Fuego del infierno

Por Rafael Sánchez Ferlosio, narrador y ensayista español (ABC, 23/03/03):

Los tratadistas cristianos de «la guerra justa», no sin herencias romanas (ya mucho antes de la Escolástica, San Isidoro citaba, al respecto, a Cicerón), distinguían dos momentos de esa justicia: 1º, el del «ius ad bellum», o sea el de los motivos y fines que hacían lícito decidir la guerra y las formas que hacían lícito el modo de emprenderla y declararla; y 2º, el del «ius in bello», o sea el de los medios y acciones que hacían lícito el modo de combatirla y de ganarla. En esta guerra de hoy la atención se ha centrado exclusivamente -aunque aun en esto no sin torticerías y deshonestidades- en el «ius ad bellum», nada en el «ius in bello». Podría objetarse que antes de la guerra no puede prejuzgarse el modo en que se van a portar los combatientes; pero no es así; aun sin el inmediato precedente de los canallescos bombardeos inmunes y a mansalva sobre Afganistán, ya se sabía el inmenso abismo de poder guerrero que mediaba entre los EE.UU. y otras naciones, sobre todo las más pobres, de este mundo (ya a raíz de la matanza en la boda de Kakarak el secretario de defensa americano se disculpó ante el Hamid Karzai puesto al mando de Kabul, pidiendo comprensión hacia el hecho de que con un poder militar tan enorme como el suyo era casi imposible evitar algunos daños colaterales). Que la ilicitud en el «ius in bello» pueda extenderse a la ventaja, previa a cualquier guerra posible, de que se haya dotado una parte sobre otra fue al menos lo que sintieron los padres sinodales que en el II Concilio ecuménico de Letrán, de 1139, excomulgaron la entonces reciente invención de la ballesta de mano.

¡Antiguallas! se me dirá. Y es cierto que no puedo añorar tiempos que no he conocido, pero sí hacer comparaciones y odiar el tiempo de hoy, porque hay palabras que siguen siendo idénticas: «Ha llegado el juicio final para los terroristas», ha dicho el presidente; «Fuego del infierno», Hellfire, es el nombre de una de sus bombas. Puedo bendecir aquel «temor de Dios», que inducía a excomulgar la ballesta de mano y maldecir esta «soberbia de Dios», que usa las bombas como instrumento divino. Antaño un pecador arrepentido tomaba el hábito y se metía en un convento, hoy un «cristiano renacido» se encumbra a pensar que Dios lo ha hecho quitarse del alcohol para elevarlo a presidente y confiarle una misión en la Historia Universal. Su mesianismo universal y escatológico se ha expresado en estos términos: «La democracia no es un regalo que América le haya hecho al mundo, sino un regalo de Dios a toda la Humanidad».

¡Retórica! se me dirá. Pero en la guerra la retórica dice la verdad, pues ¿qué otra cosa puede hacer a un pueblo aceptar la guerra y dejarse arrastrar a ella sino la autoconvicción moral o religiosa y los delirios de la autoafirmación patriótica? Tanto más en un pueblo que se dice «el más religioso del mundo», con una moralidad individual -amén de individualista- sumamente exigente y un patriotismo decimonónico que hace sonreír a muchos europeos. Ya Walter Lippmann -aquel gran periodista americano de los años 40-50, tachado de «antidemócrata»- señalaba las dificultades del gobierno con la guerra y la paz mientras no se presentasen ante el pueblo en términos de Bien y Mal: «El pueblo -escribía en 1955- gusta de oír que cuando el enemigo haya sido forzado a una capitulación sin condiciones, todo discurrirá como una nueva Edad de Oro; que la presente guerra acabará con todas, que su victoria habrá salvado la civilización, que la cruzada convertirá a la democracia al mundo entero».

Un «cristiano renacido» no puede pensar que si Dios lo ha designado para la presidencia, sea tan sólo para hacer triste política, sino para «hacer Historia». Y la Historia no se hace más que con la guerra, que es su esencia y su argumento. Clarividencia de Hegel al decir: «Los tiempos de paz son páginas en blanco para la Historia Universal». El «cristiano renacido» no tuvo más voluntad que hacer la guerra desde el instante mismo en que vio la ocasión de oro que se le ofrecía: con el derribo de los dos rascacielos iguales tenía a todo el pueblo incondicionalmente a su merced. Pero un Afganistán es casi nada, y menos con una victoria tan difusa; el proyecto de Iraq yacía dormido en un cajón hacía 10 años: sin duda estaba esperándole a él. Algunos, como James Baker -no por eso menos resuelto a hacer la guerra y derrocar al régimen de Bagdad (The New York Times, 25-VIII-02)-, lo indujeron a pasarse por la ONU: la Resolución 1.441 fue un compromiso entre esa inamovible voluntad de guerra y el pretexto de la inspección de desarme, dirigido a ganarse el voto de los otros 14 miembros del Consejo. No es cierto que la 1.441 no bastase para «legitimar» -¡qué palabrita!- la guerra contra Iraq: precisamente la vuelta de los inspectores fue una concesión a los demás, a Francia sobre todo, a cambio de que renunciasen a exigir que se votase otra resolución para la guerra; serían los inspectores los que dictaminasen si por parte de Bagdad había un incumplimiento suficiente para ejecutar la amenaza de «serias consecuencias» -¡qué jerga de director de colegio en un documento de un organismo internacional!-. La «segunda resolución», exudada en Londres de la atormentada frente de Tony Blair y suscrita por Washington y por Madrid, surgió con el intento de zafarse de los insatisfactorios informes de los inspectores, y -en contra de lo que alegan los tres de las Azores- saltándose con ello justamente la 1.441, que se supeditaba a los dictámenes de Blix y El Baradei, a fin de mantener la originaria e inamovible voluntad de guerra; de una guerra respecto de la cual hacía ya meses que un nunca detenido y gigantesco despliegue militar se había trocado en un hecho consumado que le hacía doblemente ineluctable.

El presidente Aznar, probablemente alucinado -tal vez a causa de malas lecturas- por aquel viejo y tópico prejuicio de que España ha venido padeciendo un retraso en la historia, en el progreso y en «la modernidad» -¡qué concepto, Señor!-, respecto de las demás grandes naciones europeas, por no haber participado en las dos Guerras Mundiales (un prejuicio, por cierto, que, sobre ser barato, no deja de sonarme un tanto monstruosito), parece haberse decidido a coger el toro por los cuernos y elevar a España al lugar que por su historia y su cultura le corresponde. Y no ha faltado quien lo ha expresado en términos futbolísticos de «pasar de Segunda a Primera División». De tal manera que si, según el dicho tópico, el retraso de España en La Modernidad se debe a la triste circunstancia de no haber mandado valientemente a sus hombres a ninguna de las dos Guerras Mundiales, y aprovechando la feliz ocasión de que le haya caído en suerte a España entrar en el turno de guardia de 2 años entre los miembros no permanentes del Consejo de Seguridad, el remedio y la hora parecían estar providencialmente cantados: no escabullirse una vez más, sino seguir el manifiesto Carpe diem! y apuntarse a la guerra que tan oportunamente se ofrecía. Su patriotismo, su amor al bien y al interés de España, no le han dejado arredrarse ante el sacrificio personal de convertirse en el más sumiso benigüigüi de una nación que, por otra parte, garantiza, más que ninguna otra de que pueda haber noticia, la más ineluctable certeza de victoria.

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