Generalizar es siempre un error

Hoy deseo hablarles de algo que tenemos muy cercano y, al mismo tiempo, que sentimos como muy lejano: el mundo musulmán en torno a Oriente Medio. Y la práctica de la generalización para tratar ese mundo es, al mismo tiempo, habitual y profundamente errónea. Y no se trata sólo de la confusión entre árabes y musulmanes (el país musulmán más poblado del mundo es Indonesia, y dos potencias regionales, Irán y Turquía, no son árabes), sino de la falta de análisis sobre las profundas divisiones en su seno, que están provocando sangrientos conflictos de una ferocidad asombrosa y que sorprenden desde nuestra perspectiva occidental.

Aunque no debería ser así. Los occidentales, de raíz cristiana, hemos vivido siglos de cruentas y crueles guerras de religión, de vastísimas consecuencias políticas, y que en la segunda mitad del pasado siglo XX explican en gran medida conflictos como los de Irlanda del Norte o la antigua Yugoslavia. No podemos, pues, dar lecciones, salvo para transmitir la bondad de la tolerancia y la nítida separación entre religión y política, entre Iglesia y Estado. Y con gran humildad, puesto que, sobre todo en el siglo XX, hemos encontrado múltiples otros pretextos –desde el dominio colonial hasta la hegemonía en Europa, o la raza– para matarnos desmesuradamente entre nosotros mismos.

Pero volvamos a nuestro tema. Oriente Medio – Middle East para los anglosajones– es, desde hace siglos, una región de conflicto. Como muchas. Pero es cierto que, en las últimas décadas, especialmente. Y desde la caída del muro de Berlín, con el fin de la división de bloques, ha cobrado especial relevancia, al desaparecer el simplismo asociado a la adscripción de los diferentes bandos a uno de los dos bloques confrontados. Era un mundo bipolar. Hoy ya no es así.

El origen inmediato de lo que sucede en la región debemos situarlo en la desaparición del imperio otomano, después de la Primera Guerra Mundial, que fue utilizado por las dos potencias europeas vencedoras para hacerse con los restos del mismo: es lo que se conoce como acuerdo Sykes-Picot, que implicó la creación de dos territorios bajo control británico y francés, respectivamente, así como dos áreas “de influencia”. Los británicos se quedaron, directa o indirectamente, buena parte del actual Iraq, Kuwait, Jordania y Palestina, y los franceses el Kurdistán, Siria, Líbano y buena parte de Turquía. Y con esta excepción última, la situación permanece, más o menos, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Más allá de este acuerdo, además, se estableció (incluso con anterioridad) un “protectorado” franco-británico en Egipto, así como la dominación colonial en el resto del norte de África, fundamentalmente francesa, pero también italiana o española.

Y ese reparto de Oriente Medio se hizo sin atender en absoluto a criterios étnicos, tribales o religiosos. Desde entonces, los kurdos siguen sin Estado propio, o las naciones que surgieron de los procesos de independencia contienen en sí mismas enormes diferencias que hoy explican buena parte de los terribles conflictos que asuelan la región, desde Iraq a Siria, o Yemen y Líbano u otros, aunque de manera más soterrada, como en Arabia Saudí o Bahréin. Los occidentales, pues, tenemos mucho más que ver con lo que está sucediendo de lo que, a menudo, se cree.

Y muchos argumentan que volvemos a la complejidad sin fronteras visibles pero con poderes territoriales de base tribal, étnica o religiosa, propia del imperio otomano. Pero sin una autoridad central que delimite y gestione los conflictos y que produce que estos se enquisten en unos laberintos aparentemente incomprensibles o, en el mejor de los casos, contradictorios. Siria es, sin duda, el ejemplo paradigmático: un Estado fallido, sumido en una guerra civil con varios bandos que a veces se alían y otras se combaten y que van perfilando una zona kurda al norte, ligada con los kurdos iraquíes y turcos, otra suní muy conectada con los yihadistas del norte de Iraq (con fuerte penetración de Al Qaeda), y una zona chií al oeste, aliada con Hizbulah en Líbano, a través de la minoría alauí, cuna del actual presidente Bashar el Asad. Dicho de otro modo, Siria se está libanizando y el poder del Estado se circunscribe a determinadas áreas, incapaz de superar el enfrentamiento global entre suníes y chiíes, que afecta a todo el mundo musulmán, con independencia de fronteras más o menos artificiales, surgidas de la etapa poscolonial. Y en este punto, suele generalizarse una vez más: unos reciben el apoyo de Arabia Saudí y otros de Irán. Y suele ser verdad, pero no es, en absoluto, toda la verdad. Todo es mucho más complejo y si no no entenderíamos el reciente acuerdo con Irán sobre el tema nuclear, recibido con rechazo no sólo por Israel o la derecha norteamericana, sino también por Arabia Saudí, pero que responde a una inteligente política exterior de Rusia, a un progresivo desentendimiento de Estados Unidos por la región (asociado a un horizonte de autosuficiencia energética a corto plazo) y a un cierto retorno de una mínima política exterior europea.

Mientras tanto, más allá de intereses turcos o persas, el mundo árabe se desangra y sus ansias de libertad agonizan, sea en Egipto o en Túnez. Y se instala en la dinámica perversa del sectarismo. Un drama que no se afronta desde la simplificación ni generalización de los tópicos, sino con análisis rigurosos y apoyando a los partidarios de la tolerancia, la libertad, la supremacía del poder civil sobre el militar y la separación entre religión y política. Nada fácil. Pero la alternativa ya la estamos contemplando.

Josep Piqué, economista y exministro.

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