Galicia, para siempre

El fuego, este año 2017 quema Galicia, se propaga por mi cuerpo. No hay alivio para el dolor que siento. Desde Río de Janeiro, distante de esa tierra mítica, padezco y soy inoperante. Quién soy yo ante las llamas que se expanden como si el infierno teológico se situase ahora en Cotobade, centro sagrado de las trece aldeas mágicas que me poblaron la infancia y de donde me origino.

El drama propicia que repase en la memoria el paisaje de Cotobade, donde nacieron los Piñon, los Cuiñas, los Morgade, los Lois, y tantas ramas más. Las casas de piedra, las vegas, los caminos ásperos. El universo que preservo en los cajones secretos del amor. En estos momentos de desconsuelo, los recuerdos refuerzan la materia concreta y trascendente de Cotobade donde, de niña, pasé dos años y se asienta mi epicentro. La retina guarda el equivalente a las fotos, a las películas, a los documentos que impiden los vacíos. Ningún incendio roba tan sólo un trozo de la tierra amada. O me hace creer que ver este territorio subyugado por las llamaradas es indoloro.

Las llamas, sin embargo, crueles y brillantes, avanzan sin piedad. Quizás lleguen a Borela, tierra de mi padre, a Carballedo, tierra de mis abuelos, que ya no sé por dónde andan. El fuego es veloz, sistemático, implacable, indiferente a los lamentos colectivos. Y a medida que se apresura, irradia una luz exaltada que ciega lo humano. Solo que las llamaradas, saltándose las distancias, han cruzado simbólicamente el Atlántico y ya se hallan a las puertas de mi casa, desde donde contemplo las aguas de la Lagoa. Estas aguas cariocas que no salvan a Galicia de la catástrofe.

En la mesa, donde ahora escribo, observo el cuadro que retrata el puente medieval y la capilla de Nuestra Señora de Lurdes, de Borela, ambas motivo inicial de mi amor por Galicia. Me bastó verlas aquel noviembre frío y lluvioso de la infancia nada más desembarcar en Vigo, para enamorarme de cada detalle aunque ignorase, entonces, el significado de estar en aquella Galicia de donde toda mi familia se originó. Sentí instantáneamente el peso de un amor al que jamás renunciaría. Y es que Galicia, al haber invadido mis vísceras y mi imaginación, se convirtió en mito, utopía, quimera, para mi narrativa. La tierra prometida que el fuego se propone eliminar de mi alma, como si yo le hubiese concedido el poder de sustraer de mi vida el plasma esencial.

El cuadro, en el salón, que destaca la capilla y el puente en esmalte, me lo regalaron en 2005 cuando Cotobade, en una bella ceremonia, me honró con el título de Hija Adoptiva. Homenaje tan emotivo, para mí y mis muertos, que sentí recibir el premio directamente de las manos de un dios dispuesto a repartir bondades entre los humanos so pretexto de volverlos compasivos y generosos. Para que todos acogiesen en el pecho el sentimiento de victoria oriundo de la honra y del mérito.

Este Cotobade al que me refiero se somete ahora al fuego al carbonizarse el Pé da Mua que he cantado en libros, en los discursos, en algunas reflexiones y que, ciertamente, no volveré a ver. El monte que en tierna edad comparé con el Anapurna, o incluso con el Everest, tal como me dictaba la fantasía. Cuántas veces, venciendo sus senderos, ilusionada por estar dando inicio a una aventura inolvidable, me acomodaba a la sombra de un roble secular sin temor a los aullidos de los lobos que se entrelazaban con el soplido del viento del norte.

La primera noticia del incendio quiso ser Ícaro y salvar Galicia. Pero ¿qué podía hacer una modesta escriba que habita en el corazón de Brasil para amparar la tierra de mi padre? Y es que, carente de recursos y con las manos inhábiles, me falta el soplo de Neptuno para desviar hasta aquellas tierras las aguas del mar. Y, mientras las llamas avanzan, se configura en todos la desesperación, el vértice del sufrimiento, la tragedia asusta. Las carnes de los gallegos se dilaceran en las casas, en los arbustos, en los árboles, en lo que fue verde y concentraba clorofila.

Las noticias aseguran que la realidad sigue siendo brutal. Galicia sigue en llamas que se propagan desafiantes, que no dejan margen a que se salve el territorio donde fui tan feliz. Y ocupada en mis quehaceres, he descuidado aquella Galicia que en el pasado, con ímpetu y fe, lanzó a sus hijos al continente americano, confiada en que un día regresarían sanos y salvos. Hoy, sin embargo, los gallegos, en las aldeas, en las ciudades, reaccionan y sucumben al mismo tiempo ante la acción de un incendio que pretende, inminentemente, borrar Galicia del mapa. Jamás, así y todo, del mapa de la historia, de la memoria, del corazón. Del sustrato alojado eternamente en el espíritu humano.

Los gallegos se lamentan, lloran como yo. Empeñados ya en la ardua tarea de restaurar el paisaje. Y mientras protestan, desarrollan acciones cívicas, empuñan el amor por la tierra incrustado en su ser, el voluminoso sustrato de su misterio, el repertorio de sus leyendas y narraciones.

El fuego se vence, pero los escombros perduran, lesionan los sentimientos. Cómo superar las pérdidas personales. También yo tengo las mías. Nunca más tendré el Pé da Mua de vuelta. Con todo, con su índole de superviviente, Galicia resurgirá de las cenizas.

Nélida Piñón, novelista. Premio Princesa de Asturias de las Letras,

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