Fundamentalismo y Arabia Saudí

Tahar Ben Jelloun, escritor. Premio Goncourt 1987 (LA VANGUARDIA, 04/06/04)

Arabia Saudí -guardián de los santos lugares del islam y país productor de petróleo- se encuentra ahora en la tesitura de tener que luchar contra el terrorismo que tan duramente la ha golpeado en diversas ocasiones. Lo cierto es que no estaba preparada para afrontar un día esta modalidad de guerra ciega. Pensaba hallarse al abrigo de esta plaga para ser, definitiva e indiscutiblemente, “Dar-al-islam” (la morada del islam) por oposición a “Dar-al-harb” (la morada de la guerra); vivía, replegada sobre sí misma, dedicada a cultivar sus tradiciones y costumbres, cerrando su corazón y sus puertas a la modernidad, la que garantiza la democracia y el reconocimiento de la persona individual y del Estado de derecho. Factor que no le impedía proveerse de la tecnología más compleja y avanzada, en especial en lo referente a su seguridad. Su riqueza material, su papel de país protector del islam, sus importantes relaciones con Estados Unidos no le han salvado del terrorismo. Al contrario, estos rasgos que adornan su fisonomía le han convertido en un blanco simbólico. Los terroristas le discuten su posición hegemónica y dominante sobre los santos lugares del islam y juzgan impíos a los actuales gobernantes.

Lo peor de la situación es que Arabia Saudí no está ni estará en disposición de luchar eficazmente contra este azote que amenaza una parte del mundo por la sencilla razón de que sus estructuras políticas y su organización gubernamental carecen de recursos para oponerse a esta amenaza. Los dirigentes saudíes no se hallan en disposición -ni ideológica ni psicológicamente- de afrontar estos intentos de desestabilización. Por varias razones, que se exponen a continuación.

Arabia Saudí es un país perteneciente a una familia: la casa de Saud. El Estado lleva el nombre de esta familia. ¿Existe allí un Estado en el sentido moderno del término? No. Los dirigentes saudíes poseen sus propios métodos de trabajar y hacer política que no guardan relación alguna con el sistema conocido en el mundo occidental e incluso en la mayor parte de los países árabes. De hecho, un Consejo de familia hace las veces de Estado. El poder se transmite de padres a hijos o, en su defecto, de hermano a hermano.

Por otra parte, conviene recordar al respecto que los saudíes son responsables de sus propios males. Han propugnado, defendido y propagado la ideología wahabí, una concepción del islam “puro y duro” que un teólogo del siglo XVIII, Abd Al Wahab, instauró como línea directriz de la comunidad musulmana. Es el padre del fundamentalismo islámico, el que propugna la aplicación de la sharia para solucionar asimismo los problemas jurídicos y postula la aplicación de determinadas normas en la vida cotiodiana moral y religiosa del musulmán (cercenar la mano del ladrón, lapidar a la mujer adúltera, posibilidad de practicar legalmente la poligamia y el repudio, etcetera). La condición de la mujer en Arabia Saudí es la más retrógrada del mundo musulmán. Ni siquiera tiene derecho a conducir un coche.

Durante años enteros, saudíes que no pertenecían a las altas esferas políticas han estado financiando a las asociaciones y organizaciones wahabíes decididas a propagar la ideología fundamentalista en países como Argelia, Egipto, Sudán, Yemen, etcétera. Los primeros incidentes provocados por el integrismo musulmán se registraron en Argelia en los años ochenta: grupos de individuos destruyeron tumbas de hombres santos. El wahabismo prohíbe venerar a los santos por juzgar que toda la santidad se halla simbolizada en el profeta Mahoma.

El Gobierno saudí, al propio tiempo, ha construido y financiado universidades wahabíes en Djedda y en Nouakchott, en Mauritania, donde se formarán los teólogos encargados después de predicar las ideas fundamentalistas en los países del Magreb y Oriente Medio.

La familia reinante, sin dejar de avivar estos movimientos en el seno del mundo árabe, mantiene buenas relaciones con Occidente y, en particular, con Estados Unidos donde coloca su dinero y adquiere su arsenal militar. Por otra parte, la familia Bin Laden, gran constructora de infraestructuras, hizo en su día pingües negocios con la familia de Bush padre e hijo. El terrorismo que actualmente enfoca su punto de mira en dirección a Arabia saudí se parece a un arreglo de cuentas entre miembros de una misma gran familia. Ossama Bin Laden, antiguo colaborador de la familia Bush, ajusta sus cuentas en Estados Unidos porque no se han respetado determinados “contratos” (de obligado secreto). No es por casualidad que más de la mitad de los terroristas involucrados en los atentados del 11 de septiembre fueran saudíes. Como ha señalado la novelista india Arundhati Roy, “¿Qué es Ossama Bin Laden? Es el secreto de familia de Estados Unidos. El doble sombrío de su presidente. El gemelo salvaje de quien se jacta de irradiar excelso valor y gran nivel de civilización. Bush y Bin Laden recurren a la misma terminología. Cada cual representa -a ojos del otro- la ‘cabeza de la serpiente’. Ninguno de los dos se priva de invocar a Dios”.

El terrorismo no es más que un síntoma, no es la enfermedad. La enfermedad es el fundamentalismo religioso tal como lo han propagado los saudíes y lo ha utilizado el equipo fanático que rodea a Bush. Arabia Saudí cosecha lo que sembró. Tras los últimos atentados que han causado 22 muertos -entre ellos un técnico norteamericano- el Pentágono ha pedido a sus ciudadanos que abandonen este país.

¿En qué se convertirá Arabia Saudí si pierde la mano de obra cualificada extranjera que le permite producir su único capital, el petróleo?