Fronteras y objetivos de Europa

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 28/09/06):

La Unión Europea (UE) de los 25, nacida hace tres años en Atenas, se halla una vez más sometida a las tensiones contradictorias que se derivan de las ampliaciones quizá no suficientemente meditadas y de una anemia política que no es sino la primera consecuencia del mal funcionamiento de unas instituciones desbordadas e inadaptadas. Una situación de fragilidad notoria que favorece el avance imparable del euroescepticismo, agudiza las crisis y diluye las aspiraciones de una mayor integración hacia el federalismo.
El 1 de enero próximo, la UE pasará a tener 27 miembros y casi 500 millones de ciudadanos a causa de la incorporación de Bulgaria y Rumanía, según la decisión adoptada por la Comisión Europea, pese a que ambos países distan mucho de satisfacer todas las exigencias de la adhesión. Los problemas persisten en varios sectores: los sistemas judiciales, la corrupción galopante, la criminalidad y el deficiente control de los fondos europeos, pero, en vez de aplazar el ingreso, como hubiera sido prudente, la Comisión anunció que los dos nuevos miembros quedarán bajo vigilancia, un estatuto humillante que no resolverá ningún problema.
Para mitigar los recelos que levanta la llegada de los nuevos miembros, los dos más pobres, cuyos niveles de vida equivalen a un tercio de la media comunitaria, el presidente de la Comisión, José Manuel Barroso, advirtió que esta será “la última ampliación” sin reforma institucional, ya que la UE parece haber alcanzado los límites de “su capacidad de absorción”. Esto quiere decir que la puerta se cierra abruptamente ante las aspiraciones de Turquía y de los Estados balcánicos surgidos de la desintegración de Yugoslavia, curiosamente la llamada Europa otomana, cuya ansiedad e incertidumbre se expresaron sin ambages.

LAS PALABRAS de Barroso son un eco de la opinión más extendida. La pausa podría prolongarse indefinidamente porque la reforma institucional, bloqueada por el rechazo de la Constitución europea en sendos referendos en Francia y Holanda en el 2005, no es para mañana. Las previsiones más optimistas alargan la discusión hasta el 2009, y no existe ningún proyecto a la vista. El primer informe, simplemente para “explorar las evoluciones futuras posibles”, será presentado por la presidencia alemana en junio del 2007, según el calendario suscrito por la cumbre europea de Bruselas de junio. Seguimos en la Europa invertebrada y vacilante.
La tesitura refleja tanto “la fatiga de la expansión” cuanto la carencia de impulso político, pero se nutren ambas de los temores de los ciudadanos ante un proceso de expansión cuya rapidez genera vértigo, debilita la cohesión y provoca tensiones migratorias y eventuales secuelas en el reparto de fondos. No se trata, desde luego, de meras especulaciones. Rumanía, Bulgaria, Croacia y Turquía, por ejemplo, padecen una corrupción mucho más extendida que la que existía en los 10 Estados que ingresaron en el 2004, según Transparency Internacional, organismo cuyos informes utiliza la Comisión como fuente fiable.
Hasta ahora, Gran Bretaña y los países más euroescépticos, con el beneplácito entusiasta de Estados Unidos, respaldaban todas las ampliaciones habidas y por haber, fieles a ese proyecto inveterado e inconcreto de vasta comunidad transatlántica o zona de libre cambio que choca frontalmente con las tesis federalistas del núcleo fundador de la Unión. Pero la crisis de crecimiento en los países excomunistas, los problemas específicos de Bulgaria y Rumanía y, sobre todo, de Turquía, debido al impacto de la cuestión islámica, han enfriado los ánimos de los adalides de “candidaturas para todos”. La detención de criminales de guerra en Croacia o la reforma del código civil turco no han sido suficientes para vencer las reticencias.
La cuestión de Turquía, como hace un siglo la del Imperio otomano, causa inquietud y hondas discrepancias entre los Estados europeos y aliados de la OTAN, sin duda agravadas por la clara pretensión de la Administración de Gorge W. Bush de acabar con la autonomía de Europa y atraer hacia el imperio a Gran Bretaña, el eslabón más propicio de la frágil cadena europea, en aras del “internacionalismo hegemónico” teorizado por los neoconservadores. El señuelo de la OTAN tiene una fuerza inusitada en la Europa rescatada del yugo soviético.

PESE A los innegables esfuerzos del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), inmerso en un proceso de laboriosa y/o frustrada secularización, y del primer ministro, el islamista reconvertido Recip Tayyip Erdogan, el ingreso de Turquía en la Unión Europea, de la que sería el segundo Estado más poblado, suscita una controversia encarnizada en la que se mezclan los argumentos económicos (tamaño, debilidad financiera y emigración) y los políticos (derechos humanos, problema kurdo) con otros culturales (75 millones de musulmanes), pese a que su islam es más flexible que el del mundo árabe y al escaparate de su exigua minoría laica y occidentalizada.
El fracaso constitucional de la UE sería ininteligible si no se relaciona con la crisis transatlántica. ¿Acaso es posible una Europa europea como gran potencia asociada, que no tutelada, con EEUU? Cualquier ampliación entraña el riesgo de quebrantar aún más la cohesión de un marco institucional precario, pero ante el fantasma turco que cabalga por el continente, parece llegado el momento de emprender un debate sobre las fronteras y los objetivos de Europa.