García, 1; Chávez, 0 (a la espera del próximo partido)

Por Carlos Malamud, profesor de Historia de América de la UNED (EL CORREO DIGITAL, 07/06/06):

Lenta pero inexorablemente va cayendo el telón sobre cada uno de los distintos actos electorales en América Latina, que de una forma harto intensa cubren el calendario de 2006. En unos casos, el resultado se adaptó al guión previamente escrito (Chile o Colombia) y, en otros, saltó la sorpresa (Bolivia, con un Evo Morales ganando por más del 50% de los votos). El escenario en el que se produjo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales peruanas era algo inusitado, ya que en él no se enfrentaba el candidato de los pobres contra el candidato de la oligarquía. No. En esta ocasión las clases adineradas se habían quedado sin Lourdes Flores, la gran derrotada de la primera vuelta, como queriendo demostrar que en las democracias que funcionan el comportamiento de la política es algo más complejo que las correlaciones facilonas entre la estructura económica y social y la superestructura política (Marta Harnecker dixit).

La segunda vuelta peruana opuso a Ollanta Humala, un candidato populista y nacionalista, en la estela de los comandantes Castro y Chávez y de su vecino Evo Morales, contra Alan García, el candidato del Partido Aprista (de APRA) Peruano (PPA), al que se suele llamar ‘socialdemócrata’. Sin embargo, no debe olvidarse que APRA, el legendario partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, significa Alianza Popular Revolucionaria Americana, que hunde sus raíces en un fuerte pensamiento nacionalista y antiimperialista, si bien, como otros revolucionarios institucionales situados más al norte, ha perdido buena parte de su componente ideológico originario.

En este contexto debemos preguntarnos por qué gano García, el segundo en la primera vuelta con sólo el 24% de los votos. Las razones son varias. Primero, porque pese a sus múltiples errores, y vaya si los tuvo, es mucho más conocido que Humala (quizá no tan fiable, pero sí más conocido, y por tanto le es aplicable aquello de ‘más vale malo conocido ‘). Segundo, porque el PPA sigue siendo una aceitada maquinaria política, con sed de poder, bastante más eficiente que el conglomerado de personas y partidos agolpados detrás de la Unión por el Perú (UPP). Baste decir que mientras los apoderados apristas cubrieron la totalidad de las mesas electorales en todo el país, los de la UPP apenas llegaron al 60%. Tercero, si bien los mensajes de campaña de ambos candidatos fueron negativos y lamentables, el de García tuvo mayor credibilidad. De modo que numerosos peruanos (especialmente de los sectores populares) favorecidos por el crecimiento económico continuado de los últimos años vieron que la opción de Humala podía perjudicarlos.

Nos queda un último argumento, al que el candidato García supo sacarle punta, centrado en el papel de Hugo Chávez a lo largo de la campaña presidencial. La abierta y decidida toma de postura de Chávez por Humala y, probablemente, la financiación de buena parte de la campaña, dieron lugar a un debate algo surrealista. Por un lado, el candidato más nacionalista, el que más hablaba de la soberanía nacional en contra de la ingerencia extranjera, comenzando por su denuncia del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, era el que más dependía de los apoyos externos. Por el otro, y frente a esta situación, García se convirtió en el portaestandarte de la dignidad nacional mancillada por una ideología foránea, el bolivarianismo, que quería domesticar al país y alinearlo mansamente detrás de una cartera repleta de petrodólares.

Más allá de lo anecdótico y de las repercusiones del resultado de la elección en la vida política peruana, lo cierto es que el domingo pasado se jugaban muchas cosas en el más que revuelto tablero geopolítico latinoamericano, especialmente a partir de la retirada de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y de la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia. Una victoria de Humala le habría permitido a Chávez situar otro peón en torno a Colombia y agitar las aguas de una imparable marea bolivariana. Sin embargo, esto no ha sido así, lo que no implica que las aguas hayan vuelto a su remanso. Habrá que ver cómo cada uno mueve las fichas en sus próximas jugadas.

Servirá el dinero de Chávez para hacer del movimiento político de Humala una fuerza cohesionada, capaz de convertirse en una alternativa de poder, o, por el contrario, seguirá el casi canónico camino hacia el cementerio de elefantes, propio de estos movimientos antisistema construidos en torno a la figura de un caudillo? Habrá que estar atentos a la marcha de los acontecimientos, ya que no es descartable que Humala quiera seguir la senda de Morales y a través de las movilizaciones sociales aspire a desestabilizar al gobierno y convertirse, en unas próximas elecciones, en el nuevo presidente peruano. El futuro, sin embargo, también depende de lo que hagan los restantes actores políticos, comenzando por el propio gobierno y siguiendo por el partido de Lourdes Flores. ¿Será posible, en Perú, la cultura del pacto y de la negociación política para resolver los conflictos del país? Está claro que es lo que Perú necesita, más allá de que los resultados de esta elección hagan imposible confirmar ningún paradigma latinoamericano de giro hacia no se sabe dónde.