Gary Cooper en el Congreso

Carlos Carnicero, periodista (EL PERIODICO, 15/12/04).

Probablemente haya sido una simple cuestión de saturación. Bambi, el pacifico político que nunca perdió la compostura, no pudo más; sencillamente, agotó su paciencia.

El sistema fue sencillo: de repente los datos se hicieron hueco en una escenografía calculada que hasta entonces había estado copada por las fabulaciones y las insidias. A partir de la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero en la comisión del 11-M habrá que tirar de papel y lápiz, husmear en el Diario de Sesiones y visitar las hemerotecas, antes de intentar conclusiones.

Ya no sirven las fórmulas retóricas y las charadas de pacotilla; para eso estaba también Alfredo Pérez Rubalcaba, para apostillar al jefe: los autores intelectuales no estaban en “altas montañas ni en lejanos desiertos”; estaban en Leganés, a la vista de todos, esperando la ocasión para suicidarse.

En una comisión en la que han estado rebotando las realidades, arrolladas por las fantasías, de repente se hizo un silencio de muerte cuando apareció el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, con cara de ser el novio de la hija pequeña que toda madre quiere convertir en yerno. Pero el presidente, contra el papel que él mismo se había asignado en toda la película de su Gobierno, llegó con la guadaña, segando la hierba a la altura de los tobillos. Ni siquiera Eduardo Zaplana –traje de alpaca, gomina en el cabello y zapatos pulidos– pudo mantener la compostura.

Durante meses, los matones habían ocupado el espacio como en las viejas películas del Oeste, antes de que Sam Peckinpah estableciera la primacía de los efectos especiales sobre la pureza de los guiones. Como en los viejos westerns, los forajidos se apoderaron inicialmente del pueblo sin hallar apenas resistencia.

El sistema era infalible y metódico. Por la mañana, El Mundo calentaba las especulaciones que luego se recogían en las primeras proclamas radiadas de la Conferencia Episcopal. “No se puede descartar ninguna línea de investigación”. “Todos los terrorismos son iguales, luego es lógico que colaboren entre ellos”. “No renunciaremos a conocer toda la verdad”. “Los terroristas islámicos conviven con los presos de ETA en las cárceles españolas”…

Los ecos, de tanto repetirse, ocupaban toda la partitura sin dejar espacio para la música. Los violines no se podían percibir, sepultados por los trombones. Y como maestros de ceremonias de la confusión, teloneros de tanto prestigio como Del Burgo o Martínez-Pujalte, unas estrellas de reparto que todo director quisiera tener en nómina para las escenas más crudas de cualquier película en la que los malos atemorizan a la población.

EL SISTEMA empleado por el PP en la comisión no ha podido ser más antiguo: sembrar la duda sobre aseveraciones imposibles de refutar porque las proposiciones negativas carecen de método de prueba. “No hay que descansar hasta llegar a la verdad”. Pero, ¿de qué verdad estaban hablando? Acaso la realidad se puede retorcer siempre hasta que llegue a coincidir con los deseos. Y, cuando estos no se colman, se sigue tirando de la cuerda de que no se ha terminado el procedimiento de indagación.

Alguien acuñó un día el concepto “autores intelectuales” y eso ha dado carta blanca para la creación de un enigma indescifrable que alimenta la irresponsabilidad de quienes, incluso, son capaces de poner en cuestión el funcionamiento del Estado, la honestidad de todos los que participan en las pesquisas del atentado de Atocha.

Al final, el presidente, que ni siquiera estaba solo ante el peligro, porque Pérez Rubalcaba se encargaba, a cada rato, de recargar el Winchester, se plantó ante los forajidos para que los parroquianos pudieran respirar fuera de las iglesias. Y de repente, España entera se ventiló al comprobar que ésta ha sido una película como debe ser, en la que cada personaje ha terminado por ocupar su papel.

La pregunta que todavía no tiene respuesta es sobre la falta de cimientos de una sociedad en la que se puede afirmar que es de noche cuando el sol abrasa, los niños juegan en los patios de los colegios y los tahúres todavía siguen durmiendo en su catre.

Cuando un país asiste cotidianamente al disparate –construido sobre el mayor atentado terrorista de la historia de España– sin que ninguno de los irresponsables que durante tantos meses han participado en la ceremonia de la confusión pestañee, sólo un buen guión puede colaborar en que las personas normales soporten el espectáculo de la vida.

El presidente sólo tuvo que dejar que la película discurriera sobre su propio formato. Pusieron horas a las comparecencias del Gobierno de José María Aznar en relación matemática con el ritmo de las investigaciones hasta hacer insobornable la demostración de que el Gobierno de José María Aznar, en aquellos tres fatídicos días de marzo, no había hecho otra cosa que un frío e inhumano ejercicio de ambición electoral.

Ésta es, sin embargo, una película inacabada. Siempre habrá quien discuta el final y quiera seguir confundiendo la noche con el día, el norte con el sur y el frío con el calor. En España todavía tenemos una democracia joven, en la que pueden tener espacio periodistas que hacen de la manipulación el ejercicio cotidiano de su vida y políticos que no respetan las más sagradas formas del Estado.

Seguirán pretendiendo un engaño tan evidente sin darse cuenta que cuando Gary Cooper aparece en cualquiera de sus películas, los forajidos, por la ley inexcusable de la cinematografía, sólo tienen el recurso de salir corriendo, por el lado más oscuro del poblado, antes de que la ira de los pacíficos parroquianos clame su sitio en el guión para ejercer la venganza.

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