Giorgia Meloni y la derecha italiana

Una de las mayores tragedias políticas que ha vivido Italia en las últimas tres décadas ha sido la ausencia total en su escenario político de un partido democristiano de amplio espectro y genuinamente conservador.  La victoria de los Fratelli d'Italia de Giorgia Meloni supone un nuevo intento de probar algo nuevo. Como ha ocurrido con sus predecesores, el éxito y la continuidad de Meloni dependerá, sin embargo, de cómo gestione su llegada al poder.

Desde la desaparición de la Democrazia Cristiana, desencadenada por los escándalos de corrupción que involucraron a la clase política del país en 1992, los italianos conservadores no tienen un partido de referencia al que puedan votar. Lo que se les ha ofrecido desde entonces ni siquiera merece la etiqueta de conservadurismo europeo.

Dos fuerzas políticas dominaron el escenario italiano desde principios de los años 90: Forza Italia de Silvio Berlusconi y, más recientemente, la Lega de Matteo Salvini. La primera es un partido político que, desde sus inicios, siempre ha estado vinculado simbióticamente a un cuasi culto a la personalidad de su líder. Berlusconi ha conseguido a lo largo de los años un espectacular descrédito tanto en Italia como en el extranjero. Su comportamiento personal, sus problemas judiciales y su incoherencia política le han convertido en una persona tóxica tanto para los votantes italianos como para los socios europeos. Relegado a un papel secundario tanto en la política doméstica como en la UE, en los últimos años Berlusconi ha sido tolerado sólo por el hecho de que es menos disruptivo políticamente que algunos de sus colegas italianos y puede actuar como una fuerza moderadora en relación con ellos.

Por su parte, Matteo Salvini, a pesar de recoger los pedazos de lo que quedaba de la derecha después de los años de Berlusconi, acabó desperdiciando rápidamente el beneficio de la duda que los conservadores italianos le habían concedido en su desesperada búsqueda de representación política. Las posiciones antieuropeas de la Lega y su rabiosa xenofobia, unidas a un populismo más bien primitivo, no tardaron en alejar a una gran parte del electorado conservador.

Ahora le toca a Giorgia Meloni brillar como estrella emergente de la derecha italiana. Ganó de forma convincente las elecciones parlamentarias italianas del 25 de septiembre y tiene muchas posibilidades de convertirse en la primera mujer que ocupa la jefatura de gobierno del país. Sin embargo, a menos que Meloni se mueva rápidamente para abordar los desafíos estructurales que acosan a la derecha italiana, ella también podría seguir los pasos de Silvio Berlusconi y Matteo Salvini hacia el cementerio político de la derecha. Si Giorgia Meloni quiere tener un impacto a largo plazo, debería proporcionar a los conservadores italianos un hogar político en el que se sientan cómodos. Y, para ello, tendría que abordar algunas cuestiones fundamentales relativas a la postura política de los Fratelli d'Italia, tanto en el frente nacional como en el internacional. Puede ser difícil de conseguir, pero no imposible. Con el descrédito de sus dos principales aliados en la derecha, percibidos como parte de la vieja casta política que Meloni dice rechazar, la futura primera ministra tiene más que temer por su inacción que por las posibles tensiones que surjan con Berlusconi o Salvini.

En materia de asuntos exteriores, Meloni debería arreglar las cosas tanto con la OTAN como con la Unión Europea. Tiene que despejar cualquier duda sobre si ella, o sus aliados, pueden estar dispuestos a acercarse a Rusia. En este caso, un primer viaje de cinco días como primera ministra a Varsovia, Vilnius, Riga, Tallin y Helsinki, seguido del rápido despliegue de tres grupos de combate en Estonia, Letonia y Lituania (que equivale aproximadamente a una brigada de combate en todo el Báltico), podrían ser dos movimientos audaces para dejar constancia de ello, y una forma relativamente fácil de ganar amigos desde el Círculo Polar Ártico hasta los Cárpatos (por no hablar de Washington y Londres). Al mismo tiempo, en Bruselas, París y Berlín habría que resolver todas las dudas sobre si Giorgia Meloni puede o no convertirse en una especie de incómoda versión mediterránea de Viktor Orbán. Aquí no hay una solución milagrosa, pero sí un método. En primer lugar, Meloni no debería entablar peleas ideológicas innecesarias y banales para apaciguar a los elementos más euroescépticos y de derechas del electorado italiano (de todos modos, ya la votan). En segundo lugar, debería aprender rápidamente a entender qué batallas va a perder en la Unión Europea, y evitarlas para empezar. En tercer lugar, cada vez que una propuesta con la que esté de acuerdo salga de Berlín y París, Meloni debería verlo como una oportunidad y alinearse públicamente.

Las cosas pueden ser más difíciles en el frente interno, donde, sin embargo, será imperativo que Meloni comience rápidamente a ampliar su atractivo para los conservadores moderados. Su flanco derecho está asegurado: no hay nadie más a su derecha. Matteo Salvini ha perdido casi por completo el apoyo de los votantes que podrían haberle seguido alguna vez. Por lo tanto, Meloni puede empezar a mirar con seguridad hacia el centro, a partir de una estrategia basada en tres razonamientos. En primer lugar, puede sentirse libre de mantener su retórica de la ley y el orden, pero debería esforzarse por desechar sus peores matices racistas. Si pretende seguir jugando al "nosotros contra ellos", quizás debería hacerlo a través de una narrativa centrada en la oposición entre la gente trabajadora contra corruptos y delincuentes, en lugar de enfrentar a italianos contra extranjeros. En segundo lugar, debería entender la carta del género como una oportunidad. Los Fratelli d'Italia y sus votantes siempre tendrán problemas con los derechos LGTBIQ+ y similares. Sin embargo, Meloni podría mantenerse al margen de todo eso y asegurarse, en cambio, de que la primera mujer que llega a la jefatura del gobierno del país se convierta al menos en una defensora de las mujeres independientes y emancipadas que teóricamente ella misma podría representar. En tercer lugar, en términos económicos y sin dejar de reconocer las raíces conservadoras de su partido, Giorgia Meloni podría ampliar su atractivo para las clases medias emprendedoras cambiando el enfoque ideológico de Fratelli d'Italia del conservadurismo nacional al liberal.

Giorgia Meloni no debería engañarse a sí misma: el 25 de septiembre, muchos italianos la votaron no por convicción, sino más bien por la necesidad desesperada de probar un partido que aún no ha estado en el gobierno. Como antes dieron la espalda a otras fuerzas políticas, los italianos no se lo pensarán dos veces para echarla del gobierno en la próxima oportunidad. Tal y como están las cosas, la victoria de Fratelli d'Italia es sólo un medio para probar algo nuevo. Y, en Italia quizás más que en otros lugares, las nuevas propuestas políticas no tardan en convertirse en viejos partidos. Sin embargo, si consiguiese abordar las cuestiones mencionadas, Giorgia Meloni podría proporcionar al electorado más conservador un auténtico hogar político donde encontrar una representación política estructural a largo plazo. Al hacerlo, se beneficiará enormemente a sí misma y, sobre todo, a la democracia italiana.

Matteo Garavoglia, investigador sénior asociado, CIDOB; investigador asociado, Departamento de Política y Relaciones Internacionales, Universidad de Oxford.

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