'Global Britain' o cómo superar el Brexit

Dentro de la saga del Brexit –ese fenómeno al que, por fatiga, muchos británicos prefieren referirse como the B-word, como si dicha omisión bastase para librarse de su alargada sombra– al 2021 le ha correspondido presenciar el lanzamiento oficial del proyecto Global Britain. Después del acuerdo alcanzado en las Navidades de 2020 entre Londres y Bruselas sobre los términos que, en adelante, debían regir su nueva relación, y coincidiendo con el quinto aniversario del referéndum de salida del Reino Unido de la UE, el Gobierno de Boris Johnson ha puesto por fin sobre el papel las líneas maestras que, a medio y largo plazo, habrán de guiar la actuación de Gran Bretaña en el exterior. En otras palabras, se ha dotado al país de una dirección renovada en la escena internacional tras consumarse su salida de la familia comunitaria, a la que estuvo adscrito durante la práctica totalidad del último siglo.

La noción de un Reino Unido global no es en absoluto novedosa. De hecho, con cierta perspectiva histórica podría ser observada incluso como redundante, ya que si por algo se ha definido el país de la Union Jack en las últimas centurias es, precisamente, por su estratégica vocación universal, hoy en día expresada de forma paradigmática en el dominio de la lengua inglesa a escala planetaria. Sin embargo, lo interesante de este concepto no es tanto su dilatado recorrido como su utilidad política para el actual partido gobernante, puesto que permite a los tories subrayar la amplitud de miras –y, por tanto, el supuesto celo aperturista o, si se prefiere, la pulsión extraeuropea– de una nación de tenderos que, atraída por la creciente demanda de los países emergentes y en vías de desarrollo, ha dejado de pertenecer a un bloque meramente regional y, a su modo de ver, inclinado a encerrarse en sí mismo.

Al margen de su grado de identificación con la realidad, la lógica defendida estos días por Johnson y los suyos es muy clara: la vieja Britannia, ahora de nuevo soberana, debe coger el timón de su propio destino para, valiéndose de sus redes transnacionales, renacer tras el largo e infructuoso paréntesis que habría supuesto su paso por el proyecto europeo, que no habría hecho sino cortarle las alas. De acuerdo con esta retórica, la creciente burocratización y centralización de la Unión Europea –propulsada desde principios de los 90 y agudizada a raíz de la crisis del euro– habría vuelto inviable la continuidad en el club de un miembro que, a diferencia de la mayoría de sus socios, seguía confiando ciegamente en el potencial del Estado-nación.

Esta lectura, implícita en la versión contemporánea de la idea de Global Britain, ha sido objeto de numerosas críticas a ambos lados del Canal, al entender que sus partidarios –en tanto que han venido animando a sus compatriotas a recuperar el espíritu bucanero que habría elevado al país a la cumbre de la supremacía mundial– se encuentran presos de la nostalgia y aspiran a construir una suerte de imperio 2.0 con sede en Londres, como si la Pax Britannica pudiese ser restablecida por arte de magia. Según esta línea de pensamiento –tildada de derrotista por los brexiteers–, el Reino Unido del siglo XXI –una potencia media ubicada en un rincón de Europa o, como diría Zbigniew Brzezinski, un jugador geoestratégico jubilado– no se puede permitir el lujo de dar la espalda a sus vecinos continentales, de los que siempre ha dependido su prosperidad y su seguridad, para poner el foco en otras latitudes; sobre todo en un mundo tan agitado como el actual, en el que Washington se muestra cada vez más ensimismado y menos seguro de sí mismo, la Rusia de Putin se encuentra inmersa en plena fase revisionista y China amenaza con recuperar su preeminencia mundial y marcar sus propias reglas.

Así pues, la iniciativa Global Britain genera casi tanta controversia en las islas como el propio acontecimiento que precipitó su llegada: la consulta de 2016. Y todo parece indicar que el éxito de la primera dependerá, en buena medida, de la capacidad de la clase política anglosajona para demostrar que la decisión de soltar amarras e ir por cuenta propia mereció la pena. Al fin y al cabo, más que oponerse a la construcción europea, los simpatizantes del leave se pronunciaron en contra del statu quo, y no sería descartable que, en un futuro no muy lejano, acabasen revisando el sentido de su voto si no viesen satisfechas sus expectativas de una vida mejor, sobre todo a nivel económico. De ahí que la noción de Global Britain esté íntimamente ligada a la de Levelling Up Britain, su correlato en el ámbito doméstico, basado en la necesidad de mejorar los servicios públicos y las oportunidades de negocio en las Midlands y en el norte de Inglaterra, bastiones del descontento con el establishment.

Para ello se necesita tiempo; no solo porque Londres y Bruselas continúan renegociando las condiciones de su relación, sino porque las consecuencias del Brexit todavía no son del todo visibles –a pesar de los recientes problemas de suministro o la escasez de mano de obra– y, en cierta medida, se entremezclan con los efectos de la pandemia. De lo que no hay duda es de que, para convencer a una opinión pública aún hoy dividida sobre las bondades de la vía independiente, habrá que ofrecer algo más que una retórica oficial triunfalista y no será suficiente con enviar la mayor embarcación en toda la historia de la Royal Navy a la región del indopacífico, como tampoco bastará con cerrar infinidad de acuerdos comerciales sin beneficios evidentes. Lo que necesitará el Gobierno británico será, sobre todo, resultados concretos; una formidable empresa para la cual cuenta con un activo que no cabe menospreciar: la estabilidad institucional de un país que, a pesar de su posible fragmentación, ha vuelto a demostrar –al menos hasta la fecha– su capacidad para salir incólume de experiencias traumáticas.

No hay nada irreversible: ni el Brexit ni la propia construcción europea. Ahora bien, hay algo que los británicos nunca podrán evitar: Reino Unido podrá ser todo lo global que quiera pero nunca dejará de ser europeo. Olvidar este axioma podría resultar fatal para el éxito del Global Britain.

José Carlos Tenorio Maciá es investigador en la Cátedra Jean Monnet de la Universidad de Alicante.

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