¿Fue Obama un presidente con suerte?

Un gran Jefe de Estado marca una época y determina los acontecimientos, o al menos esa es la definición habitual. Napoleón, admirado por los franceses (nos preguntamos por qué, ya que mató a muchos de ellos) y vilipendiado en el resto de Europa, fue «grande». Mientras que al rey Luis Felipe, que hizo que reinara la paz y una cierta prosperidad, se le recuerda por un estilo de muebles. La posteridad es una justicia cruel. En lo que se refiere a Obama, en EE.UU. predominan las opiniones partidistas, porque es grande para los demócratas y mediocre para los republicanos.

¿Pero no está la pregunta mal planteada porque se basa en un error en la valoración de los poderes reales del presidente? La Constitución estadounidense fue redactada para que el Jefe del Estado no fuera un monarca: no puede realizar ningún gesto significativo sin obtener múltiples autorizaciones de los congresistas, de una multitud de asesores jurídicos, y bajo la severa mirada del Tribunal Supremo. El presidente puede hacer poco, tanto en el país como en el exterior; esa es la razón por la que, en ocho años, el balance de Obama se resume en un solo éxito importante, que es la ampliación del seguro sanitario a treinta millones de ciudadanos desfavorecidos, el llamado Obamacare. Y no es poca cosa. Los interesados están satisfechos y los demócratas están orgullosos de ello, pero los republicanos nunca han aceptado esta injerencia del Estado federal en la vida privada de los estadounidenses. El Obamacare se desmantelará, por lo que Obama no deja ninguna herencia tangible. Las otras iniciativas que adoptó a lo largo de sus dos mandatos, en favor de las minorías, de los negros, de los transexuales y de los inmigrantes, fueron simbólicas.

En la vida de un país, estos símbolos son importantes, sin más: la situación real de los negros, por ejemplo, no ha dejado de mejorar, porque el racismo retrocede espontáneamente y el número de puestos de trabajo ha aumentado. Obama ha acompañado esta dinámica de la sociedad y de la economía, pero no la ha creado. Al menos no la ha impedido. El «no perjudicar» en la política, al igual que en la medicina, debería ser el precepto principal. Durante la presidencia de Obama ocurrieron dos acontecimientos importantes en los que no tuvo nada que ver, como el matrimonio homosexual, impuesto por el Tribunal Supremo, y la legalización del cannabis, aprobada por referéndum locales. En política interior, el presidente tiene sobre todo el poder de la palabra, el Pulpit Power, ya que la Casa Blanca es el púlpito más influyente del país. Se utiliza para exhortar y para dar ejemplo.

El hecho de que los Obama fuesen ejemplares no carece de relevancia en un país en el que las familias negras están a menudo en una situación precaria. ¿Un gran presidente? En lo que se refiere a la dignidad de su comportamiento, sin duda alguna.

El hacer una valoración de su política exterior es todavía más difícil. El presidente tiene más poder en este ámbito, pero bajo el control del Senado, de los medios de comunicación y de la opinión pública. La derecha le reprocha su tibieza frente a Irán, frente al imperialismo chino y frente a las incursiones rusas en Crimea y en Siria. No cabe duda de que los chinos y los rusos habrían retrocedido si se hubiesen enfrentado a la determinación belicista de un George W. Bush o de un Ronald Reagan. Pero Obama fue elegido porque era pacifista y para traer a las tropas estadounidense de vuelta «a casa». Y es lo que ha hecho, porque muy pocos soldados estadounidenses han muerto en combate durante su presidencia. Eso, para el pueblo estadounidense, cuenta, más que morir por Siria, Ucrania o las Spratleys. Podemos lamentar, como se afanan en hacer los republicanos, que Obama no haya ido a la guerra contra Bashar el Asad, ¿pero era deseable que traicionase su mandato popular? Obama se ha atenido a una guerra secreta, con las fuerzas especiales y con drones, y ha eliminado a varios miles de combatientes yihadistas, Osama bin Laden entre ellos. ¿No es un gran presidente aquel que respeta el voto de sus electores? Es un criterio que rara vez se tiene en cuenta, pero me parece que debería tenerse.

He escrito a menudo que el presidente estadounidense es un Gulliver atado por unos enanos, y Obama es la prueba de ello. Algunos de sus predecesores parecen haberse liberado se esas ataduras, pero es porque los acontecimientos definieron a esos grandes presidentes, más que ellos a los acontecimientos. Pensemos en Abraham Lincoln: la guerra civil le vino impuesta, obtuvo la victoria y le dio un significado que no tenía al principio: el final de la esclavitud. Las circunstancias definieron a Lincoln, más que al revés. Lo mismo sucedió con Franklin Roosevelt, a quien no le quedaba más opción que ganar una guerra en la que hubiese preferido no participar. Ronald Reagan tuvo dos golpes de suerte: una nueva economía definida por internet, que él no había inventado, y la caída de la Unión Soviética, que él no había provocado. Los estadounidenses lo consideran hoy en día como uno de sus mejores presidentes.

Volviendo a Napoleón I, él pensaba que, para ganar una batalla, había que tener suerte. Un gran presidente es aquel que tiene suerte, y se encuentra en el momento justo en el lugar adecuado. Obama ha estado a medio camino, porque se ha mostrado demasiado reservado para tener mucha suerte y nunca se ha enfrentado a una crisis importante, pero tampoco ha provocado ninguna. El lector habrá observado que no atribuyo a Obama el mérito de la recuperación económica en EE.UU., pero es que no tiene nada que ver con este ciclo, del mismo modo que George W. Bush no fue responsable de la crisis de 2008. Un presidente solo es presidente, y eso es lo que Trump va a descubrir.

Guy Sorman

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