Gente buena

Caravaggio era un cabrón. Lo denunciaron, arrestaron, sentenciaron una y mil veces, por los más diversos motivos, como atacar y herir a un hombre a espada, lanzarse sobre un camarero que le había malservido unas alcachofas, o arrojar —con puntería— una andanada de piedras a un guardia. Golpeó con un cayado a un hombre recio, y, ya entrenado en el mal, mutiló y mató a otro, en una pelea en Roma. Huyó a Nápoles con muy buen ritmo. Caravaggio fue muchas cosas. Pobre como una rata. Homosexual atormentado. Líder de una banda. Famoso. Criminal polivalente. Aficionado al tenis (que entonces se llamaba pallacorda). Amigo de sus amigos. Moreno. Y uno de los más grandes pintores del Barroco –que tal vez alumbró–, cuyo legado es tan visible en Van Honthorst o en Ribera, hace cuatro siglos, como en El Padrino II, iluminada anteayer por Gordon Willis para Coppola.

Caravaggio se hizo grande con la pintura piadosa. Punto a favor para él. Usaba como modelos para sus vírgenes a las más pedestres rameras. Punto en contra. Pintó flagelaciones, resurrecciones, negaciones, martirios. Punto a favor. Y les dio a los santos cara de pordiosero y cuerpo de jota. Punto en contra. Los puntos los daba y los quitaba Paulo V, a la sazón papa de guardia, filósofo y abogado (también él era muchas cosas); se dejó pintar por Caravaggio en 1606, tan contento, y lo condenó a muerte el mismo año por querer quitarle el pene al señor al que acabó matando (por la inercia). Caravaggio fue nombrado en su huida caballero de la Orden de Malta. Y expulsado al poco, por macarra. Quisieron matarlo en Nápoles, donde siguió pintando obras maestras. Le desfiguraron el rostro. Ideó con el que le quedaba –cruzado de cortes– inefables efectos de luz; hizo que las siluetas más mundanas, retorcidas, naturalistas, divinas y torturadas emergieran de la oscuridad como un secreto de carne. Su espíritu discordante se refleja en cada pincelada, como se refleja su talento –que no entiende de moral, aunque la exprese– y su mirada, tocada por ese dedo que elige a quien le da la gana. Caravaggio fue un creador irrefutable que hizo más bello el mundo con su obra. Y un mal bicho. Un virtuoso capaz de aprehender lo celeste y bajarlo a tierra. Un ser hondamente violento que debió ser preso. Un infeliz. Un artista verdadero. Caravaggio fue –decía– muchas cosas.

Jack Kerouac sabía más de drogas que Pasteur. Sin la mescalina no existiría La náusea (Sartre se pasó años perseguido por crustáceos). Thomas de Quincey era opiómano. William Burroughs le puso a su mujer una bala entre los ojos, jugando a Guillermo Tell en México. Completamente drogado. Salió, como Caravaggio, por patas, y siguió desvirgando folios en casa, al otro lado del río Grande. No pagó por lo que hizo, al menos no en la cárcel. Experimentó como pocos con el lenguaje: lo estiró y contrajo, lo dobló y reordenó, lo hizo pedazos, lo reventó y reinventó sin que perdiera sentido. Fue también cienciólogo, un rato. Y dejó un rastro de palabras que aún alienta a una legión de buscadores, la mayoría de los cuales, se dice, no ha matado a nadie.

Bukowski odiaba las drogas, a las que consideraba una parodia del alcohol, el verdadero remedio. Cheever –que era alcohólico también– soñaba con ser Fitzgerald, que había bebido lo mismo que él, y a las mismas horas. Stephen King era un borracho de caravana, de los de arrugar latas. Apenas recuerda haber escrito alguna de sus obras. Carver no pasaba sed. Como Hemingway, a quien admiraba. No bebían por ser creativos, bebían porque eran alcohólicos. Casi todos acabaron peor de lo que empezaron. Y entregaron al mundo algunas de las líneas más relevantes, hermosas y precisas jamás escritas. Algunos eran idiotas y aun así transmitieron verdades fundamentales. Unos fueron buena gente. Otros no. Algunos eran rubios. Otros tenían gafas. Otros eran mujeres. Marguerite Duras, Jean Rhys y Patricia Highsmith, que también se recogían tarde, demostraron que, si el vicio es democrático, el talento no: bebían como tantos, pero pocos escribían como ellas.

Bach era tan devoto que sólo dejaba de rezar para tener hijos: su obra entera es una ofrenda a Dios. Un puñado de años después, pocos lo recordaban, aunque su reputación fue mejorando con el tiempo (en parte gracias a Mendelssohn, que llevó una vida tranquila). Hoy nos parece un genio inaccesible, uno de los tres o cuatro mejores compositores que jamás existirán; igual que Mozart, que se preocupaba más por el pelo que su mujer Constanza, que no compuso nada. Pero que vivió más tiempo. A Mozart le gustaban los chistes de culos. Luego tomaba la pluma y alcanzaba el cielo. Mozart también era muchas cosas.

Hay, por lo visto, creadores de diferentes tallas: modélicos, maltratadores, perversos, rectos, de inteligencia preclara o a un paso del geranio, filántropos, acosadores, utópicos, buenos padres, soñadores, aterrizados, bandidos o ángeles, mentirosos, tímidos. Unos son encantadores y otros resulta que no. Otros son normales. Humanos. Con sus cosas.

Caravaggio hizo del claroscuro el espejo de su vida, pendenciera exageración de cuanto somos. Con sus pinceles y broncas, mostró a su pesar que no hay claridad que las tinieblas no evidencien ni oscuridad que pueda existir sin luz. Tuvo una vida corta, irrelevante para quien no lo conociera. Poco importa. Importa su obra, lo haga él o no, valga él o no la pena. Caravaggio, que escapó de Roma por matar, murió al poco de volver a ella, en circunstancias nunca aclaradas. No había cumplido los cuarenta. Nos dejó la grandeza provocadora de El amor victorioso, cuerpo procaz y mundano, de técnica excelsa. El suyo, nunca lo hallaron.

Rodrigo Cortés, cineasta y escritor.

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