y de clases sociales.

Lo hizo porque quería elevar a categoría de total la visión particular que tenía de lo que debía ser Euskadi. Difícil encontrar mejores palabras que las que dejó escritas en su diario María Dolores González Catarain, Yoyes, el 5 de diciembre de 1985, nueve meses antes de ser asesinada en Ordizia: “Del derecho a la diferencia se ha pasado al deber de uniformidad… A través de un militarismo basado exclusivamente en un nacionalismo oscurantista y mítico”.

ETA fue exactamente eso, un militarismo basado en un nacionalismo oscurantista y mítico con el que desarrolló una tentativa totalitaria de purificación nacional.

Diez años después de su final, la evaluación de su existencia no remite a nada más que a un balance inmenso de daños. Tuvo su cierre en la tarde del 20 de octubre del año 2011. Cierre que llegó sin haber conseguido ni uno solo de los objetivos políticos para los que había nacido en 1959.

No es mal momento esta conmemoración para reflexionar sobre todo aquello de lo que nos habla ese pasado de sangre. Para preguntarnos por las conclusiones que nos deja para el presente y sobre las enseñanzas que convendría aplicar, en forma de salvaguardas democráticas, en el futuro.

En primer lugar, una realidad incómoda: algo fue mal en el corazón mismo de la sociedad vasca. Algo no funcionó bien cuando una organización terrorista arraigó con tanta fuerza y durante tanto tiempo entre nosotros. La violencia y el terrorismo encontraron acomodo en decenas de miles de personas que aplaudieron, justificaron, comprendieron o blanquearon el asesinato de ciudadanos y ciudadanas a lo largo de toda la existencia de ETA. En un sector de la sociedad vasca sucedió algo sobrecogedor: el valor objetivo de la vida humana fue menor que el valor subjetivo de las ideas políticas. Esta realidad abrumadora nos invita a pensar en la naturaleza trascendente de los valores humanistas. Nos alerta frente a los nuevos populismos de la pureza y los nuevos traficantes del miedo, siempre expertos en teorías de la homogeneidad colectiva; siempre una identidad nacional unívoca, siempre un dogma identitario, casi siempre una patria pura. Y a su lado, el señalamiento del extraño, del otro, del diferente. El totalitarismo casi siempre arraiga sobre esos materiales. Lo hace para convertir sueños propios en pesadillas ajenas.

En segundo lugar, los 50 años de vida de ETA también nos avisan de la velocidad con la que se extiende la indiferencia cuando el mal aparece en cualquiera de sus formas.

Cientos de miles de vascos no se sintieron interpelados por la existencia de una organización terrorista que mataba en las mismas calles de sus ciudades y de sus pueblos. Por alguna extraña razón, miles y miles de personas fueron capaces de aplicar una extraordinaria distancia emocional con la violencia que habitaba en su propia geografía. Es insalvable una pregunta dolorosa: ¿cuánto tiempo hubiera durado ETA con toda la sociedad vasca movilizada contra ella desde sus primeros atentados? ¿Cuánto hubiera durado frente a la fuerza de una movilización mayoritaria, activa y constante?

Es ahí donde nos espera una enseñanza nítida. Es una mala idea mirar para otro lado cuando se construye políticamente al extraño, cuando se aplica distancia social a los señalados. Es una mala idea desde múltiples puntos de vista, incluido el más egoísta de todos; cuando los señalamientos del otro entran en escena, cuando suenan palabras que extranjerizan y expulsan del espacio público a los señalados, conviene enfrentarlas con contundencia antes de que sea tarde. Quién sabe cuánto tardarán en sonar también para nosotros.

En tercer lugar, nuestro pasado nos pregunta por el significado que atribuimos a todo lo vivido y por el papel que queremos que juegue en lo que somos como comunidad política.

Hay que reconocerlo; es tentadora la apariencia del olvido. Lo más sencillo para una sociedad en fase postraumática está en pasar página y no mirar nunca más hacia atrás, dejar allí a quienes allí quedaron y desprendernos de un pasado incómodo, lleno de aristas y espacios de sombra.

Sin embargo, también es posible un enfoque distinto apostando de forma decidida por la memoria. Es posible educar a las generaciones más jóvenes de niñas y niños vascos en lo que ETA significó, con contenidos obligatorios, tanto en primaria como en secundaria, para aprender la verdad desnuda de los hechos. Es posible reformar el Estatuto de Autonomía de Euskadi para que, entre las distintas inspiraciones que nos configuran como comunidad política, esté también la memoria de las víctimas del terrorismo. Es posible dotarlas así de un significado trascendente en la existencia misma de nuestra comunidad política.

Es posible trabajar desde múltiples enfoques en un tratamiento político de nuestro pasado que se encuentre a la altura de los hechos que contiene dentro.

Continuar trabajando en la convivencia de la sociedad vasca debe seguir siendo un objetivo irrenunciable, el reto más importante de todos. Debemos hacerlo sobre la defensa de nuestra pluralidad de ideas y de sentimientos identitarios, trabajando en las salvaguardas necesarias para nuestra aspiración de convertirnos en una sociedad plenamente normal. Es un objetivo noble. Quizá el más noble de todos. Frente a la tentación magnética del olvido, solo se alcanza a través de la memoria.

Eduardo Madina, socio y director de estrategia de Harmon. Exdiputado socialista en el Congreso.

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