Ginebra sobre el Rin

Hace veinte años, inmediatamente después de la reunificación de Alemania, las revistas francesas estaban llenas de caricaturas del canciller Helmut Kohl usando el tradicional casco en punta pruso. La nueva Alemania era percibida como una amenaza para el equilibrio europeo. Alemania era simplemente “demasiado” otra vez.

Las ambiciones geopolíticas alemanas, se creía, inevitablemente buscarían una mayor proporcionalidad con el tamaño de la población del país y el dinamismo de su economía. La gente pensaba que era sólo una cuestión de tiempo antes de que la “Cuestión Alemana” regresara para atormentar a Europa, como lo hizo entre 1871 y 1945.

En gran medida, Helmut Kohl veía el mismo panorama, cosa que utilizó para persuadir a sus contrapartes europeos de que debían apresurarse a amarrar a Alemania a una Europa más integrada. De hecho, este razonamiento condujo a la creación del euro. Por el bien de su vocación europea, Alemania se autoproclamó dispuesta a abandonar su querido marco alemán, la moneda que la había acompañado y simbolizaba su espectacular renacimiento económico y estabilidad social de posguerra.

Hoy, no estamos frente a un exceso de ambición alemana, sino más bien ante una falta de ambición que está amenazando a Europa. Alemania puede seguir siendo “demasiado grande” para otros europeos, pero el “nuevo problema alemán” es que el país quiere demasiado poco. Su sueño no es dominar Europa, ni siquiera liderarla con la calidad ejemplar de sus políticas. La ambición no tan secreta de Alemania es convertirse en una Magna Helvetia, una Gran Suiza -próspera, estable, neutral y, en definitiva, irrelevante.

Un sueño de estas características, obviamente, es equivocado. Suiza puede ser Suiza porque está rodeada del ambiente pacífico de la Unión Europea. Una cosa es que los países europeos más pequeños sueñen con ser Suiza; y otra muy diferente cuando esa aspiración proviene del corazón de Europa, del país que alguna vez fue considerado el alumno más aplicado de la UE.

¿Qué fue lo que salió mal entonces? El aumento del euro-escepticismo en Alemania es un nuevo giro en la “normalización” en curso del país. Con el ascenso de líderes políticos que no habían presenciado las consecuencias aterradoras de la Segunda Guerra Mundial, era inevitable que el vínculo emocional de Alemania con su misión europea -nacido de la culpa y la búsqueda de redención- gradualmente iba a desaparecer.

Antes de soñar con una Magna Helvetia, Alemania brevemente atravesó una fase en la que se veía a sí misma como una “segunda Francia” -un país dominado por la búsqueda del interés nacional, siendo Europa la continuación de esa búsqueda por otros medios-. Pero pronto Suiza se convirtió en un punto de referencia para los líderes alemanes, y luego en un modelo explícito y peligroso.

Los referendos no son para Alemania lo que son en Suiza, un modo de gobernancia habitual. Pero, en todas las cuestiones importantes, y no sólo por su debilidad política, los líderes de Alemania ahora hacen de la opinión pública la estrella polar de la política. Este viraje hacia el populismo hoy en día existe en todas partes en Europa, pero es particularmente nocivo cuando afecta al país líder de Europa.

La opinión pública alemana no necesariamente está equivocada cuando denuncia el comportamiento irresponsable que llevó a Grecia a su crisis actual. Tampoco, tras el desastre de Fukushima en Japón, los alemanes son irresponsables al rechazar con renovado vigor la energía nuclear -que es diferente de todas las otras fuentes de energía y representa un riesgo de una magnitud mucho mayor-. Y no es necesariamente insensato expresar dudas sobre la racionalidad de involucrarse sin reservas en Libia sin saber a ciencia cierta cuál era el poderío de las fuerzas leales de Muammar Qaddafi o de los rebeldes, aún si la política resultante de Alemania fue formulada de una manera bastante ingenua y poco profesional.

El problema es que las políticas que reflejan una respuesta casi automática al dictado momentáneo de la opinión pública alemana no representan un todo coherente. El famoso dicho en la Francia renacentista “Lo que la mujer desea, Dios quiere” se ha convertido en “Lo que el pueblo quiere, los políticos darán”.

En ninguna otra parte esta tendencia de la responsabilidad pedagógica al populismo demagógico es más preocupante que en Alemania. El país más poblado y la economía más grande de Europa no pueden basar sus políticas exclusivamente en la opinión pública sin que esto afecte aún más el desempeño de la UE en general.

Alemania nunca ha sido más poderosa en Europa que hoy -y nunca ha sido menos ambiciosa para Europa-. Y sin embargo Europa no puede salir adelante sin que Alemania siga siendo profundamente europea.

El problema va más allá de los líderes actuales de Alemania, aunque su creciente debilidad en efecto no ayuda. El camino que viene transitando Alemania en gran medida refleja una evolución estructural que marca la manera en que los alemanes hoy miran a Europa.

Ayer, Europa era la solución para Alemania; hoy, es el problema. Ayer, Europa garantizaba que Alemania nunca volvería a extraviarse; hoy, es el impedimento que amenaza la estabilidad financiera y económica que tanto le costó ganar al país.

El principal desafío de Europa hoy es mantener la llama europea viva en Alemania. Cuanto más distante y neutral frente al proyecto europeo se vuelva Alemania, más sus socios, especialmente Francia, deben comportarse como europeos comprometidos y responsables. Tal vez no resulte suficiente, pero sin esto no se logrará nada. ¿O, siguiendo el liderazgo alemán, una Magna Helvetia a lo ancho de toda Europa se convertirá en la última ambición europea?

Dominique Moisi es el autor de The Geopolitics of Emotion.

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