Global Zero, un mundo sin armas nucleares

A pesar de las dificultades, una audaz iniciativa para abolir todas las armas nucleares merece algo más que la fría cortesía francesa. “Pacifistas” no es la palabra que se me ocurrió inmediatamente al contemplar este alarde de presidentes y ex presidentes, primeros ministros, ministros de Exteriores, generales y embajadores, todos elegantemente vestidos y cuyas cabezas, escasas de pelo pero arregladas, se reflejaban en los espejos dorados del lujoso salón de uno de los grandes hoteles de París. Sin embargo, se habían reunido para promover un objetivo tan ambicioso como el que tenían los hippies pacifistas de cola de caballo: la eliminación total de las armas nucleares, en todo el mundo, antes de 2030. El cero nuclear mundial.

Yo ya me he apuntado a esta campaña, y ustedes pueden hacerlo en www.globalzero.org, pero tenemos que ser conscientes de que los obstáculos en el camino son inmensos. Entre ellos está el país en el que me encuentro. La estrategia actual de Francia sobre esta cuestión evoca el nombre de uno de sus submarinos nucleares: L’Inflexible. El jefe del servicio exterior francés explicó con frialdad a los asistentes que la disuasión nuclear llevaba medio siglo prestando un gran servicio a su país y a Estados Unidos, y luego les deseó “una bella estancia en París”.

Rusia y Estados Unidos apoyan la iniciativa, en principio, y prevén nuevas reducciones de importancia en sus arsenales nucleares, todavía excesivos. Ahora bien, si el Senado estadounidense exigiera la introducción de un arma nuclear modernizada como precio por ratificar un nuevo acuerdo START con Rusia, en este último país surgirían voces airadas que preguntarían qué estaba ocurriendo.

Cuanto más se empequeñecieran los arsenales nucleares, más parecería pesar la superioridad de Estados Unidos en armamento convencional. Aunque la reunión de París ha sido una reunión cosmopolita, las voces dominantes son estadounidenses. Los rusos y los chinos, suspicaces, dirán que es por algún motivo.

Para que el desarme nuclear sea una realidad, hará falta una comprobación que requerirá auténticas intromisiones, algo que la mayoría de las grandes potencias de este mundo, tan celosas de su soberanía, son muy reacias a aceptar. Cuando está en juego la soberanía, los Estados son más franceses que los franceses. Irán no es el único que está trabajando como loco para avanzar en la dirección opuesta, es decir, para adquirir armas nucleares, en vez de para abandonarlas. Las dictaduras de todo el mundo pueden repasar el último decenio y decir: Irak no tenía armas nucleares y lo invadieron; Corea del Norte sí las tenía, y no sufrió ninguna invasión.La justificación de la invasión de Irak que ha hecho Tony Blair, invocando esa mezcla diabólica de terroristas, Estados canallas o fallidos y armas de destrucción masiva, ha perdido toda credibilidad, si es que alguna vez la tuvo.

Eso no significa que esos tres fatídicos ingredientes no puedan coincidir en algún otro lugar. Un impresionante informe de una comisión internacional sobre no proliferación y desarme nuclear, presidida por el ex ministro de Exteriores australiano Gareth Evans y la ex ministra de Exteriores japonesa Yoriko Kawaguchi (véase www.icnnd.org), incluye un pequeño diagrama que muestra el impacto probable de una bomba como la de Hiroshima que estallara en el interior de una furgoneta aparcada en Trafalgar Square. Se calculan unos 115.000 muertos y unos 149.000 heridos.

Se cuenta que un noble francés, después de ser ejecutado, cogió su cabeza del suelo, se la colocó bajo el brazo y caminó 50 pasos. Cuando le preguntaron cómo lo había hecho, respondió: “Ce n’est que le premier pas qui coûte”, que quiere decir, aproximadamente, “el primer paso es el más difícil”. En este caso, sin embargo, no es así. El primer paso es difícil; los demás son todavía más difíciles. Y lo más difícil de todos sería la última fase, pasar de unas reservas nucleares muy bajas a cero.

Como destaca el escéptico pensador estratégico Thomas Schelling, si nos equivocamos, podríamos convertir el mundo en un lugar todavía más peligroso. Las potencias nucleares actuales, dice Schelling, en su mayoría, estarían dispuestas a poner en marcha, “a la mínima provocación, unos planes para reconstruir armas nucleares y movilizar o tomar posesión de los sistemas de despliegue, y contarían con objetivos establecidos para impedir que otros países tuvieran instalaciones nucleares, todo ello en una situación de máxima alerta… Sería un mundo nervioso”. Y eso, sin mencionar el peligro de que unos terroristas se apoderasen de un arma extraviada e hicieran chantaje al mundo entero.

Para evitar ese peligro serían necesarias formas de gobierno mundial que recurriesen a la intromisión y la coacción y que serían difíciles de aceptar incluso para los Estados europeos actuales, con su soberanía compartida, por no hablar de las grandes potencias amantes de su soberanía como Estados Unidos, China, Rusia e India. Dado que el uranio utilizado con fines pacíficos es relativamente fácil de enriquecer para uso armamentístico, también sería necesario un control internacional real de todo el combustible nuclear empleado en cualquier parte: una tarea verdaderamente difícil.

Ante los temibles requisitos que impone esa última fase, el informe Evans-Kawaguchi, a diferencia de la iniciativa Global Zero, se resiste a proponer una fecha límite para el cero nuclear mundial. Se conforman con identificar un “punto de minimi-zación”, en el que haya no más de 2.000 cabezas nucleares en el mundo, y para el que establecen el límite de 2025. Este plazo tiene la ventaja de no provocar un debate hipotético y prematuro sobre unas disposiciones complejas y sin precedentes para cuya elaboración, de todas formas, faltan más de diez años. Tiene el inconveniente de que no ofrece a los ciudadanos ni los internautas del mundo ningún objetivo claro hacia el que avanzar.

Al final, son los Gobiernos los que tendrán que ponerse manos a la obra, pero no van a hacerlo si no se les presiona desde abajo. El actor Michael Douglas, que otorgó cierto glamour ligeramente áspero a la reunión, miró a su alrededor en el salón de los espejos y dijo: “Veo a los jefes, pero ¿dónde están los indios?”. Dada la presencia de distinguidos representantes de India, la metáfora resultó quizá un poco anticuada, pero sabemos lo que quería decir. La movilización de masas en torno a este objetivo está todavía por comenzar.

En conjunto, yo estoy a favor del objetivo proclamado: cero en 2030. Pero lo que ocurra después de 2025 no es lo más importante que debemos discutir hoy. Lo fundamental es qué va a ocurrir en 2010. En mayo se celebrará una gran reunión para revisar el Tratado de No Proliferación nuclear (TNP). El artículo 6 del tratado compromete a los firmantes a trabajar para conseguir la reducción y posterior eliminación de sus armas nucleares.

En teoría, ésa fue siempre la otra cara de la moneda de la no proliferación. ¿Se lo van a tomar por fin en serio? ¿Encontrarán una manera de incorporar a países nuclearizados y no signatarios del tratado, como India, Pakistán e Israel? ¿Convencerán al resto del mundo de su sinceridad?

Lo importante es en qué dirección avancemos. Normalmente, decidir hacia dónde avanzar ayuda a identificar la meta. Por el momento -que quede claro-, el mundo se encamina en la dirección opuesta. Estamos cerca de llegar al punto de no retorno de la proliferación nuclear. Como advierte el experto estratégico François Heisbourg en una entrevista en Le Monde, “si no fortalecemos el régimen de no proliferación, corremos el riesgo de volver a la dinámica de los años cincuenta, cuando cualquier país que quisiera la bomba podía obtenerla, salvo que ahora es mucho más fácil de conseguir”.

Si los Estados que poseen armas nucleares no toman este año la iniciativa para reducir su número y su difusión, pronto será demasiado tarde. Y, por cierto, en medio de las dolorosas decisiones sobre gasto público que hay que afrontar en estos momentos, eso servirá para ahorrar un dinero muy necesario.

En resumen, necesitamos menos L’Inflexible y más L’Inspiration. Hemos disfrutado, y se lo agradezco al responsable del servicio diplomático francés, de una “bella estancia” en París. Para bellas estancias, pocas ciudades hay como ésta.

Ahora bien, en temas nucleares, París puede ser un buen punto de partida para que el mundo empiece a ser un poco menos francés.

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos. Ocupa la cátedra Isaiah Berlin en St. Antony’s College, Oxford, y es profesor titular de la Hoover Institution, Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia