Gabo, cronista de Colombia

El tránsito a la inmortalidad de un escritor acontece cuando su apellido deviene en adjetivo. Así, usamos de manera habitual cervantino, o «shakespeariano», para designar cualidades vinculadas a sus creaciones literarias. Hace décadas que «garciamarquiano» devino en adjetivo. Rosa Beltrán indicó en las actas de un importante congreso de semiótica: «Como en toda enfermedad cuyas causas se desconocen, los síntomas del contagio del estilo garciamarquiano han sido descritos con metáforas y, casi siempre, como un padecimiento». Existe desde hace años una ruta turística garciamarquiana por el Caribe colombiano. Comienza en Cartagena de Indias y pasa por Barranquilla, Mompós, Santa Marta, Valledupar y por supuesto Aracataca, donde nació en 1927 el premio Nobel que acaba de abandonarnos. Existe un pueblo en el departamento de Sucre llamado Sincé, donde protestan con regularidad por no haber sido incluidos. Argumentan que «García Márquez aún tiene allí ancestros y dejó sus huellas».

La pasión colombiana por Gabo, un verdadero culto nacional, ha dado lugar a libros como «El mundo según Gabriel García Márquez», publicado por la gran escritora Piedad Bonnett en 2005. Consta de 350 términos (desde acordeón hasta zapato), extraídos de su producción narrativa y periodística. Macondo, escribe Gabo, «más que un lugar es un estado de ánimo». También señala: «Caribe es el único mundo en que no me siento extranjero, y donde pienso mejor». O «El amor es muchas cosas a la vez. Pero por encima de todo es un trastorno digestivo. Dos enamorados encuentran el clima perfecto del amor, cuando sus digestiones funcionan como una sola». Novela es «una adivinanza del mundo». Intelectual «persona que tiene ideas preconcebidas que trata de adaptar a la realidad». «Cien años de soledad», la obra maestra publicada en 1967 que consolidó el «boom» hispanoamericano y, según algunos prepotentes críticos literarios angloamericanos implicó «la mayoría de edad de su literatura» –ahí queda eso–, no le parece más que «un vallenato (canción popular de la región) de trescientas cincuenta páginas». No es por resultar garciamarquiano, pero tiene su interés que el escritor haya fallecido poco después de que las autoridades informaran que sólo padecía una neumonía típica de su edad y todo estaba bajo control. A los ocho meses de la desaparición, a los noventa años, de su entrañable amigo Álvaro Mutis, que en su momento declaró: «No sabemos nada de la muerte, es inútil hablar de ella, pero es bueno invocarla para mantenerla controlada». En 1954 Mutis mandó a García Márquez un billete de avión para que viniera a Bogotá desde Barranquilla y entrara a trabajar en el periódico «El Espectador», donde dejó algunas de sus mejores crónicas y practicó un reporterismo de calle memorable, que algunos aduladores suelen olvidar. En una entrevista que le hizo entonces, Mutis afirmó que Colombia era una síntesis de lo americano: «Vastas costas, cordilleras, llanos, selvas, todo eso sirviendo de marco a cien años de apasionadas guerras civiles, de sangrienta búsqueda de una nacionalidad, de un perfil, de una voz de América».

Ahora que ambos han abandonado este mundo casi al mismo tiempo, resulta aleccionador revisar las circunstancias de la Colombia de mediados del siglo pasado, que configuraron tan claramente la actual. Forma parte de la versión dramática (y un tanto pícara) de la vida de García Márquez su peculiar relación con la capital, Bogotá, imaginada como un páramo oscuro y helador, habitada por leguleyos, frailes y patricios (los «cachacos»), practicantes de un español almibarado, arcaico, ritual y retorcido. Existen en esta versión que Gabo propagó con reiteración elementos verdaderos. Los costeños (y los extranjeros, incluidos los españoles) pasan frío y en el páramo andino llueve mucho. Como probó el profesor de Oxford y maestro de colombianistas Malcom Deas en su obra «Del poder y la gramática», el control bogotano es inseparable del dominio del idioma español. Desde los virreyes el manejo de la palabra ha formado parte del patrimonio de familias principales, muchas de ellas linajes procedentes de Cádiz, Santander, Cataluña o Vascongadas, llegados en la etapa colonial (sin acritud). Pero Mutis el bogotano y Gabo el costeño representaron en su amistad inquebrantable no la confrontación entre una Colombia caribeña y otra andina, sino la multiplicidad de las Colombias posibles, expresadas en la obra literaria de cada uno por caminos distintos. En este sentido, es fundamental entender que el fenómeno Gabo no es heroico –fueron muchos años de trabajo para lograr el éxito– ni tampoco explosivo. Hasta 1967, creció poco a poco. Su primera publicación data de veinte años atrás. Responde por el contrario a una potente tradición literaria que remite tanto al nacionalismo colombiano de frontera, de Jorge Isaacs a José Eustasio Rivera, como a los españoles del 27 y más allá. También a la narrativa del cubano Alejo Carpentier, del que pudo aprender el manejo simultáneo de diferentes etapas históricas. O por supuesto a la poética del estadounidense y sureño Faulkner, maestro del estilo concreto, ajustado y creador de mitologías. Resulta obvio que su invención del condado de Yoknapatawpha en Mississippi inspiró el Macondo de Gabo. Son territorios imaginarios que para serlo están cargados de referencias reales e históricas. Tantas que sobre ellas se puede fabricar un itinerario para visitantes.

La gran obra maestra, «Cien años de soledad», tiene en la famosa matanza de las bananeras acontecida en el Caribe colombiano en 1928 un evento crucial. Macondo era un lugar tranquilo, hasta que llegaron los gringos de la «United Fruit Company» a explotarlo y destruirlo. En una huelga general contra la compañía, tres mil trabajadores son asesinados por el ejército. El episodio habría sido borrado de los libros de historia por una conspiración de silencio: «Aquí no ha habido muertos». Lejos de ser una masacre apocalíptica, sabemos por fuentes contemporáneas –la investigación de Eduardo Posada Carbó publicada en «La ficción como historia» es memorable– que allí murieron según las fuentes entre 47 y 2.000 personas, que ya es diferencia. Sin embargo, la novela de Gabo, que practica una deliberada exageración de los hechos, se convirtió en «historia verdadera», académica y oficial. Ha señalado Michael Wood que la obra mezcla leyendas a las que trata como verdades con hechos históricos tan inconcebibles que resultan difíciles de creer. La fuerza pública disponible era escasa, mal armada y la propaganda hostil. Los decretos gubernamentales no se cumplían: «Esa ley ha pegado poco por aquí», decían recientemente en aquella región. De los 600 detenidos fueron condenados 31, que nueve meses después estaban en libertad, como resultado del debate parlamentario liderado por Jorge Eliécer Gaitán, cuya muerte en 1948 precipitaría el «bogotazo».

En 1989, cuando publicó la novela sobre Simón Bolívar «El general en su laberinto», dedicada a Mutis, García Márquez señaló que realmente hasta entonces no había trabajado con información histórica. «Lo había trabajado periodísticamente. Pero eso de rastrear hasta el fondo no lo había hecho». Le salió un libertador de las Américas crepuscular, nada estilizado, pobre, camino del exilio y de la muerte en Santa Marta, puro territorio macondiano. Acogido a la caridad postrera de un comerciante español. Esa sí que fue, en homenaje anticipado a Gabo, la crónica de una muerte anunciada.

Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador del CSIC.

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