Fundamentalistas son los otros

Para llegar hasta el velo islámico debemos recorrer antes nuestra galería de los espejos. Vivimos en sociedades de creyentes que no se dan cuenta de la fuerza de sus creencias porque les parecen algo tan normal, que no tendrían por qué sorprender a nadie. Esta es la razón por la que uno se puede comportar como un energúmeno en un campo de fútbol sin ser tildado de fanático. Se exige respeto en las iglesias y en las mezquitas, pero cualquier descerebrado te puede agredir en un estadio si manifiestas demasiado a las claras tus inclinaciones hacia el adversario. Digo más, un viejo lema anglosajón sostenía que en el deporte se demostraba la caballerosidad de los individuos, y no es verdad. Hoy día el deporte resulta la única actividad donde se exhiben las más variadas formas de violencia, y hay quien sostiene que aporta cualidades terapéuticas. Ayuda a desfogarse.

Nos engañan. No es verdad que existan religiones menores. Sólo los creyentes disponen de un medidor de frecuencias según el cual ellos pueden asegurar quién es un fundamentalista y quién un liberal consecuente. Sé de quienes, un día sí y otro también, desarrollan escritos preñados de citas de Isaiah Berlin y George Steiner, yno hace falta decir que se tienen a sí mismos por paradigmas de una visión liberal del mundo. Sin embargo, considerarían un atentado a sus principios entrar en el Bernabeu de Madrid o en el campo del Barça. Yo no se lo reprocho, entre otras cosas porque me es indiferente uno u otro estadio, pero deberían hacérselo mirar. Son como aquellos que dicen ser liberales en todo, salvo que no soportan a los gitanos, o a los negros, o a los judíos.

Y luego añaden, con rigor de convictos, que no tiene nada que ver con el fundamentalismo, que se trata de creencias.

El poder de los símbolos. Un recorrido por nuestra galería de los espejos nos lleva, tan sólo con recorrer un par de pasillos, casi a la vuelta de la esquina, a los tiempos en los que ninguna mujer podía entrar en la iglesia sin mantilla. ¡Qué decir de aquellos curas o delatores viciosos que eran capaces de asegurar qué señora o señorita no llevaba medias! ¡Las medias eran obligatorias, y detectables aunque fueran sutiles como una segunda piel! Una perversidad de sátiros. No es que parezca que fue ayer, es que fue ayer. Entonces no sabíamos que eso se denominaba fundamentalismo, tan sólo era la suma idónea de fervientes católicos junto a opositores silenciosos,que es la fórmula justificatoria que se han inventado los nietos para avalar la cobardía ética de sus padres y abuelos.

Dentro de los derechos de los ciudadanos están los más obvios, como son los de vestirse conforme a sus gustos e inclinaciones, y por tanto llevar mantilla, incluso con peineta, velo islámico, kipá judía, hábito monjil, sotana o clergyman. Son manifestaciones de creencias que no dejan de producir cierta desazón en quienes estimamos que las religiones militantes son tan legítimas como inquietantes. Es como el majadero que pone en su coche una pegatina con supuestas señas de identidad ideológica…

Hasta hace poco no conocíamos en España otras religiones militantes y proselitistas que las cristianas, y ahora esos mismos que consideraban lo más normal del mundo las damas nazarenas, las procesiones urbanas y los rosarios de exaltación masiva, se indignan ante la marea fundamentalista islámica. Y apelan al principio de unos supuestos valores. ¿Qué valores? ¿Los de la tradición? Permítanme el chiste, ¿de qué tradición hablamos? ¿De los toros bravos ode los correbous?Aquí no hay tradición que resista la prueba de la ley del embudo.

Cada vez que usted oiga la expresión “los valores cristianos de Occidente” averigüe quién la pronuncia. En España, y no digamos en Catalunya, vivimos situaciones peculiares que nos obligan a ser muy discretos a la hora de llegar a conclusiones.

