Geopolítica y futurología

La geopolítica se ha puesto muy de moda en Estados Unidos. Se invoca en los discursos de los políticos; Romney, por ejemplo, ha calificado a Rusia de “nuestro enemigo geopolítico”, los artículos periodísticos alaban la geopolítica por considerarla clave para comprender el mundo contemporáneo y los informativos citan el término a cada par de frases. Una búsqueda en internet da como resultado alrededor de diez millones de visitas en la red. Es menos que el término “fascismo”, más o menos igual que “marxismo” y mucho más que “islamismo”.

De algún modo constituye una novedad positiva, porque atrae la atención sobre la relación entre política y geografía y, lamentablemente, la geografía es un tema muy abandonado en EE.UU. Es una asignatura que no se enseña en las escuelas y sólo en un puñado de universidades. Y, cuando se enseña, se acentúa la faceta de la geografía como ciencia natural sin prestar atención a sus aspectos políticos, culturales o sociales. La consecuencia es un gran desconocimiento incluso entre quienes deberían poseer mayores conocimientos desde el punto de vista profesional. Se ha dado cuenta, por ejemplo, de encuentros de vergüenza ajena mantenidos por embajadores en países extranjeros que apenas conocían el país de su destino o simplemente lo desconocían. Un ejemplo más reciente: un candidato a vicepresidente creía que África era un país y no un continente. La situación en Europa no es mucho mejor; se ha abandonado la geografía en casi todas partes.

Geopolítica y futurologíaLa geopolítica entró en escena hacia 1900. Sus primeros protagonistas fueron Friedrich Ratzel, un destacado geógrafo alemán y Rudolf Kjellén (que acuñó el término), un politólogo sueco, ambos prácticamente olvidados en nuestros días. Sí se recuerda la escuela alemana de geopolítica, encabezada por el general Karl Haushofer, militar de carrera e interesado luego en la geografía.

Suele considerarse que la geopolítica formó parte de la ideología nazi, pero esto no es del todo correcto porque, a ojos de los nazis, la raza era un factor clave mientras que para Haushofer tal factor era el espacio. Además, Haushofer personalmente era persona non grata: su mujer era medio judía y su hijo fue ejecutado por los nazis como enemigo del Estado.

La geopolítica se propagó a numerosos países donde halló muchos defensores deseosos de impulsar sus propias teorías. El problema fue que sus puntos de vista no concordaban en absoluto; por el contrario, solían proponer perspectivas opuestas entre sí. Por ejemplo, Mackinder, un famoso geógrafo inglés, desarrolló la teoría de una zona central que constituiría un área pivote (la heartland, en inglés). Mackinder afirmó: “Quien domine Europa del Este dominará la heartland o área pivote (Asia Central) y quien domine esta área pivote dominará el mundo”. Por otra parte, para Alfred Mahan, historiador y estratega naval estadounidense muy influyente, la heartland no significaba nada y la potencia naval lo era todo: quien dominaba los mares dominaba el mundo.

Todos estos primeros pensadores del concepto de geopolítica compartían puntos débiles fundamentales. Hicieron hincapié en la autarquía, la autosuficiencia económica de las naciones que ningún país ha logrado. Tampoco tuvieron en consideración el progreso de la tecnología y de la ciencia. Para mencionar el ejemplo más evidente, gracias al progreso del transporte aéreo los factores del espacio y el territorio fueron menos determinantes en lo concerniente a la estrategia y la política exterior. Para los nazis (y también para otros), el Lebensraum o espacio vital había constituía una cuestión clave: una nación que no dispusiera de espacio suficiente para desarrollar su agricultura y, por tanto, garantizar sus provisiones, no podía aspirar a la grandeza ni a la condición de potencia líder. Exageraron extremadamente la importancia de la agricultura y subestimaron la de la industria, para no hablar de los avances postindustriales. En todo el mundo ha disminuido la población activa dedicada a la agricultura. Aunque la agricultura hace frente a problemas de importancia, anda más escasa de agua que de espacio.

Tras la Segunda Guerra Mundial la geopolítica desapareció prácticamente durante décadas de los debates sobre política exterior. Y si alguna vez se hizo mención de ella –por ejemplo, en la época de Kissinger en EE.UU.– era más o menos un sinónimo de política de fuerza y no tenía nada que ver con Mackinder, Mahan o Haushofer ni con la geografía en general. Nadie razona hoy que quien domine Afganistán dominará el mundo. Evidentemente, las realidades geográficas (como las demográficas o las económicas) desempeñan un papel crucial en política; por ejemplo es importante el hecho de si un país posee o no grandes yacimientos de petróleo u otras fuentes de energía. Es decir, para ofrecer otro ejemplo evidente, cabe pronosticar con notable grado de seguridad que si la UE se rompe, Europa no será una superpotencia global. Pero afirmarlo es cuestión de sentido común y no se precisa ninguna teoría concreta para comprender con mayor profundidad lo aquí expuesto. Es posible que algunos observadores políticos entusiastas traten de establecer una nueva teoría de la geopolítica (o metageopolítica), para comprender y, tal vez, pronosticar incluso la evolución política. Cabe desearles suerte, pero actualmente esta teoría no existe.

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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