Frida Kahlo, cien años

Por Marta Lamas, antropóloga mexicana y directora de Debate Feminista (EL PAÍS, 04/07/07):

¿Qué es lo que tanto atrae hoy de Frida Kahlo? ¿Dónde radica el poder de seducción de esta figura artística y política mexicana y universal: en su obra, en su vida o en su cuerpo herido y su rostro extraño? Izquierdista, mutilada y bisexual, Frida conjuga en su persona la transgresión y la resistencia. Padeció situaciones límite en su cuerpo -la polio, la columna rota, las operaciones, los abortos, las caídas, la amputación-, pero también gozó con él y disfrutó los placeres de una sexualidad desbocada. Amó con desmesura pero, a diferencia de las mujeres que “aman demasiado” y que convierten el amor en una trampa con la que se enajenan, Frida logró potenciar su creatividad. Su feminismo espontáneo la hizo sellar un compromiso consigo misma: ser a través del trabajo.

Frida, de cuya nacimiento se cumple ahora un siglo, vivió su erotismo con la misma libertad con que pintó: fue amante de León Trotski, de fotógrafos, artistas y de varias mujeres (dos de ellas, famosas cantantes folclóricas). Convirtió su supuesta fealdad de mujer peluda en una afirmación estética, y su negativa a depilarse se interpretó como una declaración de su bisexualidad: bigotona como sinónimo de lesbiana. Antes de su accidente y de su matrimonio, Frida solía vestirse como hombre. Después reivindicó los huipiles y las enaguas, y el traje de tehuana se volvió su marca personal. Al usar atuendos típicos y hablar con un lenguaje coloquial, Frida empezó a convertirse en el símbolo de la mexicanidad que hoy es. Antonio Alatorre describe su uso del lenguaje como “relajiento, vivaracho, lleno de pintoresquismos”, con el que “habla de lo serio, lo muy íntimo, lo intensamente personal”. Con gran sentido lúdico se autodefinía como pelada (pobre), móndriga (cabrona) y jija de la chifosca (carente de límites), y firmaba: su fiel y segura servidora, Doña Frida, la malhora.

La fama de Frida por su trayectoria vital precedió a la celebridad de su obra. Su disidencia moral y política trascendió antes que su arte. Encarnó el nacionalismo internacionalista del México de entonces y fue antifascista. Perteneció a la Liga de Jóvenes Comunistas, pero renunció al Partido Comunista cuando éste expulsó a Diego Rivera. Siguió siendo filocomunista y compartió la ofuscación de su época por líderes políticos como Stalin y Mao. Se comprometió en la lucha de los republicanos contra Franco y reunió ayuda para enviar a las Brigadas Internacionales. Le importó mucho la política y quiso ser útil a la causa de los más desposeídos.

Los que sucumbieron a la fascinación del personaje iniciaron la “fridolatría” con estampitas y muñecas, a las que les siguieron carteles, fotos, obras de teatro y películas. Luego creció la mercantilización de su imagen, explotada de manera lamentable por sus herederas: joyería, ropa, perfume, lentes, un tequila “Frida Kahlo” y un corsé de La Perla, bordado con cristales de Swarovski, que cuesta 1.500 euros. No obstante el rechazo que provoca la Frida Kahlo Corporation, la fuerza y originalidad del personaje siguen atrayendo a nuevas generaciones.

En su vida turbulenta, regida por el dolor, está la clave de su arte. No huyó de sus emociones, y a pinceladas expresó un sufrimiento y una voracidad existencial que asombran.

Nada resulta tan natural como pintar lo que no hemos conseguido. Frida asume su verdad y la transforma en imágenes cargadas de sensualidad. Y si su arte conmueve, su vida ejerce una atracción paralela. Amó con locura, deseó una maternidad que nunca llegó, gozó con hombres y a mujeres, trabajó con feroces y continuos dolores a la sombra de un gigante como Diego Rivera, pero, sobre todo, fue fiel a sí misma, cuando el canon artístico del momento valoraba otra cosa. Quizás eso, a la distancia, es lo más extraordinario: la manera como continuó pintando sus retablos y autorretratos, por más que entonces no tuvieran el éxito que hoy han logrado.

Estoy feliz de estar viva mientras pueda pintar. Hoy, recordar a Frida Kahlo es interrogarse sobre la pasión, el cuerpo y el arte. Rota, estéril, adolorida, ¿por qué exclamaba: ¡viva la vida!? Porque en lugar de tristear, como ella decía, disfrutó intensamente lo que logró arrancarle a su existencia.

La tragedia es lo más ridículo que hay. Frida se desmarca del lugar de la víctima con humor. El descaro con el que exhibe su sufrimiento y la obsesión con la que persigue su deseo de crear se reúnen en su dicho: Pies, ¿para qué los quiero? Si tengo alas para volar.

Nació el 6 de julio de 1907 y falleció en 1954, a los 47 años de edad. La velaron durante todo el día en el foyer del Palacio de Bellas Artes. Un río de gente pasó a rendir su último tributo (por amor o para saciar su curiosidad) ante el féretro cubierto con la bandera del Partido Comunista. Mientras sus amigos entonaban La Internacional, el general Lázaro Cárdenas ofrecía sus condolencias a Diego Rivera. El director del Palacio, Andrés Iduarte, le pidió a Rivera retirar el estandarte. Diego lo amenazó con llevarse el ataúd con todo y muerta. Iduarte se resignó, a sabiendas de que sería despedido, como ocurrió escasas horas después.

Ahora, a medio siglo de su partida, Frida regresa triunfal al Palacio de Bellas Artes de México con una magna exposición, que reúne más de 350 obras (entre óleos, acuarelas, grabados, litografías, dibujos y fotografías), y un espléndido catálogo con las mejores plumas comentando cada cuadro. Otra vez Doña Frida congregará tumultos en Bellas Artes.