Gaia, nuestra patria

Un único macroorganismo con vida propia moldeado por todos los seres que habitamos en él. Un complejo sistema de simbiosis masiva en el que los diferentes componentes, tanto los vivos como los inertes -la corteza terrestre, el aire y el agua- estamos todos interconectados e intercambiamos beneficios para mantener y prolongar la vida. Así describe a la Tierra la hipótesis Gaia, una teoría elucubrada por el químico británico James Lovelock en los años 1960. Según Lovelock, la vida contribuye a ir modificando las condiciones ambientales para que resulten apropiadas para su proliferación. Así va la vida moldeando el planeta o, en palabras del propio Lovelock, “gracias a la vida, el planeta es como es”.

Lovelock pergeñó su teoría sobre Gaia mientras trabajaba para NASA tratando de idear métodos e instrumentación para detectar vida en Marte, y la denominó con el nombre de la diosa griega que personificaba a la madre Tierra siguiendo una sugerencia del novelista William Golding. En un principio la teoría fue ignorada por la comunidad científica, aunque poco a poco fue ganando popularidad en círculos ecologistas. No obstante, algunos científicos muy influyentes, como Richard Dawkins y Stephen Gould, han emitido críticas muy severas sobre la hipótesis de Gaia argumentando que podría no ser del todo compatible con la teoría darwiniana de la selección.

Gaia, nuestra patriaSin embargo, en los últimos años, Gaia viene tomando renovada vigencia. Y es que, quizá la hipótesis Gaia no sea una teoría científica rigurosa en sentido estricto, pero puede ser considerada como un modelo que resulta de gran ayuda para comprender o explicar muchos de los procesos complejos e interconectados que suceden en el planeta. Por ejemplo, se ha revelado como una hipótesis útil para explicar por qué la atmósfera terrestre ha ido eliminando el dióxido de carbono que contenía en un principio. Aquel dióxido de carbono inicial fue expulsado por las numerosas erupciones volcánicas. Pero, tras la emergencia de la vida, las bacterias comenzaron a producir nitrógeno; y los vegetales, mediante la fotosíntesis, fueron produciendo oxígeno. Gracias al oxígeno, la vida pudo ir haciéndose progresivamente más compleja, mientras que el nitrógeno (un gas inerte) aseguraba la estabilidad de todo el sistema.

La hipótesis Gaia también puede ayudarnos a comprender por qué los océanos no son más salados de lo que son. Y es que los ríos van disolviendo de manera continua las sales de las rocas que encuentran a su paso arrastrándolas hacia los océanos, pero la salinidad de estos se ha mantenido en torno al 3,5 % durante larguísimos períodos de tiempo, miles de millones de años. La explicación es que el contenido en sal se regula cuando el agua se recicla a través de las grandes grietas de origen tectónico que recorren los suelos oceánicos. Mediante este proceso se elimina la misma cantidad de sal que la que aportan los ríos. Se logra así el equilibrio en la salinidad que hace la vida tolerable.

Debido a sus 4.500 millones de años de edad, decía Lovelock que Gaia es ya una señora mayor llena de achaques. Desde su libro del 2006, La venganza de Gaia, viene argumentando que los humanos hemos perdido el respeto a esta venerable señora, que la estamos maltratando hasta llevarla a un situación límite, y que el cambio climático ha de pasarnos una implacable factura. Los humanos tendremos que hacer grandes esfuerzos por sobrevivir en un planeta que parece abocado a regresar a unas condiciones similares a las que tuvo durante el máximo térmico que se alcanzó en el paso del Paleoceno al Eoceno. En esa época, hace unos 55 millones de años, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera pudo superar las 450 partes por millón y el océano ártico estaba a 23 grados centígrados, permitiendo que los cocodrilos habitasen en él. Por supuesto fue una época en la que sucedieron extinciones masivas.

El filósofo y sociólogo francés Bruno Latour ha retomado en los últimos años la idea de Gaia para argumentar que la naturaleza ha dejado de ser el escenario que se ha descrito desde el siglo XVIII, una especie de decorado en que se desarrollaba la acción de los humanos. En esta época del Antropoceno, el ser humano ha adquirido una fuerza de carácter geológico de tal calibre que sus efectos pueden ser comparables a los ocasionados por la caída de un gran asteroide. A su vez, el clima, el aire y los océanos adquieren un auténtico protagonismo y parecen revelarse ante la acción de la humanidad. Es como si entrásemos en una gran guerra de todos contra todos.

Las alteraciones de Gaia se perciben de formas diferentes. Según una corriente de opinión, este cambio climático no supone una amenaza real, hay que guardar la calma, ya ha habido otros cambios en la historia del planeta y solo cabe esperar para que todo se arregle. Así razonan los escépticos y los negacionistas del cambio climático, algunos de los cuales llegan a evocar una especie de complot; por ejemplo, según muchos estadounidenses, el objetivo del movimiento ecologista sería implantar un sistema comunista en los EEUU. Según otra corriente de opinión, rayando en lo catastrofista, los daños que hemos causado al planeta son tan graves que todo el sistema natural se ha desajustado y solo podemos abordarlo desarrollando una serie de técnicas capaces de lograr la dominación total de la naturaleza, lo que se viene a denominar geo-ingeniería. Quizás para describir y diagnosticar las enfermedades de Gaia, sea acertado moverse en un término medio entre estos dos extremos.

Pero, en todo caso, no hay que ignorar a Lovelock cuando nos advierte que hemos llegado a un punto en que la naturaleza por sí sola no nos va a salvar. Es más, como decíamos más arriba, Gaia no se comporta como un cuerpo inerte, sino que parece reaccionar a las acciones que tratan de alterarla. Es obvio que tendremos que recurrir a la ciencia y a la tecnología para sobrevivir, pero los remedios que tratamos de poner hoy día, como el desarrollo de las energías renovables, pueden parecer insuficientes.

En mi opinión resulta imprescindible que los humanos establezcamos límites en las actividades que conllevan modificaciones significativas del medio ambiente. Como argumenta Latour, estos límites deben ser adoptados tanto de manera voluntaria, a nivel individual, como impuestos a nivel político. Para ello es necesario que la ciencia y la tecnología entren en la arena política, de forma que los expertos no se limiten a alertar de los riesgos a los que nos enfrentamos, si no que dispongan de la autoridad necesaria para proponer medidas paliativas.

Establecer límites en nuestras actividades perniciosas para Gaia significa, sobre todo, modificar nuestros hábitos de consumo. Pero también me parece necesario cambiar algunas corrientes de pensamiento. Por ejemplo, los nacionalismos -ni los grandes ni los pequeños- no ayudan en la concienciación necesaria para salvar el planeta. La postura de Trump, cuando ignora los efectos del cambio climático y pretende encerrar a los Estados Unidos dentro de un muro, resulta arrogante e irresponsable. Parece expresar la voluntad de que los estadounidenses no serán alcanzados nunca por los desastres climáticos y migratorios, pues serían capaces de mantener siempre tales desastres más allá de sus fronteras. El caso es que este tipo de postura subyace en los movimientos nacionalistas y en otros tipos de populismo que se extienden por Europa y por el resto del mundo.

Frente al deseo de algunos de levantar nuevas fronteras y muros de contención, yo creo que habría que desarrollar una conciencia plenamente planetaria, que – parafraseando a Edgar Morin- haga de Gaia nuestra auténtica patria. Una conciencia que permita considerar a esta vieja y venerable señora con todos sus matices y sus complicaciones, que invite a tomar las medidas globales necesarias para asegurar un futuro perdurable para este único macroorganismo en el que todos vivimos en fascinante simbiosis.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *