Geopolítica ¿libanesa?

Por Gustavo de Arístegui, diplomático y portavoz de Exteriores del Partido Popular (EL MUNDO, 01/09/06):

Una parte esencial del presente conflicto en el Líbano tiene poco que ver con los libaneses, este pequeño y dinámico país árabe es tan sólo uno de los tres que tiene mayoría chií en un contexto mayoritariamente sunní. Los otros son Irak y Bahrein, aunque éste último no lo reconozca abiertamente. Otros países árabes, y también algún país islámico no árabe, tienen importantes minorías chiíes. Ésta es una de las principales claves de la crisis. El chiísmo sólo representa aproximadamente el 20% de los creyentes del islam, y a pesar de ello el ayatolá Jomeini creyó que podía extender la influencia del islamismo chií a un creciente número de musulmanes. El carisma del ayatolá y la simpatía que entre algunos movimientos despertó su política profundamente antiamericana y antioccidental encendió todas las alarmas en una importante parte del mundo islámico (Afganistán y Pakistán entre otros), pero muy especialmente en los países árabes con mayorías o importantes minorías chiíes. Irán, que no es árabe y que es de aplastante mayoría chií imanita, despertaba entonces, y provoca hoy, tanto o más que en el pasado, fuertes recelos y temores entre sus vecinos árabes.

Irán es una nación muy orgullosa de su larga historia, idioma y cultura. De hecho sorprende a quien no lo conoce bien, que el régimen reconozca o por lo menos acepte la parte de su historia que han denostado diciendo, como es evidente, que la actual es su verdadera edad de oro. Es un país de gentes serias y trabajadoras, que tras largos años de régimen teocrático había emprendido una suerte de revolución silenciosa para forzar un cambio pacífico, desde el desafío de las mujeres a la normas de vestimenta y maquillaje, a la instalación de antenas parabólicas, que en algunos lugares del mundo es tanto como hacer alarde de aperturismo y de ser un peligroso prooccidental. La situación se les estaba yendo de las manos a los jerarcas del país y decidieron emprender el peligroso camino de provocar y ahondar el enfrentamiento con Occidente para tratar de propiciar que incluso los más críticos apoyasen al régimen ante lo que calificaban de agresión exterior. El presidente iraní Ahmadineyad ha declarado que respondería a la Comunidad Internacional y a las Naciones Unidas el 22 de agosto (fecha en la que se conmemora la ascensión del profeta Mahoma a los Cielos), es decir, ocho días antes del plazo que se les había concedido. Ciertas teorías especulaban sobre la posibilidad de que el anuncio de Irán pudiese ser el arranque de una nueva crisis mundial por tener ya ultimado un programa nuclear, o anunciar que tenía ya armas atómicas. Otros especulaban incluso con un eventual ataque al Estado de Israel. No es Ahmadineyad, que acaba de llegar, es la jerarquía ultraconservadora iraní la que lleva años intentando blindar el régimen con un arsenal atómico y convertirse en una indiscutible potencia regional, lo que provoca honda preocupación entre sus vecinos, incluido Pakistán, que es potencia nuclear. La carrera armamentística que se va a iniciar tendrá unas gravísimas consecuencias que apenas se atisban ahora.

La crisis libanesa ha subrayado de manera muy clara la desconfianza y temor que suscita el Irán de los ayatolás en el mundo árabe y muy especialmente en el Golfo Pérsico, donde las reacciones a la crisis libanesa han sido tímidas, tibias o incluso de críticas a Hizbulá, a los que desde Arabia Saudí se calificó de «irresponsables aventureros» al principio del conflicto. Buena muestra de ello es una fatua (decreto religioso) dictado hace tiempo por Abdul Bin Jibrín, un mufti (autoridad religiosa) saudí que decía que apoyar, enrolarse, financiar o incluso rezar por Hizbulá era frontalmente contrario a la Shari’a (Ley islámica). Los dirigentes de una parte importante del mundo árabe, y no pocos del resto del mundo islámico, temen que el modelo Hizbulá, experimentado con éxito en el Líbano, pueda llegar a ser exportado a sus países, y que sus minorías chiíes exijan cada vez mayores cuotas de poder e influencia.

