Gaza y la paz entre israelíes y palestinos

Por Noam Chomsky, profesor emérito de Lingüística y Filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en Cambridge. © 2007 Noam Chomsky. Distribuido por The New York Times Syndicate (LA VANGUARDIA, 21/07/07):

La muerte de una nación es un episodio raro y sombrío. Pero la visión de una Palestina unificada, independiente, amenaza ser otra baja de la guerra civil entre Hamas y Al Fatah, cuyo fuego atizan Israel y Estados Unidos, el aliado que posibilita las cosas. El caos del mes pasado puede marcar el comienzo del fin de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Éste podría ser un desarrollo no totalmente desafortunado para los palestinos, teniendo en cuenta las intenciones de EE. UU. e Israel de convertir a la ANP en un régimen al estilo Quisling encargado de supervisar el absoluto rechazo a un Estado independiente por parte de esos aliados.

Los acontecimientos en Gaza se registraron en un contexto en desarrollo. En enero del 2006, los palestinos votaron en unas elecciones cuidadosamente supervisadas, calificadas de libres y justas por los observadores internacionales, pese a los esfuerzos estadounidenses e israelíes para inclinar la elección hacia su favorito, el presidente de la ANP Mahmud Abas y su partido Al Fatah. Pero Hamas obtuvo una victoria sorprendente.

El castigo a los palestinos por el crimen de votar de manera equivocada fue severo. Con el apoyo de EE. UU., Israel aumentó su violencia en Gaza, retuvo los fondos que estaba legalmente obligado a transferir a la ANP, estrechó el cerco e incluso cortó el flujo de agua a la árida franja de Gaza.

EE. UU. e Israel se aseguraron de que Hamas no tuviera posibilidad alguna de gobernar. Rechazaron el llamado de Hamas para una tregua a largo plazo a fin de iniciar negociaciones destinadas a establecer dos estados, según las líneas de consenso internacional a las que Israel y EE. UU. se han opuesto, en virtual aislamiento, por más de 30 años, con raras y temporales excepciones.

Mientras tanto Israel aceleró su programa para anexar, desmembrar y aprisionar a los menguados cantones palestinos en Cisjordania, siempre con el apoyo de EE. UU., pese a ocasionales quejas menores, acompañadas de un guiño de ojos y una provisión de fondos.

Las potencias tienen un procedimiento estándar para derrocar a los gobiernos indeseables: armar al ejército para preparar un golpe. Israel y su aliado EE. UU. ayudaron a armar y a entrenar a Al Fatah para que ganara por la fuerza lo que había perdido en las urnas. EE. UU. también alentó a Abas para que acumulara el poder en sus propias manos, una conducta apropiada a los ojos de los defensores de una dictadura presidencial dentro de la Administración. Pero les salió el tiro por la culata. Pese a la ayuda militar, las fuerzas de Al Fatah en Gaza fueron derrotadas el mes pasado en el curso de un feroz conflicto. Muchos observadores cercanos lo describieron como un golpe preventivo contra las fuerzas de seguridad del brutal hombre fuerte de Al Fatah, Mohamed Dahlan.

Israel y EE. UU. actuaron con rapidez para transformar el resultado en su beneficio. Ahora cuentan con un pretexto para apretar el dogal contra la población de Gaza. “Persistir bajo las circunstancias presentes con este enfoque es verdaderamente genocida. Se corre el riesgo de destruir a una entera comunidad palestina que forma parte integral de una totalidad étnica”, escribe el experto en derecho internacional Richard Falk.

Y eso podría ocurrir a menos que Hamas cumpla con las tres condiciones impuestas por la comunidad internacional – un término técnico que se refiere al Gobierno de EE. UU. y a cualquiera que esté de acuerdo con él. Para que se permita a los palestinos atisbar fuera de las paredes de su calabozo de Gaza, Hamas debe reconocer a Israel, renunciar a la violencia y aceptar acuerdos pasados, en particular, la hoja de ruta del Cuarteto (EE. UU., Rusia, la UE y la ONU).

La hipocresía es pasmosa. Obviamente EE. UU. e Israel no reconocen a Palestina ni renuncian a la violencia. Tampoco aceptan acuerdos pasados. Mientras Israel formalmente aceptó la hoja de ruta, le adjuntó 14 objeciones que la convierten en papel mojado. Para tomar simplemente la primera, Israel exigió que para que el proceso comience y continúe los palestinos deben asegurar una educación para la paz, el cese de la incitación, el desmantelamiento de Hamas y otras organizaciones. Incluso si los palestinos lograran satisfacer esta imposible demanda, el Gabinete israelí proclamó que “la hoja de ruta no declarará que Israel debe cesar la violencia y la incitación contra los palestinos”. El rechazo de Israel a la hoja de ruta, con el apoyo de EE. UU., es inaceptable para la autoimagen de Occidente, por lo cual ha sido suprimido. Los hechos finalmente se conocieron públicamente gracias al libro de Jimmy Carter Palestine: peace not apartheid,que causó un torrente de esfuerzos desesperados para desacreditarlo.

Ahora, mientras está en posición de estrujar a Gaza, Israel también puede proceder, con el apoyo de EE. UU., a implementar sus planes en Cisjordania. Tal vez cuente con la cooperación tácita de los líderes de Al Fatah, que serán recompensados por su capitulación. Entre otros pasos, Israel comenzó a liberar los fondos – estimados en 600 millones de dólares- que había ilegalmente congelado como reacción a la elección de enero del 2006. El ex primer ministro Tony Blair está ahora dispuesto a salir al rescate. Para el analista político libanés Rami Juri, “designar a Tony Blair enviado especial para la paz árabe-israelí es algo similar a nombrar al emperador Nerón para que sea el jefe de los bomberos de Roma”. Blair es el enviado del Cuarteto de manera simplemente nominal. El Gobierno de Bush señaló con claridad que Blair es el enviado de Washington, con un mandato muy limitado. La secretaria de Estado Condoleezza Rice (y Bush) retiene el control unilateral sobre los temas importantes, mientras que a Blair se le permitirá negociar sólo los problemas de construcción institucional.

En relación con el futuro a corto plazo, el mejor caso sería un establecimiento de dos estados, por consenso internacional. Eso no es imposible. Está virtualmente apoyado por el mundo entero, incluida la mayoría de la población de EE. UU. Llegó a estar bastante cercano, una vez, en el último mes de la presidencia de Bill Clinton. En enero del 2001, EE. UU. prestó su apoyo a las negociaciones en Taba, Egipto, que casi alcanzaron ese acuerdo antes de ser canceladas por el primer ministro israelí Ehud Barak. En su conferencia de prensa final, los negociadores de Taba indicaron que si se les hubiera permitido continuar su trabajo conjunto, habrían conseguido un arreglo. Desde entonces los años han visto muchos horrores, pero la posibilidad permanece. En relación con el escenario más probable, se muestra muy cercano al peor de los casos, pero los asuntos humanos no son predecibles: es demasiado lo que depende de la voluntad y de la elección.