Generación de chichinabo

A raíz de la publicación de su última obra, Los cinco y yo (Tusquets), Antonio Orejudo viene repartiendo estopa contra la mansedumbre e indolencia de su generación, que es también la mía (él nació en 1963; una servidora, en 1965). Se refiere a los cincuentones de hoy que éramos unos críos cuando Franco la «espichó», el 20 de noviembre de 1975, a los que acabábamos de cumplir entonces 10, 11 o 12 años, justo la misma edad que tenían ‘Los Cinco’, la pandilla de las aventuras inventadas por la británica Enid Blyton.

Si bien se trata de una novela con varios pasadizos de lectura, nos interesa aquí el debate generacional, que Orejudo plantea en los siguientes términos: éramos demasiado jóvenes en la Transición para construir la democracia y demasiado viejos para montar las tiendas de campaña con los del 15-M cuando la Gran Recesión enseñó la zarpa. Tampoco supimos enderezar el rumbo: tanto el libro como las entrevistas del autor en los medios, nos presentan como un hatajo de cobardes sin los «huevecillos» suficientes como para haber plantado cara a nuestros padres y hermanos mayores.

Una generación de chichinabo, el furgón de cola, una serie de zombis acomodaticios que llegó tarde a todo, una hornada sin épica ni energía colectiva alguna, tal vez porque fuimos muchos, un pelotón de ‘baby-boomers’ que desbordó los colegios y las barras de los bares. Eso nos convirtió en individualistas a ultranza. Digamos que el mogollón numérico es nuestra principal seña de identidad.

El argumento no es nuevo. Recuerdo, hace años, unas cenas con amigos coetáneos charlando sobre la cuestión con sarcasmo hasta que, al final, sobre las copas de vino vacías revoloteaba cierta pesadumbre, una sensación de inanidad colectiva, de pintar menos que Tomasa en los títeres, ya fuera por omisión o por el peso excesivo de la generación precedente.

El asunto debe de seguir escociendo pues no son pocos los escritores que han publicado artículos al hilo de las opiniones del autor de ‘Ventajas de viajar en tren’ –Javier Cercas (nacido en 1962), Elvira Lindo (1962), Luis Magrinyà (1960), Ignacio Echevarría (1960)– con títulos que hablan por sí solos: ‘La generación pasota’, ‘Dejemos sitio’ o ‘Generación rima con tapón’. También metió cuchara Javier Marías (‘Los vejestorios cabrones’), nacido en 1951 y perteneciente por tanto a la franja de los hermanos mayores, quienes no alimentaron su bagaje preliterario con Los Cinco –Enid Blyton comenzó a traducirse al castellano en 1964–, sino con Julio Verne y Salgari.

Ni mucho menos pretendo refutar aquí la tesis de Orejudo –suscribo al cien por cien la almendra del asunto–, pero sí añadir un poco de letra pequeña, una nota al margen, el pequeño matiz de la honra. Somos los hijos de los nacidos durante la guerra civil o en la inmediata posguerra, quienes emigraron del pueblo a las grandes capitales con las maletas llenas de miedo; nos educaron, en efecto, con una mezcla de catolicismo doméstico (culpa, prudencia, ahorro) y la ética del coleccionista de fascículos: voluntad, perseverancia y esfuerzo. Tal vez por ello, por la contraposición pendular entre generaciones, nos hicimos hedonistas: la heroína hizo estragos en los barrios. Esta generación nuestra, «bailando, me paso el día bailando», se metió de todo.

Nos inhibimos del poder, pero no de la política. Nos entusiasmamos con la victoria de Felipe González en 1982 y aprendimos la decepción, primer capítulo, con el referéndum de la OTAN, ‘de entrada no’. Pero éramos demasiado jóvenes, si no pipiolos, cuando se repartieron las cartas de la baraja. No había lugar para nosotros; llámese tapón generacional o simple cronología.

Creo que una de nuestras características grupales es la autocrítica feroz que, en cambio, no siempre han practicado quienes protagonizaron la Transición. Alegan en su descargo que el ejercicio de amnesia colectiva fue inevitable por el ruido de sables y el inmovilismo del ‘establishment’ franquista, de acuerdo, pero omiten que pudo haberse ido más lejos durante los 14 años de mandato socialista (reforma de la justicia, corrupción, educación). Por el contrario, asistimos entonces a un espectáculo de transformismo ideológico, al desarrollo de unas tragaderas colosales. Pocos lo han contado mejor que el novelista Rafael Chirbes.

Puede que nos durmiéramos en los laureles, que durante la juventud nos acomodáramos en el pasotismo individualista, pero a buen seguro que nos tocará una vejez combativa, muy diferente a la de nuestros padres, por el finiquito del Estado del bienestar; solo hace falta pensar en las pensiones que nos aguardan. Si fuimos niños chiripitifláuticos, si crecimos con Locomotoro y el Tío Aquiles, me temo que también seremos ancianos yayofláuticos.

Olga Merino, periodista y escritora.

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