Geopolítica para el nuevo Obama

Vuelve la Geopolítica. Hasta hace poco, sólo podían hablar los marxistas ortodoxos y otros intelectuales infalibles en la predicción de la historia. Hoy día, en cambio, la dialéctica de ricos y pobres, burgueses y proletarios, malos y buenos oficiales, se diluye en la sección arqueológica de los museos de trastos inservibles. Volvemos a discutir sobre el nomos de la tierra, aunque para muchos siga prohibida la cita ineludible de Carl Schmitt. No hace falta recurrir a la doctrina expansionista del «espacio vital», porque hay otros antecedentes prestigiosos. Por ejemplo, el gran Ferdinand Braudel o incluso el imaginativo y visionario sir Halford J. MacKinder con su teoría del pivote geográfico de la historia, es decir, el corazón y la isla del mundo. Irak, Irán, Af-Pak, el terrorismo en la India o la expansión imparable de esa China que mezcla sin pudor la dictadura con el (falso) capitalismo. También, claro, la Rusia postsoviética, más cómoda con Gazprom y Lukoil que con el inservible Ejército Rojo y una ideología arruinada por el Gulag. Armas nucleares más o menos bajo control en un arco que discurre desde Israel a Corea del Norte. Venganza de la geografía, se ha dicho con razón: la tierra contra el mar o Eurasia versus Estados Unidos. Reparen en un dato sustancial: la única megapotencia de nuestro tiempo es una talasocracia. Unas cuantas decisiones de George W. Bush y casi todas las de Barack Obama sólo se comprenden tras la lectura de El poder naval en la historia, el influyente y muy sesgado libro del capitán de navío Alfred T. Mahan, publicado hace más de un siglo. El atlas siempre a mano, por favor.

«El mar nunca duerme», escribe Elías Canetti, otro profeta imprescindible para una década incierta que promete emociones fuertes. Miramos atrás. El eje del mundo clásico era el Mediterráneo. En la era moderna, pasó al Atlántico.

Ahora se ha desplazado al Pacífico. Tal vez en una o dos generaciones el centro de gravedad será el Índico. Los estudios sobre la región de Asia-Pacífico dejarán de ser una ocurrencia para rellenar con elementos exóticos los planes de estudios en relaciones internacionales. El corazón del mundo se halla en algún lugar inhóspito, carente del equilibrio que procuran el bienestar económico, las clases medias y el régimen constitucional a los (todavía) afortunados países occidentales, crisis aparte. Estados Unidos contempla el planeta con el telescopio enfocado desde California hacia el continente amarillo, pasando tal vez por Hawai, lugar de origen del hombre más poderoso de nuestro tiempo. Seguro que no es casualidad. Europa no es ni será un parque temático, como auguran los pesimistas, pero debe reinventar su papel en una sociedad global implacable con los débiles y los ignorantes. Recuerden la cumbre del clima en Copenhague, buen ejemplo para demostrar quién manda de verdad. Es significativo que la guerra contemporánea se libre en Afganistán, típico hard country, al decir de Arnold Toynbee, otro clásico a recuperar. Por cierto, los lectores veteranos de ABC añoran sus artículos en Blanco y Negro durante la década de los sesenta. Ventajas de ser fieles a un periódico centenario… Así que el mal llamado Oriente Medio con sus conflictos irresolubles puede quedar superado por un nuevo desafío geoestratégico. Algún día serán las guerras de nuestros antepasados, valga el homenaje al maestro Delibes, como ya los son las contiendas mundiales, la guerra fría o, por supuesto, la guerra civil española, mal que les pese a los sectarios incorregibles.

Hablemos de la única potencia universal digna de ese nombre, prestigioso sin duda, pero muy exigente. Que nadie se llame a engaño: Estados Unidos seguirá siendo centro y eje de la historia a finales del siglo XXI. Ahora que llueven las críticas, conviene recordar que la talla del presidente Obama se mide por el salto inteligente desde la ética de las convicciones propia de un candidato brillante a la ética de la responsabilidad que corresponde a un liderazgo realista. El Nobel de la «guerra justa» maneja mejor que nadie la retórica política. El discurso de Oslo -como los de El Cairo y Accra- engrandece su figura, aunque le cueste admitirlo a los guardianes de la sedicente idea de progreso, otra antigualla en vías de revisión urgente. En Pekín y en Moscú dejó una huella menor por las exigencias del guión y los recelos de los anfitriones. Obama y sus asesores hablan como los escolásticos españoles de la Escuela del Derecho de Gentes. Supongo que no han leído a Vitoria o a Suárez, pero heredan su espíritu a través del Derecho natural protestante que impregna la mentalidad americana. Orgulloso de sus predecesores, el presidente sabe que «la libertad es poder», como dijera John Quincy Adams. Falta le hace, porque los enemigos despliegan sin pudor su faceta destructiva. A veces sólo la fortuna detiene la tragedia, como en el vuelo reciente entre Amsterdam y Detroit, con eventuales secuelas en Yemen. Frente al eterno miedo hobbesiano, la reacción del político responsable se aparta del tópico idealista. Al Qaeda y sus secuaces son el reverso exacto de un santo puritano, pero las apariencias morales tienen un recorrido limitado en esta época convulsa…

¿El viejo continente? Para empezar, depende de nosotros mismos elegir la buena ruta en un contexto enigmático sujeto a vaivenes arbitrarios. Cuidado, porque resulta fácil perder el rumbo en una maraña de autopistas que a veces no conducen a ningún sitio. España preside ahora la Unión Europea. Estamos en el país del «medio saber», escribió el infortunado Larra. No hemos avanzado gran cosa en ese terreno. Sin embargo, no faltan -incluso entre los políticos- gentes instruidas que intuyen los retos del mundo global al margen de la nimiedad postmoderna. Para otros, oportunistas de oficio, la presidencia europea es sólo un pretexto para la propaganda partidista. En Afganistán -soldados, propósitos, plazos-, Obama acierta porque asume los riesgos y sus consecuencias. Como es inteligente, aprende pronto la lección. En cambio Zapatero decide casi al azar, y su mente poco disciplinada suele confundir deseos con realidades. Por eso, convendría activar los instrumentos de consenso en política exterior en estos seis meses que nos otorgan cierto protagonismo europeo. Hay que definir de una vez y para mucho tiempo los intereses nacionales genuinos, incluida la política energética, la relación con el África irredenta o la actitud hacia esa América -siempre desorientada- que tanto nos importa, desde el Río Grande a la Patagonia. La historia universal es un tribunal muy exigente, que actúa con justicia inapelable. El futuro aguarda impaciente y los perdedores están condenados a la insignificancia. Dicho de otro modo: la Providencia tiende a situarse en el bando de los vencedores. Aquí y ahora el desafío consiste en no tropezar con el destino, esa «vieja roca», como decía Hölderlin, poeta genial y loco perdido, como casi todos los mejores de su gremio.

Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas.