Ganó Acebes

Por Ana María Moix, escritora (EL PERIODICO, 23/02/05):

Son, en verdad incorregibles. Me refiero a la mayoría de políticos de este país y del resto de la Península. No contentos con unas campañas lamentables para llamar a la población a pronunciarse en el referendo de aprobación o rechazo a la Constitución europea, una vez computados los resultados han seguido, y siguen, demostrando una incapacidad alarmante para gestionar lo que se traen –o deberían traerse– entre manos: su deber a explicar a la ciudadanía qué es la Constitución europea. Durante la campaña, la labor pedagógica de nuestros políticos ha brillado por su ausencia. Pero, lo peor, es la sospecha de que quizá no se trate de incapacidad comunicativa, sino, sencillamente, de desinterés por explicar al ciudadano qué es la Europa de hoy y en qué consiste la Constitución que, dentro de poco, regirá en 25 países. El horizonte de la pasada e infausta campaña no ha sido Europa ni su Constitución, sino las mezquinas querellas entre partidos. En lo que a las fuerzas estatales se refiere, la batalla del PP tenía como objetivo desgastar a Rodríguez Zapatero, y en lo concerniente a las catalanas, la campaña se centraba en un pugilato en el que todos (menos el PP, claro) dirigían sus golpes contra todos para lograr erigirse con el trofeo del no va más del nacionalismo y del catalanismo.

¿Y la Constitución europea?, se preguntaba y se sigue preguntando mucha gente. Como cabía esperar a resultas de la campaña, menos de la mitad de la ciudadanía, en Catalunya, fue a votar sin demasiada convicción, con muchas dudas y, sobre todo, en contra de lo que propugnaban algunos partidos. Muchos partidarios del no, militantes o simpatizantes de la izquierda ortodoxa que no aceptan la indigencia del apoyo social que les brinda a los pueblos de la nueva Europa acabaron votando sí para no votar lo mismo que los nacionalistas (ERC y CIU), o la derecha más ultramontana, de misa diaria, que patalea por el laicismo europeo. Muchos partidarios del sí acabaron por votar no, o por abstenerse, al descubrir que, según esta Constitución, España no habría podido retirar las tropas de Irak. Consignas tan dispares como “Bush nunca votaría esta Constitución” y “es una Constitución a la medida de Bush” dislocaron tanto a los dudosos que acabaron por hacerles un favor: eliminar sus vacilaciones sustituyéndolas por el voto en blanco o la abstención.

EL RESULTADO de tanto circo da pie a la perplejidad: habitantes de la Catalunya profunda, eminentemente nacionalista, votaron no, como los lugareños de la Castilla más reaccionaria y meapilas. Por causas bien distintas, por supuesto, como muchos militantes del PNV que, desoyendo a su partido y pese a su misa diaria, votaron no, como la atea Batasuna, como el ala más ultraderechista del PP y los oyentes de la cadena COPE. Pero lo que se contabiliza no son las intenciones que conducen al sí o al no, sino los votos. Y si durante la campaña se manipuló al ciudadano intentando arrastrarle a las urnas para votar en contra del adversario político en el interior del país, ahora los partidos siguen manipulando a favor de sus futuros intereses: en Catalunya, todos, excepto el PSC, se pretenden depositarios de ese 28,05% de votos negativos. Unos, por interpretar que se trata de un alto porcentaje de catalanes que les apoyan en su nacionalismo más contundente; otros, por creerlo expresión de una izquierda más a la izquierda que los partidos de izquierda; otros, muy cucos, por traducirlos en rechazo al tripartito. Y todos contentos.

Sí, aunque parezca mentira, con un 60% de abstenciones y más votos en blanco que nunca, todos los partidos políticos están contentos. ¿Por qué? Porque nada ha cambiado, suponemos. Y porque, además, el referendo les da pie a seguir incordiándose unos a otros, siempre con la mirada puesta en la triste política de la insidia consistente en ver quién desgasta más a quién. ¿Está contento el ciudadano? Está harto. Al menos, el casi 60% de ciudadanos que no han votado. Si los políticos se interesaran más por el estado de la democracia, deberían andar cabizbajos. Porque las cifras de abstención y de voto en blanco son el indudable producto de su desinterés por la pedagogía política. No pueden seguir diciendo que la población catalana no se siente europea, que no se siente protagonista de la construcción de Europa.

AL CIUDADANO normal le interesa Europa porque no tiene más remedio. Quien más quien menos intuye –pese al discurso hueco de la mayoría de los dirigentes– que su vida laboral, sanitaria, y la política de bienestar social y de educación de sus hijos acabará decidiéndose en Europa. Se trata, desgraciadamente, de una mera intuición que debería haberse convertido ya en un conocimiento al que pasadas elecciones al Parlamento europeo no han contribuido. Pero de ahí a pedirle que se sienta partícipe de la creación de un nuevo estado de cosas es tomarle el pelo. Se le puede pedir que pague impuestos –y lo hace–, se le puede pedir que vote –y lo hace cuando sabe por qué y para qué–, se le puede pedir que pague las hipotecas –y lo hace–, que pague una mutualidad médica por si tiene una urgencia que no atiende la Seguridad Social con la debida celeridad –y lo hace–, que se pague una jubilación privada porque lo que va a cobrar en el futuro no le alcanzará ni para el desayuno –y lo hace–, pero no le pidan que se sienta artífice de algo que no se le explica.

Es duro ser ciudadano responsable. Y, encima, cuando se rebela y no va a votar tiene que sentirse honrado por un ser como el señor Acebes, que la noche del referendo felicitó a quienes no votaron. Y los que sí fuimos a votar, ¿es lícito que nos consideremos europeos viviendo en un Estado en el que un líder de un partido en el Parlamento alienta la abstención?