Es obligado recorrer nuestras galerías de espejos, porque debemos reflejarnos antes en los retratos de familia. El primero, que obliga a la humildad, es el reconocimiento del tiempo que tardó la Iglesia católica en aceptar la democracia y el liberalismo, incluso en los límites en los que se mueve actualmente. Aquí todos parecemos hijos de hidalgos, y amén de prosapia, liberales de cuna. Por eso es más incongruente y despreciable el comportamiento de la alcaldesa de Cunit y su contubernio con el imán frente a una musulmana liberal. Porque ha hecho lo mismo que los alcaldes de todas las dictaduras: preferir la injusticia al desorden. Disculpar la represión en aras de aplacar la bicha fundamentalista. La alcaldesa, y sus colegas del PSC que la respaldan, se retratan en Goethe sin saberlo, y se colocan en el lugar preciso que les otorga la historia: fuerzas conservadoras al servicio del nuevo statu quo.

Pero hay más. En Catalunya, en mayor medida que en el resto de España, se da la particularidad de que la emigración musulmana, magrebí en su mayor parte, fue promovida con mayor benevolencia que la latinoamericana, por razones políticas. Los cerebrinos mandris del pujolismo juzgaban más útil la integración de quienes debían optar por una lengua nueva, que aquellos que traían su condición de castellanohablantes. Que yo sepa, no se llegó a formular de manera explícita, pero sí se llegó a practicar de manera implícita. Y así hoy se da la más surrealista de nuestras paradojas, y es que las zonas catalanas donde se vive más directamente del cerdo y sus derivados están dominadas por el islamismo militante. O lo que es lo mismo, los trabajadores abominan todo lo que producen. ¡No me dirán que no parece humor negro!

Pero no se extrañen, hay precedentes. El fundamentalismo de Hamas no tendría la fuerza que tiene en Palestina si el Estado de Israel no lo hubiera protegido y promovido para contrarrestar a quienes consideraba su enemigo más peligroso, la entonces laica Al Fatah de Yasir Arafat. Los talibanes afganos no serían lo que son si no hubieran pasado por la formación, ayuda y protección de sofisticados técnicos del ejército y los servicios de información estadounidenses en su lucha contra los soviéticos. En aquellos tiempos todos los creyentes religiosos se consideraban miembros de la misma familia. ¿Cuándo estalló la diferencia? Dicho en palabras brutales y precisas: cuando los siervos descubrieron que habían ganado una guerra para los otros, no para ellos.

La pelea con la emigración islámica en Occidente no ha hecho más que empezar y es de una complejidad inédita, porque aúna dos elementos que desde hacía muchos siglos no iban juntos. La lucha de clases; rasgo distintivo y, en general, desdeñado. Nuestros conflictos no están con los fundamentalistas ricos, concentrados en Marbella y aledaños, que tienen sirvientes cristianos, sino con los trabajadores musulmanes, los emigrantes. Y no acabamos de convencernos de que la emigración en España no está porque ellos necesitan comer sino porque hay trabajos que se pagan tan poco que no hay españoles dispuestos a hacerlos. Mientras no partamos de que la emigración es una obligación de la economía española y no un favor que hacemos al tercer mundo no entenderemos nada.

Y el otro rasgo, el que más rompe nuestros tradicionales esquemas políticos, es que el fundamentalismo islámico se haya convertido en una religión radical, proselitista y con inequívoca ambición política, que además le viene desde la fundación, a diferencia del cristianismo, que nació sin ambición de poder hasta que se hizo irreconocible con sus orígenes. Y a esa maraña de lucha de clases, el viejo e ineludible conflicto entre pobres y ricos, que algunos parecen haber olvidado y que sigue ahí siempre, por más que lo haga bajo diferentes formas, sumada al radicalismo musulmán convertido en militancia política, hay que añadir el aire de época. Y es que el aire de nuestro tiempo está impregnado de militancias religiosas. Creer o no creer.

Una vieja frase, que se repetía en nuestra infancia, ha dejado de tener sentido. “Creer no hace mal a nadie”. Depende de si eso de creer incluye la posibilidad de dejar de hacerlo. Ahí está la evidente coincidencia entre un imán fundamentalista y un castrista irremisible. Negar el derecho a no creer te cuesta la vida.

Gregorio Morán