García Lorca y Oscar Wilde

Asisto a la representación teatral de «La importancia de llamarse Ernesto», Oscar Wilde (1854-1900), en el Strand de Londres. En el programa definen al autor como un «niño mimado», aserto inolvidable habida cuenta de que a las pocas semanas, haciendo la ruta Lorquiana, el taxista que nos llevaba a Fuente Vaqueros, pueblo granadino en el que nació Lorca (1898-1936), calificó a nuestro poeta en idénticos términos.

Me recordaron aquellos comentarios las Vidas paralelas de Plutarco, que, como saben, comparaban coincidencias entre numerosos personajes históricos, a veces un poco forzadas. Pues bien, si analizamos coincidencias de verdad (las parejas interesantes son parejas impensables) tal vez las de Lorca y Wilde hubiesen sido de sus predilectas.

La primera es la fortuna familiar. Sus padres facilitaron a Wilde estudiar en Dublín y Oxford; y a Lorca, en la Universidad de Granada, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, y en la Columbia University; algo inaccesible para la inmensa mayoría de jóvenes de entonces. Los dos terminaron ganándose bien la vida, pero hubo un tiempo en que sus viajes europeos y transoceánicos gozaron de financiación doméstica. En el caso del segundo, cuando la herencia paterna decayó, su adinerada cónyuge tomó el relevo.

Según Harold Bloom, el gran crítico americano, estos dos poetas y dramaturgos forman parte de la lista de los cien genios eximios de la literatura universal y son los más relevantes de su generación. Sus orígenes, es cierto, les permitieron ser más osados de lo normal. En el caso del nuestro, se aprecia especialmente si lo comparamos con el devenir de Miguel Hernández, de talento poético equiparable que, pobre por su casa, desarrolló respecto a Lorca un complejo de inferioridad que entorpeció su carrera. En el de Wilde, endiosado en los salones del imperio, su altanería llegaría al culmen en la aduana de Estados Unidos, donde le preguntaron si tenía algo que declarar y manifestó que «solo mi ingenio».

Cuando el granadino se trasladaba al extranjero, numerosos amigos le esperaban, le ofrecían sus casas y lo introducían en la alta sociedad. Algo análogo aconteció con el irlandés (Irlanda entonces era Reino Unido) que, pese a su juventud -y gracias a los saraos de su madre-, pudo codearse con personas de la categoría de Gide, Balzac, Goncourt o Víctor Hugo y en Nueva York ser recibido por el poeta maldito de la época, Walt Whitman, a quien más tarde Lorca adoraría.

A pesar de esos apoyos iniciales, la calidad de ambos es incuestionable. Lorca tiene duende y Wilde tiene chispa: son agudos, traviesos y amenos. El segundo es más epigramático: «Puedo resistir todo menos la tentación»; pero el primero, que no presume de sentencioso, también podría serlo: «El día en que uno deja de luchar contra sus instintos, ese día ha empezado a vivir».

Federico fue más versátil (toca el piano, canta, pinta y dirige teatro) y el otro más profundo, inesperado, gracioso y brillante: «Escuchar es una señal de indiferencia hacia los que nos oyen». Claro que, a divertido, es difícil ganar al andaluz. Leí hace años a Gibson (que lo ha escrito todo sobre él), que fueron unos amigos a su casa para comunicarle que una gitana del Sacromonte -quizá su querida Niña de los Peines- había perdido el duende. Nuestro poeta, alarmado, escapó corriendo con un tocadiscos para atronar a la gitana con música de Bach hasta que lo recuperara.

Ni uno ni otro salieron nunca del armario, los sacaron. Su circunstancia homosexual condicionó su vida y su temprana muerte. Se cuenta que la madre de Wilde lo vestía de niña y a Lorca la suya le enseñaba a bordar. Aquel, aunque casado, se enamoró de un joven, hijo de lord Queensberry, que desesperado lo acusó de sodomita; él ofendido le demandó por libelo, pero Queensberry, hombre poderoso, le ganó y lo metió en la cárcel de Reading dos años, destrozándolo de tal forma que se cambió de nombre y emigró a Francia para morir en la indigencia, en un hotel de bajo presupuesto, que gracias a él hoy es un cinco estrellas. Lorca también estuvo enamorado, pero no fue tan correspondido. Buscó consuelo en marineros neoyorkinos, mulatos cubanos y rapsodas bonaerenses.

Nuestro escritor gustaba diferenciar, en la terminología de entonces, el maricón del marica (por estos últimos no tenía respeto) y le deprimía que los demás pudieran ver en él a un afeminado. Por homosexual, al británico le dieron una paliza en Oxford que por poco lo mata, de la que se levantó diciendo: «Qué bella la vista», mientras que a Lorca lo asesinaron habida cuenta de sus simpatías republicanas y su fama de invertido.

Más extravagante en el vestir resultaba el tardío victoriano que para escribir se ponía bata blanca. Federico, que por edad pudo ver sus fotos, se mofaba de ello, pero también practicó el dandismo: alternaba el frac, el traje de buen lino o los bombachos, con un mono azul de mitología miliciana de su compañía teatral La Barraca.

Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba, el Romancero gitano…, todavía se leen y representan. Otro tanto cabe decir de El retrato de Dorian Gray, Salomé, El abanico de Lady Windemere…, que pueden admirarse de vez en cuando en el West End londinense. Los dos contaron para sus obras con las artistas más representativas de la época: la Xirgu, Lola Membrives y Sarah Bernhardt, y lo siguen haciendo hoy (la celebérrima Judith Dench -M en las películas Bond- suele hacer de Lady Bracknell).

Entrambos revolucionaron el uso de los adjetivos aunque, como revolucionario, el español fue más social y el irlandés más estético; tanto el uno como el otro hicieron de sus vidas obras de arte. Sus casas, hoy museos, son lugares de peregrinación; la Huerta de San Vicente en la vega granadina explica por sí sola quién era Lorca como ser humano familiar y social; y Shaftesbury Ave, a quinientos metros de donde se representan las obras de Wilde, está en el recuerdo de todos, así como la celda 33 de Reading, que se puede visitar.

La tumba en Pére Lachaise, de «Sebastian Melmoth», nombre que se adjudicó Wilde, acoge una romería continua y el triste paraje de Víznar a Alfacar, en las afueras de Granada, es lugar de reunión de los «enlorquecidos» que aseguran conocer el lugar exacto donde reposan los restos de Federico, a solo un metro de profundidad. Un tipo verdosillo con pinta de gafe me dirá: «¿No nota la presencia?».

Fue una desgraciada casualidad para la literatura universal que ambos fallecieran tan jóvenes y una coincidencia más, hasta donde sabemos, el que los dos quisieron hacerlo dentro de la fe católica, cuando antes les habían ofrecido entrar en la masonería.

José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado.

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