Ganar y perder al mismo tiempo

Fue un tiempo excepcional, y ha traído consecuencias excepcionales. Se abre ahora un escenario novedoso en la vida política española. Nuevos actores van a protagonizar el quehacer diario de grandes ciudades y de algunas comunidades. Es la sana alternancia democrática. Bienvenida sea. Se da la paradoja de que el Partido Popular es el que gana y sus listas son las más votadas, pero, curiosamente, sufre su mayor pérdida de poder real. En realidad, tras las elecciones de ayer, tenemos muchas cosas por las que preocuparnos, otras muchas por las que sentirnos satisfechos, pero todas ellas deberán hacernos reflexionar.

Apenas ha subido la participación, pero ha subido. Es decir, la ciudadanía se ha sentido más comprometida con lo público, con lo de todos. Ha quedado superada aquella hegemonía de hace cuatro años, sólo explicada y justificada entonces por el seísmo que en la vida de España representó Zapatero. Aquella hegemonía del PP en 2011 fue la consecuencia del irresponsable ejercicio del poder de un presidente en las nubes al que le debemos, probablemente, gran parte de nuestros males. Finalmente, los comicios de este domingo han favorecido la biodiversidad ideológica: nuevos partidos, nuevos dirigentes. Renovación, al fin y al cabo. Y junto con todo ello, una oportunidad para meditar con serenidad y sosiego sobre cómo queremos que sea el próximo Gobierno de España. Mariano Rajoy y sus oponentes tienen siete meses para convencer a los ciudadanos de que no deben hacer algo de lo que más tarde se arrepentirían. Se suele decir con frecuencia que votar con odio o contra alguien desencadena un efecto bumerán. Ya veremos al final de este intenso año cómo se comporta el ánimo electoral de los españoles.

De cualquier modo, reconozcamos que todavía es pronto para extraer conclusiones definitivas acerca del sentimiento político del electorado, digan lo que digan los resultados de ayer. Votar a alcaldes y presidentes de comunidades es una cuestión distinta a respaldar a este o aquel candidato a dirigir España. Hecha esa primera salvedad, sí podemos concluir que estas elecciones del 24 de mayo las ha ganado, a pesar de todo, el Partido Popular. Al menos si aplicamos la aritmética. Otra realidad bien distinta serán los gobiernos que resulten de los pactos, que en muchos casos surgirán de la unión de los perdedores, pero que reflejarán la expresión de la voluntad popular y serán tan democráticos como cualquier otro tipo de acuerdo. A lo largo de la serie histórica de las municipales iniciada en 1979, la diferencia de votos totales entre el PP y el PSOE fue siempre de apenas uno o dos puntos. Insisto en que aquella brecha de casi diez puntos de 2011 sólo se entiende por el azote que para los españoles representó Zapatero. Algunos opinarán que me excedo en este análisis. Creo que no. Todavía no hemos alcanzado a ver en toda su magnitud el destrozo que en España supuso aquel tiempo.

El Partido Popular alcanzó en 2011 su mayor cuota de poder municipal y autonómico. Nadie había mandado tanto hasta entonces en tantas ciudades y comunidades. Inevitablemente, paga ahora el desgaste de manejar tantos gobiernos. Es el sano ejercicio de la democracia y su siempre vivificadora alternancia. Ahora bien, merecen subrayarse dos factores que han lastrado a los populares como ningún otro en los últimos cuatro años: la corrupción y las decisiones impopulares que el Gobierno de Rajoy tuvo que abordar.

La corrupción castiga más a la derecha que a la izquierda. El mayor caso de apropiación indebida del dinero público en España, los ERE de Andalucía, apenas dañó a Susana Díaz hace ahora un mes. Bárcenas y la Gürtel han resultado letales para el PP. No seré yo quien lamente que tal vez se aplica mayor nivel de exigencia ética en la derecha. Ahora bien, la asimetría existe; como también se da un nivel superior de crítica con la acción del Gobierno por parte de su votante tradicional. La labor de reformas y puesta al día –inacabada en muchos aspectos– del Ejecutivo de Rajoy cuesta un precio inevitable. Fuimos muchos los que no lográbamos comprender buen número de medidas. Pero es cierto que España hoy está mejor que en 2011, aunque ese sea ya un debate que no estaba en la mesa de estas elecciones.

Nuestra democracia tiene pendiente una serie de reformas que la encamine hacia un modelo de calidad. Entre esas reformas, se encuentra una potente puesta al día de la ley electoral. Un nuevo ordenamiento donde, por ejemplo, se debería intentar que, al menos en ayuntamientos y comunidades autónomas, gobernase la lista más votada y respaldada con más del 40 por ciento de los votos. O, en todo caso, que hubiese una segunda vuelta para matizar más la voluntad popular. Pero esa es harina de otro costal y supera los límites de esta reflexión electoral.

Los españoles han ejercido su derecho al voto con esa riqueza de ideas y esa pluralidad que nos viene caracterizando desde 1977. El comportamiento de los electores en los más dispares puntos de la geografía nacional, donde conocen bien a quienes se presentan a gobernarlos, está por encima de cualquier cuestionamiento. España ha hablado, pero lo que ha dicho es más complejo que la simplificación a la que tendemos en los medios de comunicación.

Capítulo aparte merece la estrategia de comunicación del PP y del Ejecutivo. De manera reiterada se intentó hacerle ver al presidente que el silencio no es rentable. Incluso cuando se tiene la razón. Mientras tú callas, otros muchos vocean bien alto su versión y su análisis: y no son los tuyos. Pocos gobiernos en la democracia reciente han recibido tanto acoso de los medios como este, en especial de las televisiones, cuya influencia está fuera de toda duda. La falta de explicaciones y de pedagogía, tanto en la táctica inmediata como en la estrategia de largo plazo, explica en gran medida cómo una labor política y de gestión que ha logrado recuperar a España de la postración de 2011 encuentra tan poco aplauso y reconocimiento.

El sufragio universal es una conquista social irrenunciable que nos ofrece el sistema menos malo posible. Los votos tienen una gran trascendencia, como ha vuelto a quedar de manifiesto. Nos esperan unas semanas apasionantes. No le ha venido nada mal a la democracia española este revolcón. Pone en evidencia muchos de sus males, le da la oportunidad de corregirlos y nos alerta a todos acerca de la importancia de vivir en democracia. Es por tanto un buen momento, tras la casi desaparición de IU y UPyD, para que el PP y el PSOE se pongan de acuerdo y reformen y revitalicen nuestro sistema democrático. Como la salud, la democracia solo se valora cuando se pierde. «El Partido Popular alcanzó en 2011 su mayor cuota de poder municipal y autonómico. Nadie había mandado tanto hasta entonces en tantas ciudades y comunidades. Inevitablemente, paga ahora el desgaste de manejar tantos gobiernos. Ahora bien, merecen subrayarse dos factores que han lastrado a los populares como ningún otro en los últimos cuatro años: la corrupción y las decisiones impopulares que el Gobierno de Rajoy tuvo que abordar»

Bieito Rubido, director de ABC.

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