Fue hace cuarenta años

La celebración por las Cortes y con la asistencia de Felipe VI de los cuarenta años de las primeras elecciones de la democracia me lleva a escribir estas líneas. Como senador elegido por la provincia de Badajoz en las listas de Unión de Centro Democrático, el acto trajo a mi memoria muchas cosas importantes para España y pensé con el poeta Salinas, «en este hoy mío cuánto ayer se vive». Las reflexiones que siguen no nacen de la nostalgia, sino de la esperanza y del legítimo orgullo de haber podido ayudar a España en un momento trascendental de nuestra historia.

Cuando decidí ser candidato, mi padre me dijo: «Vas a perder el tiempo, los amigos y el dinero, pero ya que así lo has decidido, lucha para que los españoles no tengamos nunca más el horror de una guerra civil matándonos entre nosotros». Nací en 1938 con mi padre en el frente de Extremadura. Era falangista, como el padre de Cristina Almeida, estando ambos en la misma bandera. Al terminar la guerra, mi padre volvió a dirigir su empresa, bien deteriorada como consecuencia de la guerra fratricida. Es cierto que perdí amigos, fundamentalmente de mi anterior entorno social, que me consideraban un traidor al tiempo que la izquierda me tachaba de franquista.

En mis mítines de 1977 repetía frecuentemente: «Queremos para España una constitución que recoja a través del consenso la pluralidad del pueblo español, queremos una constitución duradera con una larga vida y no corta, como otras que merecieron un epitafio funerario, que rezaba: aquí yace media España, murió a manos de la otra media».

La ceremonia de constitución de las Cortes de 1977 estuvo llena de emoción. Las palabras del Rey Juan Carlos I, renunciando al poder absoluto que le había dado Francisco Franco al nombrarle sucesor a título de Rey y asumiendo así en plenitud la democracia parlamentaria, fueron el comienzo del nuevo tiempo. ¡Qué gran discurso el de Don Juan Carlos en un momento muy difícil, pero lleno de ilusión! Su llamada a la reconciliación nacional y su abrir de brazos, ligado todo ello al titánico trabajo anterior para llegar a ese momento trascendental.

Cuando cumplimenté al Rey Felipe VI, le dije: «Señor: le hago una petición, que si lo estima oportuno dé un gran abrazo al Rey Juan Carlos I, de mi edad y compañero de promoción en la Facultad de Derecho y que le desee en mi nombre lo mejor». Y es que durante el acto en mi memoria y en mi corazón estuvo Don Juan Carlos, un Rey al que nunca España agradecerá bastante su patriotismo, su mesura, su dedicación, su inteligencia, su conocimiento de los españoles y su firme decisión en los momentos más difíciles de nuestro camino. Y finalmente su enorme sacrificio al abdicar la Corona en el momento que creyó que era más conveniente para España.

Lástima y pena me daban los populistas y extremistas, ya que su única obsesión es negar la Transición, tachándola de franquista como vía para traernos un nuevo régimen similar al de Venezuela. ¡Qué equivocados están, pues los españoles nunca permitirán sus veleidades basadas en el odio y el rencor!

La intervención del Rey fue una pieza magistral para la historia parlamentaria. Su afirmación de que la Corona reafirmaba ante los legítimos representantes de la soberanía nacional su compromiso irrevocable con la democracia, con el entendimiento entre todos los españoles y con su convivencia en libertad. Palabras claras dirigidas a los secesionistas catalanes a los que no nombró, pero que sin duda eran los destinatarios del mensaje.

Los parlamentarios de 1977 no podemos sino agradecer las palabras que nos dedicó cuando dijo que teníamos una responsabilidad histórica: dar una respuesta política a nuestros errores del pasado y superar las diferencias entre los españoles, convencidos de que la guerra civil era una inmensa tragedia sobre la que no cabía fundar el porvenir de España, para terminar afirmando que los protagonistas de la Transición cumplieron con su deber. Sus palabras me llenaron de orgullo por la decisión que tomé en 1977.

Si viviera mi padre, estoy seguro de que pensaría: «Luis, hijo, tenías razón, no perdiste el tiempo, colaboraste para que España lleve cuarenta años de convivencia y paz y que Cristina Almeida y tú podáis estar en el mismo Parlamento, olvidando los horrores de la guerra para que esta no se vuelva a repetir».

Debo acabar, no sin antes reiterar mi apoyo a la Constitución de 1978 y decir a aquellos que la incumplen o quieren modificarla que la Constitución les da la vía para reformarla, pero hoy nuestra Constitución es la vigente. Y un aviso a los embaucadores que ahora quieren acabar con el sistema que tenemos o terminar con la unidad de España: que somos una gran mayoría de españoles los que no lo consentiremos. A los que ofenden a nuestra bandera, la queman, la silban o la sustituyen por otras que no representan a la patria les recuerdo la letra de un fandango de Camarón de la Isla, gitano universal que hablaba cantando: «España tiene una bandera, y hecha de sangre y de sol, España tiene una bandera. Si a mí me quitan de que la quiera ya no sería español, sería de otra nación cualquiera».

Y termino con un verso de mi paisano el poeta Manuel Pacheco: «Todo está todo todavía, todo es posible todavía».

Luis Ramallo, miembro de las Cortes Constituyentes.

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