Garantías de éxito en la ayuda al desarrollo

En el mundo de la ayuda al desarrollo es importante saber renunciar a llevar cabo determinados proyectos. Cuando en septiembre de 2009 llegué a Managua, la capital de Nicaragua, unos colegas míos ayudaban a financiar, a título personal, la guardería Estrellitas del ABC. Este centro educativo está situado en un barrio muy pobre llamado Walter Ferreti.

Aparte de contribuir al pago de las profesoras del Etrellitas del ABC, se llevaron a cabo una serie de reformas al establecimiento, que estaba en muy mal estado. El centro pedagógico es, en realidad, la casa de Doña Judith. Ella es una generosa vecina que, viendo la precaria situación en la que se encontraban los más pequeños del barrio, decidió montar en su casa la guardería. Se construyeron muros antisísmicos y se compraron tanques para asegurar el tan necesario abastecimiento de agua en una zona de Managua donde el líquido es escaso. También se llevaron a cabo una serie de obras para dar mayor dignidad al centro: se pintó el local y se arregló su fachada.

Según datos de UNICEF, para casi el 50% de los niños del mundo la educación en la primera infancia no está garantizada, y ello a pesar de que esta etapa constituye el periodo más importante de nuestra vida en materia de desarrollo, en el que se asientan los cimientos cognitivos, emocionales y sociales sobre los que edificamos nuestro futuro. Los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Información de Desarrollo de Nicaragua indican que, en este país, hay una población de 813.359 niñas y niños de 0 a 6 años de los cuales solamente 218.841 fueron matriculados en un centro preescolar.

Marta es un nombre ficticio que sirve como claro ejemplo del fracaso del proyecto del barrio Walter Ferreti. Marta trabajaba como empleada de hogar y ganaba aproximadamente 80 euros (108 dólares) mensuales. Su compañero, Ismael, trabajaba en una gasolinera cobrando 120 euros (162 dólares) al mes. Al abrirse la guardería, Marta e Ismael decidieron tener un hijo, Pedro: “Mientras nosotros vamos a trabajar, la nueva guardería se ocupará de él”, pensaron.

El problema vino cuando el estado de Doña Judith, enferma de obesidad mórbida, empeoró. La mujer tuvo que reducir drásticamente el número de niños atendidos y Pedro fue uno de los que tuvo que abandonar la guardería Estrellitas del ABC. Marta no tenía con quien dejar a su hijo y tuvo que renunciar a su trabajo. La reducción de ingresos en el hogar de Marta e Ismael empeoró la relación entre la pareja, que cada vez discutía más. Pasados unos meses, Ismael abandonó a Marta y al hijo de ambos, abocando a Marta a una situación desesperada.

Lo más curioso del tema es que la situación de Marta es, ahora, claramente peor de lo que era antes de que mis colegas destinaran miles de dólares a la guardería.

El mundo en desarrollo está lleno de casos parecidos al de Marta. En África hay carreteras que fueron construidas por la cooperación y posteriormente zambullidas por la selva. Abundan allí también los edificios, como hospitales que ahora están vacíos, cuya construcción fue financiada por países desarrollados. Carreteras y edificios fueron finalmente abandonados por falta de medios para ser mantenidos.

Frente al fracaso del proyecto del barrio Walter Ferreti de Managua, está el triunfo del proyecto del barrio San Isidro de la Cruz Verde, también una zona deprimida de la capital nicaragüense. Osvaldo quería montar un equipo de béisbol con los adolescentes de su barrio. El jefe de Osvaldo, que trabaja como jardinero, se interesó por su pequeño proyecto. Osvaldo le explicó la importancia del deporte en los adolescentes para mantener su motivación y alejarlos de actividades conflictivas, del consumo de drogas y la violencia que carcome a la juventud de otros países de Centroamérica, como Guatemala, El Salvador y Honduras. Solamente en Guatemala se calcula que unos 14.000 jóvenes integran las más de 434 maras o pandillas juveniles. En Nicaragua, por el contrario, sólo 1.000 jóvenes aproximadamente forman parte de pandillas.

Debió Osvaldo ser muy convincente, ya que su empleador hizo una contribución con la que compraron el uniforme de los jugadores, los bates, las pelotas y los guantes de béisbol. La aportación también dio para apuntar al equipo a una liga de Managua.

El entusiasmo del proyecto fue tal que el equipo ganó la liga de béisbol ese año. Desde entonces, el grupo de Osvaldo es autosuficiente. Tras ganarla, la administración de la liga financió automáticamente la inscripción del equipo para el siguiente año y entidades externas (el cuerpo nacional de Policía de Managua, en este caso), contagiadas por ese entusiasmo, decidieron apoyarlos contribuyendo con el resto de materiales que los jóvenes necesitaban.

Las entidades que llevan a cabo la ayuda al desarrollo trabajan, con frecuencia, por objetivos. Esos objetivos vienen definidos frecuentemente en términos presupuestarios. A cada unidad se le asigna un presupuesto determinado. El principal incentivo para cumplir esos objetivos consiste en que si un año una unidad no lo logra ejecutar la totalidad del presupuesto asignado, al año siguiente, éste presupuesto es reducido. Esta realidad puede llevar a financiar proyectos de dudoso éxito a largo plazo. Es una trampa en la que la ayuda al desarrollo no debe caer. Solo se deben financiar proyectos cuya supervivencia a largo plazo está garantizada. La ayuda al desarrollo debe aprender también a decir a veces “no”.

Miguel Forcat Luque es agregado para Asuntos de Cooperación de la Delegación de la Unión Europea en Managua. Las opiniones de este artículo no reflejan el punto de vista de la institución.

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