Fútbol, tensión nacionalista

En los tiempos y en la sociedad en que vivimos, nadie puede decir «el fútbol no me interesa». Incluso los muchos ciudadanos a los que les domina una extraña indiferencia hacia este deporte y que no captan lo que es el fútbol, se encuentran en medio de ese todo que, como una niebla callada, engloba a todas las cosas y a todos los seres humanos. Y hoy por hoy el individuo, en su relación con el mundo, no puede zafarse del fútbol. Porque, además de un deporte, es un asunto cotidiano que ocupa horas y más horas de información y de conversaciones, y un enorme negocio; no siempre un negocio transparente y así no será jamás embajador de los grandes valores. Esta misma semana ha sido noticia de portada de los periódicos la gigantesca e insostenible deuda del fútbol en nuestro país. Sólo a Hacienda, los clubes deben más de 750 millones de euros, 150 más que hace cuatro años. Una auténtica burbuja con una deuda que puede superar los 5.000 millones.

El fútbol está omnipresente en nuestras vidas. Hay edificios, monumentos y equipos que son símbolos de sus ciudades. El Real Madrid y el Barça son emblemas de Madrid y de Barcelona. Y mucho más que eso. España y Cataluña discuten, se agreden y se relacionan a través de los equipos de fútbol. Los equipos son soportes de una guerra larvada, de violencia simbólica, de conflictos no resueltos. Guardiola versus Mourinho, Messi versus Ronaldo, Rosell versus Florentino. Atacar a los representantes de uno de ellos no es atacar una realidad tangible, visible, cuantificable sino que es atacar un símbolo. El duopolio Madrid/Barcelona es una metáfora de la tensión permanente entre el Gobierno central y la Generalitat de Cataluña.

La condena de Mourinho a sólo dos partidos por haberle metido el dedo en el ojo al ayudante de Guardiola, dice la prensa catalana, se debe a que los jueces conviven con un entorno viciado, desayunan con la caverna mediática centralista y con la banda sonora del telediario de corte sesgado. «Se rebaja la sanción de tres a dos partidos por razones de pura hermenéutica… Todo el razonamiento es una filigrana de alta escuela. Con una coherencia admirable aplica a un asunto futbolístico el mismo trato que la España moderna dispensa a Cataluña» (R. Solsona).

Las equivocaciones de los árbitros no se presentan como errores, sino como actos premeditados en favor de la realidad simbolizada por uno y en contra de la simbolizada por el otro. Míchel y Clemente no se saludan porque son irreconciliables; pero si se niegan el saludo los entrenadores del Madrid y del Barça se interpretaría políticamente. Sus gestos y sus palabras son sometidos a interpretaciones interminables en crónicas, columnas y tertulias. Las palabras de Piqué cuando el árbitro le sacó una tarjeta -«estaba premeditada»- refuerzan las de Guardiola cuando dijo, más o menos, que la Liga estaba decidida de antemano.

En Cataluña, la negativa del Madrid a que la final de la Copa del Rey entre el Barça y el Athletic de Bilbao se jugara en el Bernabéu se ha interpretado como un gesto contra el catalanismo. Y, a su vez, los grupos independentistas catalanes y vascos ya han anunciado que aprovecharan que este partido se juega en Madrid, en el estadio Vicente Calderón, para protagonizar una gran manifestación soberanista. Fútbol y política se dan la mano.

Muchos inmigrantes españoles de la primera generación en Cataluña son del Madrid para mostrar así su disconformidad y su oposición al nacionalismo catalán. Mientras, la mayoría de los de segunda generación son acérrimos seguidores del Barça. En esto ocurre como en tiempos de Franco con los hijos de los guardias civiles, nacidos en Cataluña o en el País vasco, que solían ser antifranquistas, revolucionarios y nacionalistas radicales; tenían necesidad de hacerse perdonar el hecho de ser hijos de un cuerpo represivo contra el nacionalismo y sus símbolos. Los inmigrantes extranjeros gritan con los fans del Barça a favor de su equipo y en contra del Real Madrid, o viceversa para dar pruebas de su voluntad de identificarse con las preocupaciones del país que los acoge. Los nacionalistas periféricos acusan a los seguidores del Real Madrid de centralistas

Dentro de Cataluña hay diferentes maneras de entender el nacionalismo, cada una de ellas lucha por hacerse con las riendas del club, y eso se refleja en su historia. Nuñez representaba la independencia de la institución. «No dejaba a los políticos meter mano en nada del club; por eso lo echaron», me dijo mucha gente. Con Laporta se hizo con sus riendas el independentismo. La repercusión de las palabras de Guardiola en favor de la gestión de Laporta se debió no a las palabras en sí sino a que se vio en ellas un apoyo a una posición política. Sobre Rosell, la gente cree que es nacionalista pero no independentista

Con el Athletic de Bilbao la cosa es más compleja por la existencia de ETA y las distintas sensibilidades nacionalistas en el País Vasco. Por supuesto, nadie considera al Bilbao como el equipo de ETA. En Galicia, el partido independentista es el BNG, pero éste no se identifica ni con el Depor ni con el Celta, los equipos simbólicos. Fuera de España, aquellos que ven a Cataluña como una nación sometida a España, defienden al Barcelona y los que ven a Cataluña como una región más de España pueden ser tanto del Madrid como del Barcelona.

El pueblo se proyecta y se representa en el en el ídolo; se admira cuando lo admira, se venera cuando lo venera. Se siente agredido cuando lo agreden, se siente despreciado cuando lo desprecian. De ahí que los políticos estén tan interesados en meter la mano en la dirección y manipulación de los grandes equipos de fútbol y sobre las estrellas del deporte. De ahí el enorme interés de Cataluña en una selección catalana que pasee el nombre de Cataluña por el mundo. Los medios importan en la medida en que son indispensables para alcanzar los fines. Creación de símbolos es creación de poder. Los políticos se acercan a los ídolos para contaminarse; como la publicidad que muestra una señorita para vender un coche. En antropología se denomina a esto magia simpática.

El dominio sobre los símbolos garantiza el dominio del poder y su utilización en beneficio de los propios intereses. Es el poder sobre los símbolos lo que se trata de adquirir más que el dominio sobre las realidades físicas que los soportan. Los fines de los equipos consignados en los estatutos son los deportivos, pero éstos no son, ni mucho menos, los únicos. La tensión creada por los fines asociados es, al mismo tiempo, la motivación para hacer de estos equipos dos de los más grandes del fútbol mundial. El simbolismo, como expresión de intereses extradeportivos, penetra en los equipos y está en el origen de su grandeza deportiva al mismo tiempo que la corrompe y crea violencia en la medida en que los deportistas son víctimas y encarnación consciente o inconsciente de lo que vehiculan.

Las instituciones, públicas o privadas, nacen con una función reflejada en los estatutos por los cuales se rigen. Pero, con el tiempo, y ya en la intención de los fundadores, suelen cumplir una función simbólica. Los grandes equipos de fútbol suelen soportar una enorme carga simbólica. Las épocas de decadencia desvirtúan, desnaturalizan y, a veces, llegan a vaciar las realidades y los símbolos, de su contenido original y los convierten en reliquias, ruinas, jeroglíficos, alegorías de lo que fueron.

La historia de las relaciones entre el Real Madrid y el Barça es la historia de un olvido, de una ocultación; es la historia de la manifestación de algo que debería permanecer oculto. Aquí radica la trascendencia de la cosa.

Por Manuel Mandianes, antropólogo y escritor. Es autor del Blog ‘Diario nihilista’.

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