Frente Nacional: Horror y sensatez

Es curioso lo que tarda en prender en el electorado la idea de elecciones europeas, porque casi todos los países hacen lecturas internas de los resultados, y nadie parece darse cuenta de que los elegidos van a irse a Bruselas… Así se da el caso -cuando menos sorprendente- que en Francia haya ganado las elecciones europeas un partido, el Front National de Marine Le Pen, que quiere sacar a Francia de la Unión. ¿Saben más los votantes que los políticos? Porque los parlamentarios electos del Frente Nacional no se quedan en París, se van a Bruselas…

Pese a ello, es natural que a la Francia parisina, internacionalista, chic y aún con pujos de potencia rectora en el África central, le asuste el triunfo de la extrema derecha, patriótica hasta el chovinismo (inevitable galicismo) y que quiere una Francia sin musulmanes y sin negros. Al menos que no haya más de los que hay ya. Es lógico el susto de los franceses civilizados, pero el triunfo de la extrema derecha francesa, con ser horrible, nada tiene que ver (o muy poco) con la extrema derecha española, según algunos encerrada en el disco más duro del PP. Marine Le Pen estuvo no ha mucho en España y reconoció -entrevistada- no conocer ningún partido español homologable al suyo. El triunfo en Francia del Frente Nacional es el triunfo de «la negra provincia de Flaubert». No vamos a ver al Corazón de Jesús presidiendo la Torre Eiffel ni vamos a asistir a nuevos privilegios para los católicos o al final de la democracia. En España la extrema derecha se asocia (y así fue) con nacionalcatolicismo, antidemocracia, centralismo y xenofobia. El centralismo en Francia lo tienen siempre, y los temas de la religión y la democracia no se discuten, son parte de la República. Marine Le Pen ya ha dicho que cree en el laicismo y tanto -agregó- «que por eso no quiero ver a nadie rezando lo viernes en las calles francesas». Obvia alusión al Islam, gran enemigo de Francia para la extrema derecha como la Europa que les impide ser ellos mismos.

El triunfo de la extrema derecha en Francia es el triunfo brutal del burgués provinciano sobre el capitalino. El triunfo de una burguesía pacata, ultranacionalista y cateta que no ve más allá de sus narices y quiere que no le disputen su vieja cocina ni su Beaujolais… No es un golpe de Estado ni una prohibición de partidos políticos (aunque se notaría el conservadurismo) es el triunfo de una clase media provinciana y alicorta que no quiere moros ni negros, salvo los justos para recoger la basura. Al francés internacionalista le horripila Marine Le Pen, con razón a mi ver, pero la extrema derecha francés, ni católica ni protestante, no es parecida a la extrema derecha española, católica y antidemócrata. ¿Y entonces su símbolo de Juana de Arco, la doncella de Orléans? Juana de Arco -recuerden- fue quemada por los ingleses, en la Edad Media. Más que un símbolo católico, la pucelle d’Orléans es un símbolo patrio y xenófobo, es la Francia eterna sin extranjeros. O sea la Francia anti-París (la provincia es enorme) y anti Festival de Cannes…

Es natural que a muchos franceses les asuste el horror cateto que ha triunfado en su país (aunque sea para ir a Europa) pero nada puede extrapolarse a España. Aquí la provincia -quizá ya ni existe- es autonomista o separatista, todo lo contrario que Le Pen. Pero mal momento (muy mal momento) para que Esquerra Republicana reivindique «la Cataluña norte», el Rosellón francés. Marine ni los recibiría y firmaría gustosa un edicto prohibiendo cualquier lengua que no sea la de Molière. Mas (tan artero) nunca mencionó la Cataluña norte -bastantes enemigos mira ya alrededor- pero ERC lo hizo la otra noche, otra manera de estar contra Europa. Pues hay un punto (increíblemente) que une a los catalanistas furibundos con el Frente Nacional galo: practican y anhelan casi idéntico patriotismo exacerbado y con límites. En estos últimos ya no coinciden. Las lecturas nacionales o nacionalistas de los resultados europeos quieren decir (y eso debe preocupar) que Europa se construye a trancas y barrancas y que el ciudadano medio no la ve ni la siente, todavía. Una pena.

Luis Antonio de Villena es escritor y periodista.

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