Giner de los Ríos o la buena educación

Tres días después de aquella madrugada del 18 de febrero de 1915, Antonio Machado relataba en extraordinario verso cómo se fue el maestro…

«¿Murió?… Sólo sabemos

que se fue por una senda clara,

diciéndonos: Hacedme,

un duelo de labores y esperanzas,

sed buenos y no más…».

Hoy se cumplen 100 años desde que nos dejó Francisco Giner de los Ríos, Don Francisco, como por merecido respeto -sin más connotaciones- le trataban todos. El maestro de maestros, el pedagogo por excelencia de la España contemporánea. Aunque hoy no parece fácil, ojalá, no tardemos en volver a leer en un diario de referencia internacional un texto tan elogioso -y extenso-, relacionado con la educación en España, como el que The Times insertó en sus páginas hace 120 años para hablar de Giner de los Ríos y su proyecto educativo por excelencia, la Institución Libre de Enseñanza creada en Madrid en 1876. Aseguraba The Times que la Institución suponía «una revolución total» en el currículum escolar y en el método de enseñanza. El periódico londinense elevaba esta experiencia educativa no sólo a «un nuevo punto de partida para la educación en España», sino que le otorgaba un «significado europeo». Algunos de los motivos que fundamentaban semejante juicio merece la pena recordarlos más de un siglo después: enseñanza de lenguas modernas desde los nueve años una historia de las bellas artes explicada íntegramente en museos y pinacotecas, excursiones escolares para el desarrollo físico del niño y contacto con la naturaleza, clases impartidas en forma libre y coloquial, sin exámenes, ni libros de texto.

No era necesario, el magisterio de Giner puede caracterizarse como el de un «texto vivo» (como se conoció -y descalificó- a los profesores krausistas en la época en contraste con los textos muertos, los manuales en los que se fundamentaba aún la enseñanza en la universidad española). Por eso pudo escribir sobre Giner, con atinado juicio, Unamuno que «aunque no hubiera dejado escrito nada, como no lo dejó Sócrates, su obra viviría entera».

La paideia clásica, renovada y situada a la altura de la mejor educación moderna es el principal legado del Sócrates español, y lo que un siglo después merece la pena aún recordar, pero no como mera conmemoración, sino como reflexión crítica con los ojos puestos en el presente, para que retumben como auténticos martillazos los versos machadianos: «¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!».

Hay que aplicarse pues, a la labor que Giner dejó inconclusa, pero bien encauzada, y que por las nefastas desviaciones de la historia patria, de una desdichada España a la que tanto amaba con verdadero patriotismo D. Francisco, no ha llegado a cumplir su anhelado objetivo: regenerar la sociedad a través de la educación. La mejor, la única manera efectiva de hacerlo, forjando almas, formando «hombres nuevos», en los que el sentido estético y el ético se funden en indisoluble unión.

Formar, no en el sentido de instruir, sino en el profundo sentido del término educar, bien diferente en el pensamiento de Giner. Una educación que debía estar totalmente transida por «las buenas maneras» (en artículo de Spencer comentado por Giner), por una pulcritud en lo estético y en lo espiritual, desde el hábito hasta los valores más esenciales (respeto, tolerancia…) cuyo paradigma era justamente Inglaterra.

Machado concluyó su poema en homenaje a Giner recordándonos que el maestro «soñaba un nuevo florecer de España». La esperanza sigue viva, pero pasa ineludiblemente por una buena educación, esa que pueda ser de nuevo elogiada más allá de nuestras fronteras. Ese día revivirá Francisco Giner de los Ríos.

Gonzalo Capellán de Miguel es consejero para el Ministerio de Educación para Reino Unido e Irlanda y exconsejero de Educación de la Rioja.

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