Fuego, apunten, preparados

Por Thomas L. Friedman, analista político estadounidense. © The New York Times, 2003 (EL PAÍS, 11/03/03):

Fui a la conferencia de prensa ofrecida el pasado jueves por el presidente Bush en la Casa Blanca para ver cómo lidiaba con la trascendental cuestión de Irak. Una de las frases que pronunció captaba todo lo que me preocupa sobre su planteamiento. Fue cuando dijo: “En lo que respecta a nuestra seguridad, realmente no necesitamos el permiso de nadie”. Lo primero que me inquietó fue la frase “en lo que respecta a nuestra seguridad…”. Hecho: hoy en día la invasión de Irak no es vital para la seguridad estadounidense. Sadam Husein no tiene ni la intención ni la capacidad de amenazar a Estados Unidos, y sería fácil disuadirlo si la tuviera.

Ésta no es una guerra necesaria. Afganistán sí lo era. La de Irak es una guerra libremente elegida, una elección legítima para mantener la credibilidad de la ONU, a la que Sadam lleva 12 años desafiando, y para destruir la tiranía de éste y sustituirla por un régimen decente que pudiera llevar la reforma al mundo árabe / musulmán. Ésa es la verdadera causa. El problema que el presidente Bush tiene con los detractores legítimos de esta guerra se deriva de su continua exageración de este argumento. Cuando Bush toma una guerra libremente elegida y la convierte en una guerra necesaria, lo normal es que la gente se pregunte: “¿Qué pasa aquí? Nos están empujando. La verdadera razón debe de ser su padre, o el petróleo, o alguna ideología de derechas”.

Y eso nos lleva a la segunda frase: “Realmente, no necesitamos el permiso de nadie”. Para una guerra obligatoria contra los terroristas del 11-S que se albergaban en Kabul, insisto, no necesitábamos el permiso de nadie. Pero para una guerra libremente elegida contra Irak necesitamos el permiso del mundo; por lo que costaría reconstruir Irak. Bush habla sólo de por qué está bien desmantelar un Irak malo, no de cuánto constará reconstruir decentemente Irak, un territorio lejano, del tamaño de California, dividido como Yugoslavia. Creo que podemos ayudar a construir un Irak decente, pero no solos. Si estamos solos, se convertirá en una ocupación estadounidense y nos constituirá en blanco de la frustración general. Y solos, los estadounidenses no tendremos la paciencia, los recursos humanos o la energía necesarios para levantar un país, lo cual no es un sprint, sino un maratón. Bush se queja de que el mundo le exige a Estados Unidos que juegue al “¿Da su permiso, mi capitán?” en lo que respecta a Irak, y él no le va a pedir permiso a nadie. Pero con respecto a Irak la pregunta pertinente no es “¿Da su permiso, mi capitán?”, sino “¿Puedo, capitán?”: ¿puedo hacerlo bien sin aliados? No.

Así que aquí es donde nos encontramos. El cambio de régimen en Irak es una decisión adecuada para Irak, para Oriente Próximo y para el mundo. Bush tiene razón a ese respecto. Pero por ahora esa decisión podría ser demasiado difícil de vender. Si en estos momentos el presidente no puede hacer que la guerra que él ha elegido sea la que elija el mundo, tenemos que reconsiderar nuestras opciones y nuestras tácticas. Porque si Bush actúa unilateralmente, me temo que EE UU no sólo perderá la oportunidad de construir un Irak decente, sino algo más importante: su propia eficacia como líder estratégico y moral del mundo libre.

Una anécdota. En 1945, el rey Abdul Aziz Ibn Saud de Arabia Saudí se reunió con el presidente Franklin D. Roosevelt en un barco en el canal de Suez. Antes de acceder a reunirse con Roosevelt, el rey Abdul Aziz, beduino de corazón, planteó a sus asesores dos preguntas sobre el presidente de EE UU: “Díganme: ¿cree en Dios? y ¿tienen colonias?”. Lo que realmente estaba preguntando el rey saudí era: ¿cómo utilizan estos estadounidenses su enorme poder? ¿Como los europeos, persiguiendo sus intereses, colonias y un imperio, o en nombre de valores más altos?

Ésta sigue siendo la cuestión más importante para la seguridad nacional estadounidense. El mundo no quiere ser dirigido por cínicos como el ministro francés de Asuntos Exteriores y su jefe. Pero tampoco quiere ser dirigido por un Estados Unidos cuyo Congreso está tan traumatizado por el 11-S que no puede pensar con claridad, y por un presidente ideológicamente empeñado en declarar la guerra a Irak, sin importar el precio, el apoyo o las perspectivas de un desenlace decente. Pero, dejando aparte Francia, el mundo sigue estando dispuesto a ser liderado por un Estados Unidos un poco más humilde, que escuche un poco más y que esté un poco más dispuesto a preguntar a sus aliados cómo se puede solucionar este asunto, y cuánto tiempo necesitan para ver si las inspecciones funcionan y apoyar el uso de la fuerza en caso contrario. Piensen en Franklin Delano Roosevelt. Acababa de ganar la II Guerra Mundial. Estados Unidos estaba en la cumbre de su poder. No necesitaba el permiso de nadie para nada. Pero, de regreso de Yalta, confinado a una silla de ruedas, F. D. R. viajó a Oriente Próximo para presentar sus respetos y reunirse con los dirigentes de Etiopía, Egipto y Arabia Saudí. ¿Por qué? Porque sabía que no los necesitaba para ganar la guerra, sino para ganar la paz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *