Gaza-Israel: una guerra entre hermanos

Se me encoge el alma al ver los videos y las fotografías de los niños indefensos con el miedo reflejado en los ojos sin entender nada. Mujeres mancilladas, llorando por sus hijos perdidos. Padres desesperados sufriendo por sus familias. Da igual que sean israelíes o gazatíes. Todos somos seres humanos con igual grandeza y dignidad. Me estoy refiriendo al conflicto, a la guerra entre Israel y Hamás. Y mi alma se rebela porque los dos pueblos, árabes y judíos, tienen un origen común. Son hermanos. Todo se remonta a los patriarcas bíblicos y en concreto al primero de ellos: Abraham.

Este patriarca es común para las tres religiones del libro: la judía, la cristiana y el islam. De hecho, en la localidad de Nablús, que está al sur de Jerusalén, en Cisjordania, se encuentra el mausoleo llamado de los patriarcas, que es compartido por palestinos y judíos y en el que se encuentran las tumbas de Abraham; su mujer, Sara, e Isaac, su hijo. Es compartido, pero cada uno tiene su entrada diferente.

Abraham fue un personaje que nació y vivió en Mesopotamia. En un momento dado, Yahvé le habla y le ordena salir de allí y dirigirse a la tierra prometida, a Palestina. Así lo hace y, como no podía tener hijos con su esposa Sara, esta le permite tenerlos con su esclava Agar. En efecto, el patriarca tiene un hijo con Agar al que llaman Ismael, pero más adelante Yahvé le comunica a Abraham que tendrá un hijo con su mujer legítima, Sara, a pesar de que esta era ya muy mayor. Y que a través de este hijo será padre de una muchedumbre.

Y así al hijo que tienen le ponen el nombre de Isaac. Una vez nacido Isaac y para evitar que Ismael como primogénito heredara sus posesiones, Sara insta a Abraham a matar tanto a Agar como a Ismael, pero el patriarca se apiadó de ellos y, en vez de matarlos, los dejó a las puertas del desierto y tanto Agar como Ismael sobrevivieron (gracias a Yahvé) y sus descendientes (agarenos o ismaelitas) son los actuales árabes y los descendientes de Isaac, los judíos. De manera que estamos asistiendo a una guerra entre hermanos. Fratricida.

Pero es que el término de Palestina, que se usa hoy tanto en Teología como en Arqueología, se refiere a toda esa tierra y deriva de la palabra 'filistea', lugar donde vivían los filisteos, una de las muchas tribus que habitaban la zona. Su superficie sobrepasaba la actual Franja de Gaza y casi llegaba hasta lo que hoy es Tel Aviv. Por otro lado, la noción de los judíos como tal no existía. De hecho, durante la mayor parte de su existencia había dos reinos diferentes: el reino de Israel, al norte con capital en Samaria, y el reino de Judea o Judá, al sur, lindando con Egipto y con capital en Jerusalén (que quiere decir 'ciudad de la paz'). Este reino no incluía Filistea (Franja de Gaza actual).

Solo de manera esporádica estos dos reinos conformaron uno solo con los grandes reyes como David y Salomón y, mucho tiempo después, con Herodes el Grande (37 a. C.-4 a. C.) ya con apoyo romano. Curiosamente, Herodes no era de origen judío, sino idumeo, región situada entre Gaza y el mar Muerto. Además, los del reino del norte (Israel) fueron exiliados a Babilonia mientras que los del reino de Judá, al tener el protectorado de Egipto -servía de colchón contra los reinos del norte (Mesopotamia, Babilonia; persas…)- fueron exiliados más tarde y menos tiempo que los de Israel.

Y después de la segunda guerra judía (hacia el año 131 a. C.), los judíos fueron expulsados de su tierra y de Jerusalén, que ya fue destruida por los romanos en los años 70 (en la primera guerra judía) junto con el templo de Jerusalén. Los romanos destrozaron la capital, la reconstruyeron encima de las ruinas de la ciudad santa según los cánones romanos y la llamaron Aelia Capitolina, que es lo que conocemos hoy en día. De hecho, si se visita la Ciudad Vieja, y debajo de la puerta de Damasco, se pueden apreciar los restos de la antigua puerta a unos diez metros debajo de la actual.

Con toda esta explicación quiero dar a entender que la identidad judía no es tan clara como algunos nos quieren explicar y que ninguna guerra merece la pena (ni aunque existiera tal identidad). Jesús (judío él) afirmaba que la violencia genera violencia (quien a hierro mata, a hierro muere) y para salir de este círculo vicioso hay que responder con el bien a la violencia. ¿Nos acordamos de la escena de ofrecer la otra mejilla? Pues tiene este significado.

Ya lo he manifestado anteriormente: se me encoge el alma porque al escribir este pensamiento ya hay miles de muertos, en su mayoría civiles e inocentes, y no se sabe cómo va a acabar la guerra. En definitiva, todos somos iguales, seres humanos de paso en este planeta. Y en este contexto me vienen a la memoria unos versos del gran poeta Walt Whitman: «Lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. No pregunto al herido cómo se siente. Me siento uno con el herido».

Solo el diálogo con el corazón en la mano entre los dos pueblos hermanos acabará con esta espiral de muerte, dolor y desesperación.

Tomás Del Hierro, exdirector de Espacio Público y de Policía Municipal de Bilbao y experto en el conflicto entre Israel y Palestina.

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