Gabo ‘superstar’

Por Sergio Ramírez, escritor y fue vicepresidente de Nicaragua (EL PAÍS, 24/04/07):

Cuentan que en vísperas de alumbrar las alboradas del modernismo dariano, a fines del siglo XIX, se usaba en España coronar con lauros de utilería a las viejas glorias literarias que se desvanecían ya en la ancianidad. Entre ellas se hallaba don Gaspar Núñez de Arce, a quien habían ya sentenciado para subir al cadalso de uno de esos fastos con marchas marciales y racimos de discursos, a celebrarse en Sevilla. Un amigo, tan viejo como él, preguntó a don Gaspar si todo aquello era cierto, y si iba a dejar que lo coronaran, es decir, que lo convirtieran en vida en estatua con la cabeza ceñida de lauros, o mirtos, o acantos, pues hojas de cualesquiera de ésas, debidamente trenzadas, sirven para tales propósitos. “¡Si yo no me dejo, pero de todas maneras me coronan!” habría respondido, impotente, el provecto don Gaspar.

Ahora venimos de ver una coronación en vivo y a todo color en Cartagena de Indias, tres mil personas en la sala, y millones frente a las pantallas de televisión, la de una figura literaria que lejos de hundirse en la bruma del pasado salta con brío y con brillo hacia los fastos no tan lejanos, como parecería, de su centenario, y que de seguro presidirá, como ha hecho don Francisco Ayala en Madrid, hace tan poco. La coronación de Gabriel García Márquez, Gabo, o Gabito, como le dicen en las calles los vendedores de lotería y de dulce de coco, y los músicos de los conjuntos ambulantes de vallenato que al no más vislumbrarlo arrancan a tocar La Diosa Coronada, el vallenato de Leandro Díaz que sirve de epígrafe a El amor en los los tiempos del cólera.

Las fiestas terminaron en la penumbra sosegada de su estudio con un ventanal velado por celosías detrás de los que bate el mar del Caribe, al lado de las murallas; le he dicho entre risas correspondidas que a esta coronación sólo ha faltado el Papa, que como bien recordamos estuvo presente en los funerales de la Mama Grande, o al menos un ex Papa, porque si los Papas no tuvieran que morir sentados en la silla de San Pedro, a lo mejor habría venido Juan Pablo II, de estar vivo. Hubo reyes en la ceremonia, don Juan Carlos y doña Sofía, presidentes, ex presidentes, decenas de académicos, ministros, embajadores.

En esta penumbra amable de su estudio, donde dominan en los estantes una colección de clásicos castellanos, Héctor Aguilar Camín ha ido a sacar un ejemplar de las poesías de Lope de Vega sólo para dar fe de la fidelidad con que Gabo recita de memoria -“¿qué tengo yo que mi amistad procuras…?”- o darle el pie con el primer verso de cualquier otro soneto para que siga. Sonetos y boleros despiertos con el mismo ardor en su memoria.

Mientras dura esta plática, no por llena de sosiego no menos descuadernada, se me ocurre pensar que en la lengua ha habido al menos tres superestrellas que desbordan los cánones de la literatura para pasar al amplio y fragoroso dominio de la cultura de masas, igual que los artistas de cine, los futbolistas y los boxeadores. El primero, Rubén Darío, que lejos de los favores mediáticos, pues ni radio había entonces, al saberse que era pasajero de un barco que acababa de atracar en La Habana o en Montevideo, una multitud se desbordaba hacia los muelles para obligarlo a salir a la pasarela y aclamarlo. Otro, Pablo Neruda, que arrulló a varias generaciones de enamorados que lo perseguían en aeropuertos, lobbies de hoteles, teatros y restaurantes con ejemplares de los Veinte poemas de amor en mano.

El tercero, ya se sabe, es éste que recita sonetos clásicos acomodado en el sofá forrado de tela blanca en el estudio de su casa vecina calle de por medio al convento de las monjas teresianas, las enterradas vivas, ahora un hotel de turistas, en uno de cuyos patios fue enterrada Sierva María, personaje de El amor y otros demonios. Escucha el rumor de la gloria como el zumbido de un coro de abejas, las abejas de Píndaro que también cercaron la cabeza de Darío, un coro que le divierte, pero no le inquieta, al punto de que no lo vuelve nunca tema de conversación, y callarlo frente a él es un asunto de obligado pudor.

Su gloria mansa tiene una regla de oro y es no negarse a firmar nunca un ejemplar de un libro suyo. A veces, en la equívoca tranquilidad de un restaurante donde todo parece discurrir en paz alrededor de la mesa, comienzan a parecer como por conjuro los lectores, sobre todo lectoras, armadas de libros de los que han vaciado la librería más cercana, o que han ido a buscar hasta sus casas, y ahora, además, vienen con cámaras digitales. Pone su autógrafo, con el dibujo de una flor de largo tallo al lado de la dedicatoria, siempre que se trate de un libro, aunque sea el libro de otro, nunca una libreta, o un papel cualquiera. En la ciudad de México, una vez, los solicitantes, una pareja de jóvenes casados, alegaron que debían ir hasta su casa, lejos, en busca del libro. Gabo respondió, con sonrisa segura y cordial, que les esperaría. Se hizo larga la sobremesa, pero regresaron, no con un uno, sino con una pila de ellos, y los firmó todos, meticulosamente, sin faltar la consabida flor.

Es lo que ha pasado recientemente en el restaurante La Vitrola de Cartagena, que surgieron decenas de libros de la nada. Pero, además, al salir, un conjunto de vallenato esperaba, al acecho, en la calle. Rompió a tocar el acordeón al aparecer por la puerta la cabeza coronada de Gabo. Todos los esplendores del vallenato La Diosa Coronada en el aire de la medianoche, mientras la calle se iba llenando de gente. Un novelista coronado, una diosa coronada. También la literatura tiene dioses.