Los sectores conservadores y ortodoxos del islam sunní consideran a los chiíes profundamente heterodoxos, aunque no dudan que sean musulmanes, por equivocados que consideren que estén. Los islamistas los tratan en el mejor de los casos de herejes, aunque en su mayoría los consideran peligrosos apóstatas. El islamismo radical sunní es profundamente antichií, como tristemente se puede comprobar todos los días en Irak. En las páginas de este periódico el ministro libanés Joseph Sarkis se atrevió a formular en voz alta un temor bastante extendido entre los sectores más modernos y moderados del Líbano, tanto musulmanes como cristianos, cuando dijo que «están construyendo su propio país, una mañana nos despertaremos y estaremos en tierra de Hizbulá», desde luego no se puede ser más claro. El problema no es tanto que los chiíes no sean aceptados como que la influencia de Irán se teme y el modelo Hizbulá produce verdadero terror. Ningún país islámico quiere tener un Estado dentro del Estado, y que además esté armado hasta los dientes, y contra el que nadie pueda o se atreva a cuestionar o meter en vereda. Buena muestra de la fuerte financiación que recibe Hizbulá del exterior es que se calcula que han estado entregando alrededor de cinco millones de dólares diarios en ayudas a los afectados, en un intento de seguir comprando voluntades. Sombrío panorama.

Por otra parte está la más que espinosa cuestión del mandato poco claro de la razonable pero ambigua e insuficiente resolución 1.701 del Consejo de Seguridad de la ONU. Dicha resolución hace referencia a las resoluciones 1.559 y 1.680 en sus párrafos tercero, octavo y décimo. En éste último dice que deben aplicarse las resoluciones «incluido el desarme, y para el trazado de las fronteras internacionales del Líbano». Pero no dice ni quién, ni cómo ni con qué medios debe llevar a cabo esa imprescindible pero complicada y peligrosa tarea. Se anuncia en su párrafo 11º que se pretende «aumentar y mejorar la fuerza en términos de efectivos, equipo, mandato y alcance de las operaciones, autorizar el aumento de los efectivos de la FPNUL (se supone que es lo mismo que la antigua FINUL/UNIFIL, mal augurio ) a un máximo de 15.000 soldados».Conviene subrayar que los expertos decían antes de la aprobación de la 1.701, que para llevar a cabo su función se precisaba un mínimo de 15.000 hombres. Tampoco están suficientemente definidas su misión y la naturaleza del mandato. Todo ello es preocupante, ya que ante el evidente fracaso de la FINUL en el pasado, no parece que ésa sea la fórmula más idónea, hubiese sido deseable un mandato mucho más claro, definir si la fuerza internacional estaría a cargo del desarme de Hizbulá, de cuáles serían sus reglas de enfrentamiento y su capacidad de respuesta ante cualquier agresión. La FINUL en el pasado fue objeto de numerosos ataques, siendo la misión de la ONU con el mayor número de bajas (257).

A los españoles nos interesa, además, el calendario: condiciones de envío e instalación de nuestras tropas y su capacidad de respuesta ante ataques, o posibilidad de defensa de civiles inocentes.Parece claro que el envío de una fuerza internacional es necesario, pero en ningún caso para consolidar un perverso statu quo en el que Hizbulá conserve su armamento y capacidad operativa, y en el que la fuerza de interposición sólo difiera en el tiempo un nuevo y más terrible enfrentamiento, y cuya presencia pueda servir para que se rearme y prepare al amparo de la bandera azul de la ONU. Todas estas dudas deben ser despejadas, incluso, si fuese necesario, con una nueva resolución, para así tratar de garantizar el éxito y la seguridad de la misión. El Gobierno debe exigir a la ONU y a su secretario general toda esta información, y que el mandato sea meridiano. Otros gobiernos han recibido más información y aclaraciones que el Ejecutivo español. Nuestro país fue excluido de la gira de la ministra de Exteriores israelí, y su primer ministro no incluyó al presidente del Gobierno de España en su ronda de conversaciones con los más importantes jefes de Gobierno del mundo, especialmente los que, en principio, habían comprometido tropas para la FPNUL. La opinión pública y la oposición así se lo exigen, pues eso es lo razonable, prudente y responsable. Esperemos que el Gobierno dé cumplida respuesta a todos estos interrogantes en el debate parlamentario del próximo día 7 de septiembre.