Frivolidad.cat

Cuando la burguesía convergente enervó a las masas contra el Estado para encubrir, con la ocupación impune del espacio público, una ejecutoria de corrupción y recortes sociales jaleando el ‘España nos roba’, una viñeta en ‘El Periódico’ caricaturizaba a Artur Mas y su compañero de coalición (CiU), Josep Antoni Duran Lleida. Ambos corrían al frente de las manifestaciones de la ANC y Òmnium. Duran aconsejaba a Mas: si no seguimos corriendo pasarán por encima de nosotros...

Como es sabido, Duran se apartó a tiempo. Mas siguió corriendo hacia el precipicio. Lo peor es que su clase social -la burguesía- le compró el sobado agravio del expolio fiscal y le jaleó cuando presumía de astucia para engañar al Estado.

La frivolidad catalana tiene muchos autores, pero pocos la han definido como Sandro Rosell: «Si hubiese un referéndum por la independencia yo votaría que sí, pero me iría a casa. Si el resultado es que sí, yo me voy de Cataluña y si es que no yo me quedo... Una cosa es lo que hace el corazón y otra lo que hace la cabeza. No sé si a Cataluña le iría bien o no me iría bien a mí», le espetó a Jordi Évole y se quedó tan ancho.

El expresidente del Barça que puso alfombra verde al independentismo en la Via Lliure de 2015 encarna el relativismo moral de una burguesía que transitó del franquismo al nacionalismo y aplaudió la sedición: la Convergencia que Pujol alumbró en 1974 (allí estaba el padre de Rosell). El corazón (estelada) y la cabeza (cartera). Montamos el pollo y, si pintan bastos, ahuecamos.

Historias de la frivolidad (como aquel programa de Ibáñez Serrador, pero sin su gracia). La consulta del 9-N de 2014 con urnas de cartón y el abrazo de Artur Mas y el cupero David Fernández. Un año después, noviembre de 2015, el portavoz de la CUP, Antonio Baños, decía no a la investidura de Mas. De poco sirvió al astuto burgués travestirse en caudillo de la ‘revolución sonriente’.

Pocos meses después, enero de 2016, la CUP ratificaba el acuerdo con Junts per Sí para investir a Carles Puigdemont, pastelero con flequillo radical, más dispuesto a complacer a los antisistema. El abogado Benet Salellas, cupero y propietario gerundense -en Cataluña se dan ambas condiciones con insultante desparpajo-, envió a Mas «a la papelera de la Historia».

Más frivolidad. Jaume Giró, exdirector de la Fundación la Caixa, dejó la junta de Laporta; debió descubrir que el Barça, más que un club, es una bancarrota. Reapareció de consejero de Economía en la Generalitat ‘republicana’. Con siete millones de patrimonio, el consejero más adinerado del ejecutivo, lazo amarillo en la solapa, lanzó en su primera intervención parlamentaria una arenga independentista con una declaración de amor por la CUP, socio preferente del Gobierno catalán en los presupuestos.

La frivolidad, como la estupidez, es infatigable. Pese a tanta lisonja, incluso admiración intelectual, Giró recibió calabazas de quienes echaron a Mas a la histórica papelera. Como ya no pudo ofrecer más a los antisistema, exclamó doliente: «¡Nadie puede reprocharnos que no hemos sido suficientemente soberanistas!». La frase recuerda al Companys del 6 de octubre de 1934 cuando dedicó el golpe contra el gobierno republicano de Lerroux a los fascistas Dencàs y Badia: «¡Ahora ya no podréis decir que no soy suficientemente nacionalista!».

Aclaremos. Giró mimaba a la CUP porque su formación y la de los antisistema actúan, cada uno en su papel, en el mismo teatro de la frivolidad. En ‘Gent d’ordre’ (‘Gente de orden’, Galaxia Gutenberg) Cristian Segura describe la descomposición -económica y moral- de la burguesía que en otras centurias -cada vez más lejanas- postuló la modernización de España y el mecenazgo social y cultural.

Este periodista sabe de lo que habla. Viene de una familia ligada a la industria de los perfumes, sabe cómo huele Pedralbes y el Real Club de Polo mientras observa con estupor cómo los burgueses que tanto conoce juegan a ser Bolívar o el Che. La CUP y sus cachorros de Arrán proliferan en los barrios altos, pero arman follones en Horta, Sants, o la Rambla: «El poder que odian reside en lugares como Sarrià, Tres Torres, Pedralbes o Sant Cugat; en estos barrios nunca llevan la revuelta, aunque allí también encontrarán contenedores para quemar y comisarías de los Mossos d’Esquadra o sedes de la administración pública para apedrear».

La CUP, añade Segura, capta a una burguesía que debería estar preocupada por «la estabilidad del sistema y, por tanto, de su negociado...». Aunque, como matiza el periodista, «esta aparente desconexión con el mundo real se puede explicar también porque buena parte de las nuevas elites son un mandarinato que depende de la administración pública catalana y de sus favores».

A esta ‘gente de orden’ que fomenta el desorden, mientras seis mil empresas abandonan Cataluña, se unen jubilados con tiempo libre y catorce generosas pagas que se volatizarían en una hipotética independencia: ellos no se lo creen porque tampoco creen que su Cataluña independiente devendría en un estado paria fuera de la UE; no nos olvidemos tampoco de la Cataluña terrateniente y tractorista: la cartografía del carlismo decimonónico (gran parte de la dirigencia independentista procede de comarcas).

Esta pintoresca tropa -élites económicas, empresarios comarcales, funcionarios a dedo, jubilados ociosos, folloneros de buena familia y pícaros de río revuelto- explican lo bochornoso del ‘procés’: Víctor Grifols, presidente de la farmacéutica homónima, jalea en 2014 a Artur Mas: «President, sé que atraviesa un momento difícil, pero si tiene determinación, siga adelante, no se arrugue». Grifols pasó a gestionar en Irlanda su tesorería y el 75 por ciento de su producción mientras Mas mitineaba: empresas y bancos se pelearían por radicarse en su Dinamarca del Sur. O Joan Canadell, el gasolinero que en 2019 tomó la presidencia de la Cámara de Comercio: nuestro abúlico empresariado no supo, o no quiso, proteger la institución de demagogos. O Torra y su ‘apreteu’ en loor de los CDR.

Esta burguesía frívola recuerda a la película ‘Resacón en las Vegas’, apunta Segura. Juerguistas que despiertan sin tener conciencia del lío provocado: una Cataluña arruinada con la convivencia rota y la inseguridad jurídica derivada de políticas populistas.

Una fiable encuesta del ICPS (Instituto de Ciencias Políticas y Sociales) sitúa el voto independentista en un 39 por ciento, diez menos que hace cuatro años, muy por debajo del 52 por ciento parlamentario del que blasonan las formaciones separatistas.

La hipertensión es difícil de bajar: el 39 sigue siendo demasiado. La respuesta de las elites económicas ha llegado demasiado tarde. El empresariado que cedió al aventurismo neoconvergente necesitó una década para constatar el desastre. El Círculo de Economía lamenta ahora que los independentistas y el populismo de Colau gobiernen ‘por los extremos’; censura la ‘apología del decrecimiento’ y el cuestionamiento permanente de la inversión privada. Esta Cataluña -¡oh, sorpresa!-, se sume en la ‘irrelevancia’.

Conocíamos el seny, la butifarra, la crema y la venganza catalana... Habrá que añadir otra denominación de origen: la frivolidad catalana. También el cinismo. O las dos cosas a la vez.

Sergi Doria es escritor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *