Gabriel Cisneros. La Navidad de 1978

Julio Camba en «Un sitio para escribir artículos» recuerda: «Si yo tuviera una casita a la orilla del mar, o bien en la falda de una montaña, ante un paisaje de esta y otra manera, ¡qué bien trabajaría allí!… Esto nos decimos todos y, sin embargo, yo, por mi parte, nunca he trabajado más a gusto que en plena redacción, ante un compañero que hace chistes y pide pitillos».

Así conocí a Gabriel Cisneros (1940-2007) en la redacción de ABC en 1991. Era ya un padre de la Constitución. Un personaje clave en la Transición. Venía del grupo denominado «los azules», junto a Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa y José Miguel Ortí Bordás, entre tantos otros. Los que hicieron posible el diálogo desde dentro del engranaje de la dictadura con los nuevos tiempos, las nuevas mentalidades y la nueva era que se abría para el conjunto de la sociedad española. Que si algo tenían claro era el «nunca más» a una guerra civil. Fue a él a quien UCD eligió para que formara parte del equipo que elaboraría la Constitución de 1978, junto a Manuel Fraga (AP), Jordi Solé Turá (PCE), Miquel Roca (CDC), Gregorio Peces Barba (PSOE) y sus compañeros de partido, UCD, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y José Pedro Pérez Llorca. Gabriel había comenzado pronto su actividad política en el seno de las instituciones franquistas. Un hombre culto, curioso, enamorado de su servicio a la convivencia entre españoles, sufrió un atentado de ETA en 1979 que le dejó dolorosas secuelas que acabarían décadas después con su vida, tan temprano. Gabriel era el engarce. Todos los demás de la Comisión llegaban de procedencias diversas, hasta el propio Fraga, en quien muchos pensarían que era el depósito del pasado. Faltaba alguien que había demostrado conocer muy bien los entresijos del antiguo régimen (y para régimen, como señaló con acerada ironía Umbral, el franquista) para desmontarlo. Si Torcuato Fernández-Miranda había urdido esa genial artimaña jurídico-política de pasar de «la ley a la ley» que llevaría al harikiri político de las últimas, denominadas, decían ellos, Cortes franquistas en diciembre de 1976; Adolfo Suárez, el muñidor desde el Ejecutivo de la legalización del Partido Comunista en la Semana Santa de 1977 (ironías de la Historia, que fuera esa Semana de Pasión y rezos), Gabriel sería quien tenía que cerrar el ciclo en el texto Constitucional. Era la pieza clave. No habrá otra Navidad tan feliz para la mayoría de españoles que votaron el 6 de diciembre de 1978 la actual Constitución que la de ese año. Se podría afirmar, sin mayor gesto sentimental, que si el espíritu de la Navidad dickensiana existe, se plasmó en ese texto.

Una celebración histórica. Un horizonte de libertad, progreso y prosperidad se abría en la triste España. La de las tres guerras civiles del siglo XIX, la de la más sangrienta, la de 1936. Se rompía, así, y muchos, jóvenes díscolos y antifranquistas (no éramos tantos como ahora parece que hubiera) pensamos que ese texto consagraba, y firmaba Don Juan Carlos, el futuro democrático que habíamos anhelado, era ya el presente. Las aportaciones de Cisneros iban en la dirección de la concordia, como las de sus compañeros de Comisión, pero con el añadido de conocer, muy profundamente, cómo habían sido las últimas décadas de descomposición franquista y montaje de un nuevo sistema político que no fracturara, de nuevo, a la renacida sociedad democrática española. No era fácil. Una Constitución para todos, ninguna anterior lo había sido. A la manera de Isaac Berlin, se trataba de consensuar exigencias, y acercar radicalidades. De ceder y alcanzar. Cisneros era una pieza delicadísima en ese intrincado ajedrez político. No había sido elegido para tal posición, ni por su ambición política -nunca la tuvo- ni por sus conocimientos jurídicos -bien asentados pero no especializados- ni por su protagonismo dentro de las filas de la augural UCD. Fue elegido por su inmensa capacidad para el diálogo, por su entereza personal, por su vasta experiencia en desmontar, desde dentro, unas estructuras caducas y apergaminadas.

En las Meditaciones del Quijote, Ortega cuenta que sus artículos hablan de todo y en diferentes escalas, altas, medianas, bajas, cultas, populares, cotidianas, pero que todos parten de una misma convicción, de un mismo compromiso: la circunstancia histórica que le ha tocado en suerte -o en desgracia- vivir. Gabriel Cisneros, en esa Navidad de 1978, supongo que brindaría, no ya por la abrumadora votación al Sí de los españoles a la nueva Constitución, sino porque se cerraba un capítulo negro, oscurísimo, de la incapacidad de la sociedad española para vivir en libertad y en convivencia con ideas, opiniones y ocurrencias diversas, distintas y distantes. Nadie como él para tal cometido.

Por ello, la naturaleza de sus escritos, periodísticos, políticos, sus aportaciones a la Carta Magna, más que políticas y jurídicas fueron morales. Son textos oblicuos y reflexivos que respiran un saludable aire de sentido común; son formas inmutables, definitivas de una vida consagrada a sus compatriotas, al servicio a la sociedad sin esperar -no las tuvo- mayúsculas recompensas. No fue secretario general de ningún partido, ministro, presidente de las Cortes (lo hubiera ejercido notablemente), presidente de una empresa estatal, miembro de unos cuantos Consejos de Administración, ni siquiera embajador político, una sinecura siempre agradable.

Siguió en el mismo discreto lugar que la Historia y él mismo le habían asignado. Servir. Qué raro suena todo esto hoy. En una España desquiciada políticamente y en una sociedad anestesiada socialmente. Cuando uno recuerda el magistral relato Canción de Navidad de Charles Dickens, publicado el 19 de diciembre de 1843, y la aparición de los Fantasmas del Pasado, del Presente y del Futuro a un atribulado Mr. Scrooge, no puede sino tirar del hilo invisible de Chesterton y glosar la figura de Gabriel Cisneros, quien supo descubrir en el pasado, en el presente de 1978 y en el futuro de lo que podía ser, la fuerza, no sé si de una nación, o de una patria, pero sí de una sociedad que era capaz de llevar adelante una atmósfera de convivencia y respeto hacia los demás. Supo abolir el pasado, escribir el presente y construir el futuro.

Fernando R. Lafuente es secretario de redacción de Revista de Occidente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *