G-20,éxito por defecto

G-20 no ha tomado ninguna decisión en Toronto: ¡qué suerte! Es el mejor resultado que se podía esperar para la economía mundial. Cuando los jefes de Estado se reúnen, es de temer que consideren útil intervenir a toda costa para demostrar su utilidad. Sin embargo, la virtud en economía consiste a menudo en no intervenir y dejar que los mecanismos espontáneos del mercado restañen sus heridas, se curen de sus errores y sobre todo que compensen las torpes intervenciones de los charlatanes de la economía y de la política: así, el G-20 ha descartado sabiamente dos propuestas importantes que sólo habrían tenido unos efectos nefastos. La primera de esas propuestas, que procedía de los dirigentes alemanes y franceses, debía gravar las transacciones bancarias. No se sabe si, en la mente de sus promotores, se trataba de un castigo retroactivo por unos malos comportamientos (una especie de cero en conducta a perpetuidad), de pura demagogia o de un simple parche para reflotar los déficits públicos.

La única consecuencia de un impuesto así habría sido la de falsear la competencia entre los bancos sometidos al gravamen y los bancos no sometidos a él y, peor todavía, la de que los créditos al sector privado se encarecieran y escasearan. Sin embargo, lo que más perjudica a la recuperación económica en estos momentos es la escasez y la carestía del crédito. Por fortuna, este proyecto a contratiempo y en contrasentido ha sido rechazado por los países anglosajones, que comprenden mejor la función de las finanzas dentro del capitalismo de lo que lo hacen los franceses y los alemanes: los franceses y los alemanes son muy moralistas cuando se trata de dinero.

La otra propuesta contraproducente provenía del presidente estadounidense, quien en el G-20 se mostró preso de la ideología keynesiana y de su entorno de consejeros sectarios. Cuando Barack Obama señaló que la crisis no había terminado —lo que es incuestionable— deseaba que todo el mundo iniciara una nueva etapa de «estimulación» del crecimiento a través del gasto público. La propuesta resultaba más extraña todavía porque Estados Unidos ya ha lanzado dos planes de reactivación desde 2008 sin otro resultado que las deudas: algunos estudios científicos realizados en Estados Unidos, concretamente los de Edward Glaeser en Harvard y John Taylor en Stanford, han demostrado que esos estímulos presupuestarios no han creado empleo. Lo que en la jerga económica se denomina «multiplicador keynesiano» (el Estado invierte 1 dólar y ese dólar genera 1,5 dólares) no existe y probablemente no haya existido nunca. Japón, que en 15 años de reactivaciones públicas nunca ha generado empleo ni crecimiento, ha rebatido el keynesianismo de Obama y —sorpresa— también de los europeos. De repente Europa se ha vuelto liberal: los planes de reactivación entre 2008 y 2010 no sólo no han impulsado ninguna recuperación sino que más bien han agravado la crisis.

Las necesidades de financiación de los Estados han privado a los consumidores de su poder adquisitivo y a los empresarios de su capacidad de innovación. Pero no se trata tanto de una conversión intelectual al liberalismo como de un hecho comprobado: los europeos, a diferencia de Estados Unidos (la sed del mundo entero de bonos del Tesoro estadounidenses parece insaciable en cualquier circunstancia), ya no disponen de medios para endeudarse; el euro y la libra esterlina encuentran cada vez menos compradores. Parece que en Europa algunos también han entendido lo que explicaba no hace mucho tiempo el economista y estadista francés Raymond Barre: la economía necesita estabilidad a largo plazo en vez de impulsos imaginativos a corto plazo. Lo confirma el economista italiano Alberto Alesina, catedrático de Harvard, quien acaba de publicar un estudio convincente y ampliamente difundido en Europa que demuestra que, a largo plazo, la reducción del gasto del Estado y el equilibrio presupuestario son los mejores motores del crecimiento: es la mismísima evidencia, pero que Alesina basa en unas series comprobadas históricamente.

Si al término de este G-20 todavía quedan algunos keynesianos, se encuentran muy aislados: mientras que en 2008 se anunciaba la muerte del liberalismo, neo y antiguo, y el gran regreso de Keynes y de la intervención contracíclica de los Estados, han bastado apenas dos años para que Keynes regrese a su armario. En realidad, Keynes no es economía, sino una pasión ideológica para el Estado contra el mercado: una pasión cara y que solo pueden permitirse aquellos que disponen de los medios para mantener a esta amante.

Y más allá de las malas decisiones que no se han tomado, este G-20 destacará por las lecciones de sentido común impartidas por los denominados países emergentes como la India, Brasil, China y Corea del Sur. Ellos recuerdan su pobreza de masas aún reciente: saben cómo se han librado de ella. Solamente eran pobres por haber refutado el capitalismo, por haber cerrado sus fronteras y por haber exterminado a sus empresarios. Desde el momento en que se convirtieron al liberalismo económico, sin distinción de culturas y de regímenes políticos, estos países han empezado a recuperarse de su retraso a una gran velocidad. Es cuando menos paradójico que los presidentes de Corea del Sur o de Brasil, el uno de derechas y el otro de izquierdas, deban recordar a los estadounidenses que la prosperidad de los pueblos pasa por el capitalismo y el librecambio.

Pero sin duda, lo más significativo en estas reuniones al más alto nivel —con independencia de lo que se piense de su carácter ostentoso y dilapidador— es lo que no se dice: nadie hace en ellas un elogio de los sistemas desaparecidos —estatismo, comunismo, socialismo, autarquía— y nadie, aunque sea en época de crisis, se plantea una utopía alternativa al capitalismo mundializado. Dios sabe que el capitalismo mundializado adolece de un sinfín de defectos prácticos y éticos. Dios sabe que el crecimiento por sí solo no hace la felicidad de la humanidad. Pero se admite tácitamente, y ni siquiera se debate, que la humanidad ha sufrido mucho en el siglo XX por haber experimentado tantas alternativas a ese capitalismo mundializado: todas esas experiencias fracasaron. Por lo tanto, es necesario plantearse que el actual sistema económico, un recorrido accidentado por los picos de crisis, pero en ascenso a largo plazo, es el que corresponde a la naturaleza humana.

También hay que destacar que en estas ostentosas cumbres la práctica totalidad de los jefes de Estado presentes han sido elegidos democráticamente. El último tirano, el presidente chino, tiene que sentirse aislado en cierta manera y la presidenta argentina es el último testigo de un caudillismo latinoamericano en vías de extinción. El G-20 en su conjunto es una representación de un mundo que no va tan mal y del que se podría concluir que progresa tanto en términos materiales como morales. Y a los nostálgicos de ese gobierno mundial en el que el G-20 no se ha convertido, les brindo este proverbio chino de Lao Tseu: el buen príncipe es aquel cuyo nombre se ignora.

Guy Sorman

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