Gafas para descifrar el mundo

Claude Lévi-Strauss, el gran antropólogo francés del siglo XX, solía decir que para entender el mundo había que ponerse gafas, es decir, mirarlo a través de una teoría explicativa general. Si no se tienen gafas, precisaba, se corre el riesgo de no comprender absolutamente nada y de ahogarse en la actualidad insignificante. Pero también hay que saber, añadía, que todas las lentes deforman, que toda teoría científica es provisional, incluso en ciencias políticas o económicas. La lente de Lévi-Strauss se llama estructuralismo, y aunque erudita, sigue siendo muy útil para interpretar los comportamientos humanos, en concreto para captar las profundas semejanzas entre actos aparentemente distintos en culturas en apariencia muy diferentes. Seamos sencillos y concretos. Por ejemplo, en Economía, reina hoy día un acuerdo general entre economistas para admitir que, por término medio, nuestras elecciones son racionales: pretendemos maximizar nuestros intereses personales en el mercado de los intercambios. Es cierto que el último premio Nobel de Economía, Richard Thaler, expone casos marginales en los que no somos completamente racionales, porque estamos mal informados o porque somos demasiado generosos. Pero los ejercicios psicológicos de Thaler no son suficientes para sustituir la teoría general de la búsqueda personal de las ventajas materiales: empobrecerse deliberadamente sigue siendo una conducta aislada. La teoría general de la Economía clásica permite, por ejemplo, comprender por qué los chinos se han enriquecido desde que su Gobierno les ha concedido el derecho a hacerlo, o por qué la corrupción y el mercado negro prosperan en los países en los que el respeto a las leyes llevaría a la miseria. En resumen, la teoría general explica la prosperidad relativa de los individuos y las naciones, mientras que Thaler no explica nada. A veces el jurado Nobel se precipita.

¿Disponemos en política de unas gafas semejantes, que nos permitan ver el paisaje en su conjunto tras los acontecimientos puntuales? Bien, podemos dar por cierto que los pueblos se dividen estadísticamente a la mitad: es un dato casi natural en todas las naciones, que corresponde probablemente al psiquismo humano. Por consiguiente, los conceptos de unidad nacional o de interés general pueden considerarse construcciones superficiales y momentáneas que, sin embargo, tienen su utilidad política. Es más difícil comprender cuál es realmente la línea que separa los dos campos, ya que los dos campos todavía existen. A finales del siglo XVIII, en los albores de la democracia representativa, se acordó adoptar la distinción francesa entre izquierda y derecha. Globalmente, esta llave abre casi todas las puertas, sabiendo que la derecha estaba más o menos a la derecha y la izquierda más o menos a la izquierda. Pero cuando se utiliza esta clave hay que pensar que lo que cada uno dice de sí mismo es engañoso. Así, la izquierda siempre pretende ser progresista, pero al decirlo, define el progresismo como le conviene. La derecha, que se tilda de conservadora, o es percibida como tal por sus adversarios, produce a veces más progresos reales que la izquierda. Por ejemplo, la Unión Europea fue inicialmente una invención de la derecha, la derecha cristiana, ¿y no es progresista? Me parece que hoy en día esta distinción derecha-izquierda no funciona en absoluto, ni local ni globalmente: las gafas se han roto, hay que cambiarlas. ¿Pero con qué nueva teoría deberíamos sustituirlas? El crecimiento indiscutible del denominado populismo, entre cuyos componentes esenciales se encuentran las reivindicaciones étnicas o tribales obliga a cambiar de gafas. Fíjense en el independentismo catalán: ¿es de izquierdas o de derechas? Es más bien neotribal. Y lo mismo ocurre con el nuevo canciller austríaco, más neotribal que de derechas, o con los dirigentes nacionalistas húngaros o polacos. En Alemania, Angela Merkel tiene en su contra neotribales alemanes y en Estados Unidos Trump aglutina a los neotribales, y suscita la hostilidad creciente tanto de los conservadores como de los liberales. Al mirar hacia Oriente, las dos Coreas se oponen por dos versiones de lo que significa coreano: neotribal en el norte y abierto al mundo en el sur.

Las nuevas gafas que yo propongo para sustituir la articulación derecha-izquierda constituyen, por lo tanto, una oposición igualmente radical e insuperable entre partidarios de la sociedad abierta y partidarios de la sociedad cerrada. La sociedad abierta, partidaria de los intercambios económicos y culturales, contra la sociedad cerrada que se define por la etnia, la ideología o la religión. Esta llave es imperfecta, no funciona en todas las cerraduras, pero me parece más adecuada a nuestra época que la de derecha-izquierda.

Tenemos que vivir juntos, lo que entre derecha e izquierda nunca fue fácil, en ningún sitio. La coexistencia entre sociedad abierta y sociedad cerrada será aún más difícil: la utilidad de los textos constitucionales, en principio consensuados, y de la democracia es permitir esta coexistencia sin llegar a una guerra civil. La política es el arte de la coexistencia sin violencia entre puntos de vista contradictorios; este arte supone comprender por qué los demás no son como nosotros esforzándonos por no demonizar la diferencia.

Guy Sorman

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